Y sobre todo, nos divertía escribir, aun cuando nuestros libros no generaran colas kilométricas en ferias ni llenaran estantes en los lugares nobles de las librerías más concurridas. Eso fue lo que nos juntó, hace tantos años, a un mozuelo de Pucela y a un ya talludito barcelonés de corazón maño, el amor por la escritura. Y ahora que te has ido sin esperar a terminar de perfilar la fórmula, es lo que nos queda: tu literatura. Eso y otras muchas cosas, como tu buen humor, tu inextinguible sonrisa y los muchos consejos que aún conservo.
Jordi Martínez Brotons era para nosotros simplemente Jordi, o Jordi Siracusa (como la Zaragoza de Sicilia a la que decían así hace ya muchos siglos), igual que para sus lectores. La noticia de su muerte, una nueva oscura, me llegó precisamente en la oscuridad de la noche, de boca de otro buen amigo de las letras, de los que formábamos aquel grupo de incansables que, como feriantes o artistas circenses de los de antes, recorríamos pueblos y ciudades cargando con nuestros libros, de evento en evento, de feria en feria, disfrutando de aquellos encuentros que tanto nos enriquecían en lo intangible, como si lo de menos fueran los propios libros. Yo con mis piratas, él con su Eulalia de Borbón, la escandalosa infanta olvidada que él recuperó para el público en una suerte de The Crown a la española.
Como no podía ser de otra forma en alguien de tan desbordante simpatía, fue Jordi quien dio el primer paso para entablar esta amistad que ahora trunca (en realidad no) la parca. Fue en Arroyo de la Encomienda. Yo acababa de publicar mi primera novela, olvidada ya (puede que afortunadamente) en el abismo de los descatalogados. Allí estaba también Dioni Arroyo, mi partenaire en las ondas vallisoletanas, al que conocí ese mismo día, cuando él estaba a punto de lanzar sus primeros libros (es difícil saber a ciencia cierta cuántos lleva publicados ya). Por mediación de Jordi fui invitado a otro encuentro similar en Borja (Zaragoza), campo de buen vino, de polémico arte sacro y de un reconocido (él sí dio con la fórmula) autor de novela histórica como Luis Zueco, al que admiro profundamente y al que puedo considerar también amigo gracias precisamente a Jordi. Siracusa me abrió la puerta a esa comunidad literaria que tanto me llevaría por tierras aragonesas, como Albarracín, con el txuri-urdin turolense David Sáez como anfitrión. Allí conocería otra de esas amistades canallas forjadas a base de literatura y ron, el valenciano Antonio Bosch, encargado a la postre de darme la terrible noticia de la marcha de Jordi.
La fiebre de las publicaciones y las giras bajó, hubo mudanzas de por medio y alguna pandemia. Los encuentros cesaron y la comunicación se fue espaciando, pero nunca faltaba algún whatsapp o alguna llamada, la última este invierno, hablando, cómo no, de que ahora tenía él descendencia castellana y, por lo tanto, ya éramos prácticamente paisanos. Y lo éramos, pues cuando me tocó ser a mí el anfitrión en uno de esos encuentros literarios en mi pueblo, se metió sin esfuerzos a los vecinos en el bolsillo.
Jordi me introdujo y me animó a colaborar en esta revista. Suyas fueron las gestiones para presentar mi novela en sus plazas: Zaragoza y Barcelona. Pero sobre todo, le debo una baja de última a hora en la Feria del Libro de Madrid, hace justo diez años, que me obligó a ocupar su lugar en la caseta, lo que a la postre me permitió conocer a la que hoy, y desde hace ocho años, es mi mujer. Son muchos y buenos los ratos y anécdotas que agradecerle. Como aquel viaje en su Alfa Romeo camino de Borja bajo un tiránico sol aragonés. Imposible no recordar aquella anécdota en estos días de ola de calor en que el mercurio de los termómetros se evapora. Cómo al bajar la ventanilla y recibir una bocanada de fuego para pagar en un peaje, sostenía entre carcajadas que «parece que hace calor, pero no hace tanto». Hace calor, sí. Hace un sol de justicia que parece que no se ocultará nunca. Y sin embargo, citando uno de sus deliciosas composiciones del poemario Ola en tierra adentro: Hoy llueve. Hoy llueve mucho, amigo mío, y sin tu paraguas no tenemos cómo guarecernos.
Hasta siempre, Jordi. Seguiré buscando la fórmula por ti.
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