Quienes esperen un cambio de política por parte de nuestros gobiernos socio-liberales o neoliberales a sueldo de las grandes instituciones financieras, de los mercados y de las grandes empresas van a sentirse decepcionados: puesto que incluso al borde del abismo, nuestros responsables permanecerán inflexibles, su brújula quedará fijada hacia la austeridad, tan fuerte es la atracción que produce obtener el máximo beneficio y la ciega creencia en el sacrosanto e inmutable crecimiento.
Como antes de la crisis, con más vigor si cabe, el centro de buena parte del debate académico y político se sitúa en las cuentas públicas (además del mercado de trabajo), o, para ser más precisos, en los desequilibrios financieros públicos, como si su existencia estuviera en el origen, fuera la causa principal de la actual crisis económica y la restricción más importante para salir de ella.
Es obtuso pedir a los países periféricos que reduzcan sus déficits fiscales, es decir, su demanda, que absorbe producción alemana y mantiene su empleo. Es insolidario porque la deuda de estos países es la contrapartida de importaciones que en la década pasada aliviaron la recesión alemana y que debieran ser agradecidas/pagadas, permitiendo –mejor aún potenciando– una demanda agregada fuerte que les rescate ahora de su postración.