Asimismo, el vínculo que existe entre el desarrollo de las sociedades, con las degradaciones de los recursos naturales, es tan común y conocido como los son las consecuencias: explotación de hábitats, contribución al cambio climático, fragmentación de hábitat, extinción de especies, contaminación, entre otros. Sin embargo, no parece reconocerse específicamente las amenazas que existen hacia nuestra población y su persistencia, es decir que no se tiene el mismo nivel de difusión sobre nuestra viabilidad poblacional para sobrevivir en este planeta.

El análisis de la situación sugiere primero reconocer la capacidad de carga de la Tierra, para este siglo, y esto bajo el análisis de la disponibilidad/gasto de recursos por persona y no de fecundidad. Ya que la degradación del medio en el que vivimos, comenzando por el aire, los niveles de agua marina contaminada y reducida, hasta la generación de desastres naturales como inundaciones; son resultado de que reduzcamos los espacios habitables, al alterar el equilibrio entre sus componentes.

Cabe resaltar las diferencias entre el consumo por parte de personas en países desarrollados versus los países en desarrollo. Los individuos que vivan en países como Estados Unidos o Reino Unido, tendrán más probabilidad de dejar huella de carbono más significativa por todo lo que consumen con sus autos, desechos, emisiones, infraestructuras, etc, que se necesitan para satisfacer sus estándares de alimentación, vivienda, y vida. En cambio, individuos de países en desarrollo como la mayor parte de los sudamericanos, por la menor accesibilidad a productos, maquinarias y materiales para construcción, tendrá menor huella de carbono.

La conexión entre ambas regiones del mundo está principalmente en los requerimientos de expansión urbana, industrial y agricultura que son los eventos que avanzan con mayor desenfreno en países desarrollados, y que requieren de países en desarrollo, por su ubicación en regiones con mayor biodiversidad y disponibilidad de recursos naturales como materia prima. Así está claro que el problema está en cómo se explotan estos recursos, que justamente están en las regiones con más altas tasas de biodiversidad, con funciones ecológicas (como sumideros de carbono) y funciones climáticas más importantes para el mundo (zona de convergencia intertropical).

Bajo este contexto es importante destacar, como el planeta ha sobrellevado ya varios eventos de extinción masiva por eventos acumulativos en sus aguas, tierra y atmósfera, y de hecho las poblaciones que en algún momento fueron remanentes de estos escenarios catastróficos, luego fueron la base ancestral de la evolución que terminó con los animales y variedades de vida actual.

La historia de la vida en la tierra ya presenta antecedentes de que, a toda especie en progreso y expansión, le llega un momento de extinción inevitable. De hecho, el historial resalta que los motivos se suelen relacionar con efectos tardíos de invasiones y perdida de hábitat.

Nuestros hábitats se están degradando, quizás no a un paso tan veloz como para afrontar pronto eventos de extinción, pero si se notan la disminución de recursos. A continuación, queda evidenciar hasta que punto el planeta nos permitirá mantener nuestras tasas de fertilidad y natalidad (con el estado actual de los ecosistemas), antes de que declinen por debajo de las de mortalidad, y nuestros recursos genéticos se vuelvan insuficientes para hacer frente a la situación. Todo es cuestión de acción y reacción con la que la vida ocurre en este planeta, sin importar tanto nuestro nivel de contribución.

El enfoque humano debe concentrarse más en evaluar los eventos a los que el planeta nos someterá a grandes escalas y grandes periodos de tiempo, mucho más que centrarse en nuestras pequeñas actividades que tienen mínimas contribuciones en comparación a los millones de años, por ejemplo de liberación de carbono en la atmósfera.