La navidad trata al planeta de formas que solo a los humanos se nos puede ocurrir, como arrancar árboles pino para ponerlos dentro de la casa y saturarlos con decoración artificial y luego de que pasa la fiesta, tirarlos; o comprar árboles de plástico gastando mucho dinero y energía en luces que podría destinarse a plantar y resilvestrar campos, ciudades y espíritus, de manera que podamos tener algo que celebrar.
Menos mal las nuevas generaciones cuestionan estas acciones con tantas nuevas formas de vivir que problematizan a los adultos, como por ejemplo la comida vegana que exige que no haya pollo, cordero, pavo, cerdo o vaca para las cenas de fin de año que congregan a tanta gente. Es emocionante ver que esto ponga en afanes a las tradiciones cuando más de un hogar sufre tensiones entre la abuela que quiere lucirse con su elegante picana de tres carnes y el nieto que enumera y cuestiona los tipos de maltrato animal. En fin, que son momentos excelentes para la transición generacional con un poco de equilibrio y esperanza rumbo a la regeneración.
Existen muchas maneras de alimentar el espíritu de estas fiestas, comenzando por mirar la parte de las religiones que proclaman alguito sobre la naturaleza y la parte del capitalismo que convierte a la ecología en otra mercancía. Así ninguna de estas cosmovisiones podrá distraer nuestra libertad de elegir con responsabilidad la opción por la vida y escribir la lista de objetivos del 2025 con semillas para que veamos en la siguiente navidad por lo menos 100 plantas vivas logradas por cada integrante de nuestras familias, autodecoradas con sus propios frutos y flores llenas de polinizadores revoloteando que no necesitan baterías, control digital ni enchufes para moverse, regenerar el sistema y brillar.
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