I 

Las guerras nunca son inocentes

Se mueven siempre

Por intereses.

II 

Buitres negros vuelan por el cielo,

Las gaviotas se agitan alborotadas

Por parques y jardines de las ciudades

Picoteando a las palomas,

Blancas como la nieve,

En su cabecita hasta matarlas.

III 

El dragón echa fuego por la boca,

No para ni un segundo,

A su paso todo es destrucción y muerte.

Los caballos relinchan y se agitan,

Se mueren de dolor,

Mientras aparatos aéreos

Siguen tirando lenguas de fuego.

¡¡¡GUERNICA!!!

 

IV

Estamos ciegos ante las guerras. Como topos cavamos cuevas profundas para escondernos y no salir de ellas, perdernos en la oscuridad evitando la luz liberadora. No vemos nada, no queremos saber nada, no sentimos nada. Ni siquiera nos mueven los actos de genocidio. Miles de personas, niños, ancianos, mujeres, perros, gatos, jilgueros, canarios…mueren a diario como gorriones en el campo. La oscuridad de la noche se abre y se ilumina con finas líneas blancas cual cometas sesgando el cielo, se precipitan hacia el suelo formando volcanes instantáneos. Arden escuelas y hospitales. Como daño colateral, muere algún niño, enfermera o médico pero no importa, continúa el bombardeo. La gente se muere de hambre. Las jóvenes madres lloran desconsoladas con sus hijos muertos entre sus brazos. Los centuriones se ríen al ver tanta miseria, tanto desastre, tanta muerte. La estrella de David sólo guía al pueblo elegido por su Dios: destructor, aniquilador, apocalíptico, vengativo, inmisericorde que va sentado en un carro dorado desprendiendo enormes bolas de fuego. Los hijos de David planifican una nueva Babilonia pero antes han de arrasar una tierra que no es suya que no les pertenece. Allanar la tierra sin necesidad de grúas ni palas excavadoras sólo con cañones, tanques y bombarderos así estará preparado el terreno para construir hoteles de lujo, mansiones y palacios, casinos, prostíbulos, salas de juego y así, de paso, no solo dejar llano el suelo sino, además, exterminar a todo un pueblo.

 

¡¡¡PALESTINA!!!