Érase una vez, hace mucho tiempo, en un lejano planeta llamado La Tierra, existían unos seres dulces y amorosos llamados Abuelos.
Ya nadie los recuerda pero yo tengo muchísimos años, una memoria extraordinaria y enormes montañas de amor recibidas de ellos; por esa razón quiero hablar de aquellos recuerdos antes de que se apaguen las últimas luces de mi mente.
Por entonces, la familia era una organización extraordinaria diseñada para beneficio del grupo. Había jerarquías, claro, pues los jóvenes aprendían de profesores y libros algunas materias y de sus mayores, la experiencia de vida. Esto último, se consideraba material de extraordinario valor.
Había en las familias unos personajes que representaban la sabiduría, la sensatez y el amor sin límites, valores por los que eran queridos y respetados.
Algunas veces vivían en casa con nosotros haciendo de nuestra vida un cuento de Navidad, pero en otros casos vivían algo más distantes.
Hubo un tiempo en el que no había internet, ni teléfono móviles o fijos (no miento, aún lo recuerdo) pero los abuelos siempre estaban en contacto. Escribían largas cartas con pluma, lápiz o bolígrafo y nos contaban sus viajes y experiencias; preguntaban por todos y cada uno de los familiares y prometían visitarnos cargados de regalos.
Ya sé que ahora parece mentira, pero por aquel entonces, las promesas se cumplían.
Los abuelos te explicaban la importancia de lavarte las manos, decir la verdad, ser bueno con los demás y respetar a las personas ancianas. Hacerlo bien, tenía premio:
Después de La Navidad vendrían los Reyes Magos cargados de regalos para los que habían sido buenos o lo habían intentado.
Y el seis de enero, las promesas se cumplían:
Venían los Reyes Magos cargados de regalos;
Llegaban luego los abuelos vestidos para la ocasión con los brazos llenos de amor;
Salíamos a las calles llenas de personas elegantes, niños cargados de juguetes, risas y un bullicio burbujeante y contagioso que se extendía hasta el infinito.
Pasó el tiempo como en un suspiro; algún tipo de nube negra se extendió sobre nuestras cabezas y, aún no entiendo el cómo, se agarró a nuestros corazones.
Y aquí estoy, asomada a la puerta de mi adultez, intentando entender el modo en que los abuelos fueron hacinados en guetos, los niños sustituidos por perros que pasean en los brazos de sus dueños y los Reyes Magos condenados al ostracismo mientras adoptamos a un señor extranjero, gordo y friolero, que llega abrigado hasta las orejas incluso en las cálidas Islas Canarias; él reparte regalos a diestro y siniestro a zombies infantiles que están sentados juntos pero sin mirarse porque creen que la vida es una cosa que ocurre dentro del pequeño aparato electrónico que les regaló el gordo del gorro rojo para mantenerlos quietos, callados y sin opinión.
Yo aún creo en los Reyes Magos y les pido, con toda la ilusión de la que soy capaz, que derraman sus dones sobre la faz de La Tierra.
El Oro, para que la humanidad que aún queda en nuestros corazones, vuelva a brillar como antes;
El Incienso, para que al respirar profundamente sus vapores, despeje nuestro cerebro y nos permita avanzar sin lastre;
La Mirra, para que sus lágrimas laven nuestras almas impregnadas del egoísmo de los tiempos modernos.
En este año que estrenamos, deseo con todo el corazón que los Reyes Magos consigan escapar del destierro y vuelvan las risas y la alegría a nuestra calles, a nuestras vidas.
No Comment