Antes de nada, es importante aclarar que, a diferencia de lo que ocurría en Mesoamérica, habitada por gran cantidad de pueblos, la zona pampeana era una gran extensión de terreno escasamente poblada a la llegada y asentamiento de los castellanos. Hoy día no se puede apreciar en un mapa la inmensidad del territorio, pues al observarlo vemos que este se va estrechando hacia el sur, dando una falsa imagen del mismo. Solo un dato: la Argentina actual tiene 2.780.400 km², siendo uno de los países más grandes del mundo.
La mayoría de los indígenas pámpidos se situaban en las orillas de los ríos y las costas, siendo desplazados al interior por los españoles. Posteriormente, se produjo una inmigración desde la zona andina a través de la frontera patagónica de etnias con una cultura superior a los pampas: los araucanos, quienes, adaptándose al terreno, se fusionaron con las pequeñas poblaciones autóctonas, modificando su cultura. Pasaron a depender de la ganadería cimarrona, pero cuando esta se extinguió debido a la sobreexplotación por parte de indios y españoles, y porque estos últimos domesticaron al ganado más manso, comenzaron a subsistir del saqueo y pillaje sobre las haciendas españolas, una réplica exacta de lo ocurrido en el norte.
Los castellanos fundan Buenos Aires, primero en 1536 y, tras abandonarla, la vuelven a fundar definitivamente en 1580. Al igual que en el norte, traen caballos y ganado vacuno; parte de este ganado queda abandonado tras el fracaso y retirada de la recién fundada ciudad, encontrando en la Pampa el terreno ideal para asilvestrarse y multiplicarse, transformándose en ganado cimarrón. Esto es aprovechado por los indios de la zona que rápidamente aprenden a montar a caballo, convirtiéndose en hábiles jinetes, utilizando este ganado para comerciar con Chile, pues los mapuches necesitaban caballos en su guerra contra los españoles.
Por otro lado, la población de Buenos Aires, tanto de sus alrededores como del interior, también explotaba este ganado cimarrón. Además de cazarlos por su carne, cuero y grasa, recogían los animales más mansos para encerrarlos en corrales y volver a domesticarlos, creando ganaderías. Esto entró en conflicto con los indios de la zona: pampas, serranos, aucas (araucanos), etc. Al ver cómo disminuían los animales salvajes y aumentaban las haciendas donde abundaba el ganado, pusieron sus ojos en ellas y comenzaron a realizar incursiones llamadas «malones» para subsistir. Estas incursiones eran sorpresivas y violentas sobre territorios españoles, y a veces indígenas también, con el objetivo de robar animales, saquear las estancias y raptar mujeres y niños para comerciar con ellos o pedir rescate. Recordemos que en este momento dichas ciudades y poblaciones formaban parte de la frontera, una frontera que no estaba protegida.
Tras varios enfrentamientos, se consigue una paz con distintas tribus de indios y se les instala en la frontera. La idea es la misma que se está utilizando en el norte con las misiones: crear asentamientos bajo la dirección de misioneros donde enseñar y cristianizar a los indios. Estos asentamientos, llamados reducciones, son unidades territoriales creadas para agrupar a los indios bajo la autoridad española, generalmente eclesiástica, y así ir pacificando el territorio a la vez que lo defienden. Pero aquí esta estrategia fracasó. Los indios no se adaptan, no se sedentarizan, terminan por marcharse, y los pocos que se quedan actúan como espías para el resto, indicándoles sobre el mejor momento para atacar.
Finalmente, uno de estos malones causó el terror en la población; los indios atacaron la zona robando ganado, capturando gente, con la particularidad de que esta vez se acercaron mucho a Buenos Aires, pues llegaron a unas diez leguas (unos 48 km) de la ciudad. Para contrarrestar estos ataques, grupos de milicianos voluntarios patrullan la frontera haciendo expediciones de castigo contra los indios en un intento de pacificación de la zona y de recuperación de lo perdido.
Finalmente, el Cabildo de Buenos Aires propone la idea de crear una serie de fuertes, desde donde los milicianos vigilaran la frontera, conteniendo a los indios al patrullar entre ellos. Pero como se dilataba su creación por falta de medios económicos y los indios continuaban atacando a granjeros,
ganaderos y comerciantes, el maestre de campo Juan de San Martín no esperó más y, junto con voluntarios, formó una milicia que incursionó contra los indios; ellos mismos, sin ayuda, solo con su esfuerzo y dinero, construyeron unas rústicas casas con una cerca de estacas por defensa desde donde recorrerían la frontera defendiéndola. Mal armados y peor pagados, se mantuvieron así durante una década, consiguiendo la paz con la metáfora del palo y la zanahoria a fuerza de castigar y negociar con los indígenas. Pero el problema no desaparece, pues los indios rompen constantemente los tratados de paz. Por otro lado, aunque se crean nuevas milicias, la falta de dinero para pagarlas hace que el conflicto se agrave. Los milicianos no solo no cobran, sino que han abandonado sus tierras empobreciéndose o perdiéndolas, por lo que con el tiempo abandonan; estas deserciones son constantes, circunstancia que aprovechan los indios para redoblar sus incursiones.
Al fin, y ante el peligro inminente de un ataque indígena a la ciudad, el Cabildo decidió en 1752 la creación de un cuerpo de milicianos: los Blandengues de la Frontera de Buenos Aires, formados por tres compañías con la misma misión: defender la frontera de las incursiones indígenas. El origen de su nombre es totalmente desconocido; la tradición dice que, en el momento de su creación, los soldados formaron en la Plaza Mayor de Buenos Aires y blandieron sus espadas. Félix de Azara escribe en 1796 que fueron las lanzas, pero no hay más documentación al respecto, aunque sí se sabe que al principio se les llamó «compañías a sueldo» o «compañías pagadas». Las armaron de carabinas, sables, algunas pistolas y lanzas y, por supuesto, un mínimo de tres caballos por soldado, pero sin ninguna uniformidad. La oficialidad era generalmente criolla, hacendados que defendían sus propios intereses; los soldados estaban conformados por la clase baja de la sociedad sin distinción de raza, además de indios aliados utilizados como baqueanos (guías).
Las tres compañías se establecieron en tres puntos clave de la frontera: «Una Compañia se situara A las Caleseras de El Rio de los Arresifes en El paraje que llaman El Salto la segunda mas Alia de El pago de lujan Al Paraje que llaman la laguna Braba y la terzera; en la laguna de los lobos, entre El Pago de la Matanza y Magdalena mas Alia dose leguas cubriendo estos Pagos». Marfany, R. (1933). (El cuerpo de Blandengues de la frontera de Buenos Aires (1752-1810). Humanidades [La Plata, 1921], 23, 313-374).
Tras la dureza de los primeros tiempos, ingresar en los blandengues supuso una posibilidad de ascenso social. Se fomentó el matrimonio de soldados jóvenes que se trasladaban a la frontera atraídos por la facilidad de acceder a las tierras alrededor de los fuertes, siendo la paga del cuerpo un complemento más a su economía. Al igual que ocurrió en Nueva España, a los Blandengues se incorporó todo tipo de gentes sin importar el color de su piel y en estado de igualdad, teniendo derecho al usufructo de la tierra al reconocerlos como vecinos de Buenos Aires, lo que les daba derechos políticos, volviendo a desmentir todas las teorías de castas y de racismo. El ejemplo más claro fue cuando el Cabildo intentó vender las tierras del fuerte del Salto; entonces los soldados pertenecientes a dicho fuerte ejercieron sus derechos evitando dicha venta.
En cada uno de los enclaves antes descritos se construiría un «fuerte» que debía tener alojamiento para la tropa y una capilla con vivienda para un sacerdote. De ellos saldrían dos patrullas, una por la derecha y otra por la izquierda, hasta encontrarse unas con otras, batiendo de esta forma toda la frontera. Los fuertes generalmente estaban situados en las cercanías de un río o arroyo para poder tener acceso al agua. Se componían de un reducto cuadrangular de no más de cien metros de lado, rodeado de un foso de tres o cuatro metros de profundidad; con la tierra extraída del foso se elevaba una barrera sobre la que levantaba una empalizada de palos clavada en ella. En el interior se construían ranchos para alojamiento de la tropa, depósitos para la pólvora, el armamento y las provisiones, corrales para los caballos y un «mangrullo» o atalaya desde el que poder ver el territorio de alrededor. Nunca fueron merecedores del nombre de fuertes, pues eran construcciones
mediocres que rápidamente se deterioraban, al punto de derrumbarse la empalizada exterior cuando las maderas se pudrían, con el agravante añadido de que en la Pampa no había ni madera ni piedras, teniendo que transportar todo lo necesario en carretas desde el Paraná o desde La Plata. Otro inconveniente fueron los ratones que pronto lo infestaron todo, incomodando a los hombres y minando los víveres. Por ello, los soldados levantaron sus viviendas donde mejor podían, dispersándose la tropa con el perjuicio que esto suponía.

Reproducción del Fuerte Zanjón
La vida de los Blandengues era extremadamente dura, por lo que terminaban comerciando con los mismos indígenas contra los que luchaban, logrando integrarse en sus comunidades e incluso contrayendo matrimonio con sus mujeres; algo que, en el estado de guerra continuo en el que vivían, estaba prohibido y penado hasta con la muerte. Sin embargo, los castigos no alcanzaron nunca este punto; a la mayoría simplemente se les reprendía y retornaban a la sociedad.
Como hemos dicho, carecían de uniformidad, utilizando cada soldado prendas particulares: botas, pantalones bombachos, camisa y chaquetilla, vestuario que, a fuerza de usarlo, acababa hecho jirones, dando un aspecto lastimoso a la tropa.
Debido a la constante falta de recursos económicos, los blandengues malvivieron y a punto estuvieron de desaparecer; no solo no recibían sus pagas, sino que además, como hemos visto, sus instalaciones dejaban mucho que desear. Por otro lado, las distancias entre los tres fuertes eran tan largas que las patrullas eran constantemente atacadas o bien los indios esperaban a que salieran para atacar el fuerte y la pobre guarnición que quedaba. Aun así, consiguieron mantener la frontera, durante todo este periodo, apoyados eso sí por milicias de campaña, voluntarios que no
cobran por lo que se les llamaba, milicias «a ración y sin sueldo».
El problema económico era siempre el lastre al que se tenía que enfrentar el Río de la Plata, pues al ser una gobernación dependía del virreinato del Perú, teniendo siempre que consultar cualquier impuesto que se quisiera imponer. Una vez creado el virreinato, el Cabildo fue poniendo diversos impuestos llamados “ramo de guerra”, para sufragar los gastos militares, impuestos que resultaron insuficientes para mantener las tropas. Por otro lado, el rey Fernando VI, enterado de la creación del cuerpo de Blandengues, ordenó desarmar las compañías y cesar la recaudación del impuesto del ramo de guerra que se cobraba en su nombre, recomendando la formación de pueblos defensivos como método ideal para la defensa de la frontera, pero las autoridades locales no hicieron caso de la real cédula, por lo que todo continuó como estaba.
La entrada de España en la Guerra de los Siete Años implicó la reapertura del conflicto inconcluso en la frontera luso-brasileña. El gobernador Pedro Ceballos tomó la colonia de Sacramento y, para cubrir la retaguardia, creó veinticuatro compañías de milicias rurales. Tomó el control de las compañías de Blandengues y dispuso que el impuesto del ramo de guerra fuera administrado por la Real Hacienda. En 1760, Carlos III autorizó la existencia de las compañías de Blandengues por seis años hasta la consolidación de los pueblos defensivos en los alrededores de los fuertes.
Juan José de Vértiz y Salcedo, último gobernador de Buenos Aires y virrey del Río de la Plata desde 1778, comenzó una serie de reformas en la administración y el gobierno virreinal; entre ellas, y tras solicitar un informe de las defensas de la frontera al teniente coronel Francisco Betbezé, aumentó las compañías de Blandengues primero a cinco, añadiendo posteriormente una más, otorgándoles dignidad militar.
Las fortificaciones se modificaron; algunas se cambiaron de lugar y se hicieron otras nuevas, construyéndolas según el modelo francés de Vauban, creando nuevos pueblos en los alrededores de los fuertes, formando de esta manera un cordón defensivo de la frontera.
Creó una plana mayor renovando la oficialidad con militares de carrera, sobre todo de origen peninsular y extracción noble, que ya hubieran destacado en otros cuerpos: «En cada fuerte mandé poner una compañía de dotación compuesta de un capitán, un teniente, un alférez, un capellán, cuatro sargentos, ocho cabos, dos baqueanos, un tambor, ochenta y cinco plazas de Blandengues, su total cien plazas»… Memoria de gobierno del virrey Vértiz.

Réplica del fortín de la Guardia de San Lorenzo, creada a orillas de la laguna de Navarro en 1767,
provincia de Buenos Aires, Argentina.
Uniformó el cuerpo, describiéndolo en 1785 de la siguiente manera: «una casaca muy corta de color azul, con un collarín o sobrecuello rojo, guarnecido con un galón estrecho, solapas y vueltas en las bocamangas del mismo color; chupetín y calzón también rojos. Adornaban la casaca, botones blancos y corbatín. Llevaban sombrero redondo, adornado con cinta de estambre o cerda encarnada, cosida en la copa; y escarapela. Calzaban bota de becerrillo hasta la rodilla, que era la que se usaba corrientemente en el campo. Completaban el equipo dos pistoleras forradas de paño azul, colocadas en la parte delantera y a ambos costados de la montura; bandolera de la que pendía la carabina, cinturón para la espada, cordón y canana en vez de cartuchera. En invierno usaban poncho en lugar de la capa, que era de reglamento en los cuerpos regulares; y en verano vestían chupa y calzón de lienzo blanco». Marfany, R. (1933). (El cuerpo de Blandengues de la frontera de Buenos Aires (1752-1810). Humanidades [La Plata, 1921], 23, 313-374).
Respecto a su financiación, continuó el impuesto del “ramo de guerra”, centralizado en la Aduana de Buenos Aires, lo que significa que pasan a cobrar de la Real Audiencia; sus ingresos aumentaron tras incorporarse Buenos Aires al comercio libre con la Península. La idea de Vértiz era aumentar y consolidar un cuerpo que, tras conseguir la paz con los indígenas, fuera capaz de enfrentarse a cualquier conflicto, bien fuera interno, en la frontera luso-brasileña, o frente a una posible invasión
británica. Tras Vértiz, se fueron incorporando cadetes de la élite criolla que pronto ascenderían a oficiales y a la plana mayor, lo que nos habla del prestigio que da el pertenecer al cuerpo, formándose clanes familiares dentro del mismo.
Ante un nuevo conflicto con Gran Bretaña y Portugal, los Blandengues se convirtieron en el eje central de la defensa virreinal, creando un cuerpo análogo en Montevideo, respaldados por las milicias, que solo estarían bajo jurisdicción militar mientras fueran movilizadas.
El 7 de diciembre de 1796, el virrey Melo de Portugal y Villena crea un nuevo cuerpo bajo el nombre Cuerpo de Veteranos de Blandengues de la Frontera de Montevideo. Su cometido ya no sólo es defender la Banda Oriental de los malones indios, sino también la defensa de las fronteras contra el tradicional enemigo portugués, además de controlar el contrabando, convirtiéndose de esta manera en la primera policía del virreinato. La unidad contaba con 800 efectivos, divididos en ocho compañías de cien hombres cada una, con su correspondiente caballada, corriendo los gastos de mantenimiento por el Cabildo de Montevideo. Contrasta la rapidez de la fundación y organización del nuevo cuerpo de Blandengues con las dificultades que tuvo el de Buenos Aires, lo que quizá se deba a estar de acuerdo todas las autoridades de Montevideo en tener una fuerza militar veterana y homogénea.
Por otro lado, el propio Melo también envió una expedición para adelantar las fronteras hacia el sur, al mando de Félix de Azara, con el objetivo de cartografiar la zona, informando sobre posibles lugares donde construir poblaciones avanzadas que defendieran la frontera, consolidándola para un posterior avance de la misma. La expedición la componían, además de Azara, el comandante del Cuerpo de Blandengues Nicolás de la Quintana, el maestre de campo retirado Manuel Pinazo, el ingeniero geógrafo Pedro Antonio Cerviño, el piloto primero de la Real Armada Juan Inciarte, junto con una escolta de oficiales y soldados, acompañados de «lenguaraces y baqueanos» intérpretes y guías. A su regreso, Azara redactó un plan de adelantamiento de la frontera que constituyó el fundamento de todas las políticas de avance sobre los territorios indígenas que se sucedieron más tarde, tanto durante el virreinato como de los primeros gobiernos tras la independencia.
Notable fue la participación de los Blandengues en la defensa y posterior recuperación dos meses después de Buenos Aires, en manos inglesas por el capitán de navío Santiago Liniers en 1806, así como en la defensa de Montevideo un año más tarde, en el fallido intento de Inglaterra de hacerse con el Río de la Plata. Tras la toma de la ciudad de Montevideo, los británicos hicieron unos seiscientos prisioneros de los distintos cuerpos, entre ellos de los Blandengues, siendo trasladados presos a los pontones sobre el río Támesis, en Londres.
La invasión de España por parte de Napoleón hace que se cambien las alianzas, uniéndose España y Gran Bretaña contra el enemigo francés. Los soldados prisioneros en Londres son devueltos, pero no a América, sino a la Península; con ellos se forma el Batallón Buenos Ayres. Integrados en el Ejército de Galicia, participando en varios combates de la guerra de Independencia.

El actual regimiento Blandengues de Artigas de Caballería Nº 1 es uno de los cuerpos que conforman el Ejército de Uruguay.
Formaron parte de los dragones del Ejército de la Izquierda situados cerca de Astorga; también encontramos Blandengues desmontados sin caballos en lo que se llamó el Batallón de Infantería de Buenos Ayres, llamados los colorados de Buenos Ayres por lucir los uniformes británicos. Participaron en la batalla de Tamames y en la defensa de Astorga, en donde permanecieron hasta 1810, siendo trasladados a Villafranca del Bierzo, pasando después por diferentes cuerpos del ejército.
Tras la derrota de Napoleón, se dio la orden a los oficiales de volver a América y a los soldados se les dio la opción de quedarse en la Península. Los que volvieron acabaron divididos entre las fuerzas que apoyaban la independencia y los que se quedaron en el ejército real. Algunos no quisieron regresar para no enfrentarse con sus familiares partidarios de la independencia del virreinato.
Hoy día todavía pervive el cuerpo de Blandengues; en Argentina se mantiene en su honor el Regimiento de Caballería de Tanques 6 «Blandengues» y en Uruguay el Regimiento de Blandengues de Artigas 1º de Caballería cumple funciones de escolta presidencial, constituyendo sus miembros la guardia de honor.
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