«Con la tele, ¡quién necesita canguro!». Me lo comentaba el otro día, a modo de broma, la mamá de un amiguito de mi niño de casi 3 años. Si alguno de los que me leéis sois madre o padre seguro que os habréis dado cuenta del poder hipnótico que tiene la televisión, o cualquier otro tipo de pantalla, para una criatura.
Todo empezó con los policías de Filadelfia, en los años 60: el día después de Acción de Gracias, esto es, el último viernes de noviembre, las familias americanas salían en masa a arrasar con las tiendas, una tradición tan intrincada en la cultura americana como cenar pavo relleno la noche anterior.
Por fin ha llegado el Black Friday. Hoy, tan pronto como podamos saldremos corriendo a un gran centro comercial, entraremos en un portal de compra on line o bien nos acercaremos a una avenida llenísima de tiendas para hacernos con alguna “ganga”.
Si el inicio de las rebajas aquí se estrena con grandes aglomeraciones, carreras y empujones para acceder a los centros comerciales, que los medios de comunicación nos retransmiten temporada tras temporada, en otros países van un paso más allá.
Hasta hace poco era una práctica habitual, aquí y en muchos lugares cuando se casaba el hijo o la hija y se necesitaba una nueva vivienda, entre las familias del pueblo se ayudaban para construirla. Si a un ganadero le entraba el lobo o a un agricultor el jabalí, la comunidad colaboraba para ampliar o hacer una nueva cerca. El mantenimiento de las acequias era una tarea colectiva.
Nuevamente a pocos pasos de la llegada de un nuevo año y, con él, trazándonos nuevas metas que con muchas ilusiones deseamos poder cumplir.