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Sr. Presidente:

La política exterior se ha colado en su campaña sin que lo tuviera previsto. La crisis de los refugiados, primero, y la respuesta a los atentados de París, sobre todo, le han obligado a explicar a la opinión pública cuál es su postura –la de su partido – sobre los modos y el alcance de la lucha contra Daesh, sobre cómo articular la solidaridad europea y hasta sobre el mismo concepto de qué es la guerra en el siglo XXI.

Así que, le entusiasme o no, va a tener que dedicar atención a estos temas desde el primer día de su mandato. No estaría mal, por otra parte, que aprovechara esta oportunidad para devolver a la gestión de las relaciones exteriores el papel que le debería corresponder en un país como el nuestro.

Es evidente que la política exterior española está determinada por nuestra situación geográfica, nuestros lazos históricos y nuestra pertenencia a un conjunto de organizaciones internacionales, muy especialmente a la Unión Europea y la OTAN. La recién estrenada Estrategia de Acción Exterior –¡con lo que ha costado llegar a tenerla! – aspira a marcar las líneas principales, pero su concepción es tan amplia que cuesta ver a menudo su auténtica orientación estratégica. De modo que, sin dejar de atender las obligaciones derivadas de todas nuestras circunstancias, si España quiere realmente recuperar peso internacional y adoptar una postura moderna de cómo estar en el mundo, debería especializarse en uno o unos pocos campos y tratar de liderar o de situarse en una posición destacada en el debate global sobre esas materias.

Es lo que han hecho países que no son grandes potencias, pero que han logrado ser actores relevantes en determinados ámbitos, como Noruega o Suiza con la paz, Canadá en su apuesta por el multilateralismo, Costa Rica con la sostenibilidad, o Polonia, durante algún tiempo –ahora parece que se le está pasando – con el impulso a una Europa unida y fuerte en lo global.

He aquí cuatro ideas –tres temáticas y una instrumental – en las que España podría marcar una diferencia en el mundo.

La lucha contra el terrorismo.

Como se suele repetir, lamentablemente tenemos una larga experiencia en este campo. Después de combatir durante décadas el terrorismo nacionalista de ETA, España se tuvo que enfrentar también al del extremismo yihadista; un asunto que ha dejado de ser objeto exclusivo de la política de interior de cada país para alcanzar una proyección global. No es extraño pues que este tema haya sido uno de los prioritarios durante la reciente presidencia española del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, incorporando una dimensión que hasta entonces no había estado presente en ese foro: la de las víctimas. Además de exponer el sistema español de protección, considerado como un referente internacional, se lanzaron dos iniciativas: otorgar un estatuto propio que garantice a las víctimas sus derechos en todos los países y el establecimiento de una Corte internacional especial, complementaria a la de La Haya, para abordar el terrorismo. No será fácil sacar adelante estas propuestas, pero, más allá del tiempo que dure su presencia en el Consejo de Seguridad, España debería seguir trabajando para dotar a la comunidad internacional de mecanismos para mejorar la lucha contra una de las principales lacras globales. Esto incluye, por supuesto, un activo papel en el seno de la propia Unión Europea, en donde debería estar a la cabeza en la mejora de la coordinación de los servicios de inteligencia europeos – incluida la creación de una agencia única –, en la neutralización de las redes de captación, en reforzar la ciberseguridad, en la atención a las víctimas y en la extensión y perfeccionamiento de los programas de desradicalización.

La gestión de las migraciones.

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La llegada masiva a Europa de refugiados que se está produciendo desde el pasado verano ha dado una nueva dimensión a los debates sobre políticas de migración y de asilo. No es nada nuevo en su esencia, pero sí en su volumen y en el hecho de que los países centroeuropeos se estén viendo desbordados en su capacidad de acogida y que sientan un vacío de solidaridad. Un vacío que durante años llevan viviendo los países del Sur –Italia, Grecia, y España– sin que haya servido para impulsar, de un modo realmente eficaz, una política europea coordinada.

Precisamente porque España no ve ahora la crisis de refugiados con la urgencia de los alemanes, los suecos o los austriacos, debería liderar, junto con Italia, la búsqueda de soluciones a corto plazo, pero también el debate a medio y largo plazo sobre cuestiones migratorias. No se puede olvidar que somos el único país con una parte de su territorio en África y con una fuerte presión migratoria permanente en su frontera. Por otra parte, no se trata solo de abordar las complejas tareas de gestionar los flujos de inmigración o de diseñar posibles modelos de integración, entre otros, sino de contribuir a la definición de la sociedad europea del futuro.

Como en otras materias, España podría sacar un mayor partido de su experiencia reciente: de ser tradicionalmente emisor de emigrantes, se convirtió en apenas una década en el mayor receptor de Europa, sin que ello haya causado grandes traumas ni desajustes en la propia sociedad española. El hecho de que la crisis no haya generado tampoco un rechazo masivo ni postulados xenófobos coloca al país en una posición más serena y neutral para liderar un debate más que necesario en la UE, y que, si alguna vez la tuvo, ha ido perdiendo eficacia y objetividad por su excesiva politización.

Es cierto que España no puede presumir de haber tenido una destacada política de asilo, más bien al contrario, pero su compromiso –si bien forzado por la presión de Alemania y la de la opinión pública– de acoger al tercer mayor contingente de refugiados en el último reparto de cuotas tendrá que contribuir a hacer evolucionar dicha política.

La lucha contra cambio climático.

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Aunque también en este ámbito la política española de los últimos años ha sido errática, España debería adoptar una postura mucho más activa en el debate global por dos motivos: por necesidad y por interés.

Por necesidad, porque existe el consenso sobre que España será, es ya, uno de los países europeos a los que más afectará el cambio climático. La intensidad y la virulencia de los incendios forestales, la alteración de especies autóctonas y la invasión de otras foráneas, la subida del nivel del mar o las temperaturas extremas son algunos de los efectos que las alteraciones del clima están teniendo en nuestro país, con el consiguiente impacto en la salud humana y la actividad económica.

Por interés, porque aunque también con sus altibajos, la industria española ha logrado colocarse entre las más punteras del mundo en el terreno de la sostenibilidad, con una expa

nsión tanto local como internacional. Esto es especialmente relevante en el campo de las energías alternativas: ya en 2014 las renovables aportaron el 42,8% de la producción eléctrica española total, un porcentaje nada desdeñable en un país cuya dependencia energética del exterior es de sobra conocida. Asimismo, diversas empresas españolas se encuentran entre los líderes mundiales en la creación de plantas de energía solar y España es el quinto país mundial exportador de generadores eólicos.

En el ámbito de las negociaciones europeas hacia la Cumbre del Clima en París, los representantes españoles han sido reconocidos por su capacidad para acercar posturas y lograr avanzar hacia los objetivos planteados. No ha habido, sin embargo, iniciativas ni una visión propia.

Pero España tiene ahora la oportunidad de recuperar un papel en este debate global, a la cabeza de las políticas europeas, así como de fomentar la innovación y la investigación, tanto del sector público como del privado, para liderar la transformación hacia unos modelos energéticos y productivos más sostenibles.

La mediación.

Además de buscar un campo de especialización temática, España podría destacar en el ámbito de la mediación. Desde el punto de vista de las organizaciones internacionales, siempre ha apoyado iniciativas dirigidas a apoyar o desarrollar este tipo de actividad, ya sea en el seno de Naciones Unidas o de la Unión Europea. De hecho, ha impulsado, junto con Marruecos, la Iniciativa para la Mediación en el Mediterráneo, que busca reforzar la colaboración y crear sinergias en este terreno en la cuenca mediterránea.

Desde el punto de vista de las percepciones, España es concebida a menudo como un país neutral: no tiene, en muchos escenarios, el condicionante del peso de un pasado colonial reciente; tampoco ofrece la imagen de una gran potencia, con sus componentes de arrogancia y poder duro. Algunos elementos de poder blando, como el idioma o el deporte despiertan por lo general simpatía. A lo que se suma la existencia de organizaciones dedicadas ya por entero a esta labor.

Varios de esos factores, más una indudable visión de la oportunidad hist

órica, fueron los que impulsaron la organización de la Conferencia de Paz de Madrid de 1991. Durante la presidencia en octubre del Consejo de Seguridad, España ha planteado la celebración de un Madrid II, 25 años después de la primera, con el fin de recuperar el tiempo perdido en el avance hacia una posible solución en el conflicto palestino-israelí. Sería un momento idóneo para comenzar a desarrollar, a mayor escala, la capacidad mediadora de nuestro país.

Sr. Presidente, es obvio que si se decantara por una o varias de estas opciones, tendría que aunar voluntades y medios en aras de esa especialización, empezando por usted mismo, que debería convertirse en el primer embajador de esta nueva política exterior. Implicaría as

imismo la especialización en la capacidad de reflexión y elaboración de propuestas, con lo que inevitablemente tendría que aglutinar en ese esfuerzo a expertos, think tanks, mundo académico y profesionales de las relaciones internacionales. Y debería volcarse ahí, igualmente, una buena parte de los recursos destinados a nuestra maltrecha cooperación al desarrollo, que podría encontrar de esa manera un modo de recuperar el músculo perdido.

En este entorno tan complejo en el que vivimos, España debe reencontrar su lugar en el mundo y la búsqueda de una cierta especialización podría ayudarle en el camino.

Cristina Manzano