El adiós
Pasaba el tren al tiempo que soplaba el viento y movía las ramas del árbol.
Pasaba el tren dejando atrás al árbol y las hojas caídas arrancadas de sus tallos.
Pasaba el tren al tiempo que soplaba el viento y movía las ramas del árbol.
Pasaba el tren dejando atrás al árbol y las hojas caídas arrancadas de sus tallos.
Con semblante triste y mirada profunda, te estremecía al mirarte con sus grandes ojos negros, casi sin vida.
Piedras, arena; arena y barro, secas hierbas, espacios desolados.
Hay voces que no callan, voces que se perpetúan en el tiempo y claman.
Sobre el viejo lecho de seca paja se encontraba bella, hundida y reposada la Inspiración dormida.
En el comienzo de la vida, que sólo había espacio, nada orgánico, nada palpable, nada en lo que se pudiera pensar ni imaginar. Luego, después de ese vacío, se dibujo la primera de las realidades, aquello en lo que creíamos porque lo palpábamos, vivíamos, veíamos y sentíamos: La Tierra.
Se quedo allí plácidamente sentada, reflexionando sobre todo lo que le rodeaba; en su dedo, un dedal, en su mente, una historia escrita a fuego.
Las mujeres las grandes olvidadas de la historia, las que hemos estado durante siglos relegadas a un segundo ó tercer plano dentro de la sociedad, a las que nos han vetado desarrollar nuestros intereses y capacidades durante siglos, vemos por fin, como la sombra de esa mano amenazante se va abriendo hacia una mayor claridad.
Como en muchas novelas románticas y cuentos perdidos, escribí dibujando cientos de veces tu nombre en mi mente.
Hay un proverbio chino que dice: «el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo».