No suelo acostumbrar a hacer propósitos para los próximos doce meses cuando un año comienza. Sin embargo, al estrenar el ahora agonizante 2024 traicioné mi costumbre y me fijé un objetivo a cumplir antes de que volviera a verme ante un cambio de calendario. Iba para 13 años en mi puesto de trabajo (con un reciente cambio de destino, pero dentro de la misma empresa, a la que debo mi formación como periodista sobre el terreno, fuera de los muros de la universidad) y sentía una profunda necesidad de cambio, bajarle al día a día las revoluciones que la actualidad impone y dar rienda suelta a la creatividad que la prisa cercena. Con la determinación de centrarme en el periodismo cultural por el que siempre he sentido especial vocación y bajo el lema ‘cultura sin prisas’ como declaración de intenciones, me lié la manta a la cabeza y me asomé a un abismo sin la tranquilidad de una nómina. Todo ello para probar suerte, de forma paradójica, con la única certeza de la incertidumbre.

Así nació Cultura y tal, un proyecto de revista online y pódcast cultural que apenas ha cumplido su primer trimestre de vida. Puede parecer, no culpo al lector que lo piense, que estas líneas sólo buscan presumir mis vivencias y promocionar mi nuevo proyecto —abusando sin duda de la generosa comprensión de nuestro editor, que espero sepa disculpar esta referencia—, pero más allá de este descarado emplazamiento de producto (como en las películas y series de televisión), quiero utilizar esta tribuna para reflexionar sobre aquel inusual recurso al propósito de año nuevo que me concedí hace ahora 365 días y, como la divinidad romana Jano que tenía dos caras opuestas para mirar a un tiempo hacia atrás y hacia adelante, afrontar la nueva realidad que las acciones pasadas han conllevado y marcar el rumbo con el que intentar llevar a buen puerto esta singladura.

Se cumplió el propósito para 2024. A las puertas de 2025, he cambiado de trabajo, he provocado el cambio que mi cuerpo y, sobre todo, mi salud mental, me reclamaban. Necesité casi todo el año que concluye para llevarlo acabo, por lo que al iniciar un nuevo ejercicio y afrontar la segunda mitad de nuestra década, es el momento de preguntarme, ¿y ahora qué? Pues de momento, consolidar lo puesto en marcha, ayudar a que esas hierbas que apenas asoman sobre la sementera helada espiguen y granen para poder dorarse al sol de mayo y junio.

La ilusión sigue intacta; la incertidumbre, también. Toca, por tanto, aferrarse a la esperanza para no desfallecer ante una travesía que sigue siendo incierta. Se podría concluir, por tanto, que mi propósito para 2025 será en realidad, eso, no abandonar la esperanza. Que además de un propósito propio, sirva también de deseo para los amigos lectores de Otro mundo es posible. No abandonen la esperanza. Este mundo nos da pocos motivos para ello, con sus guerras interminables o el odio que se propaga imparable por tierra, mar, aire y redes sociales. Pero nuestra mente, nuestra alma para quien crea en ella, lo necesitan.

En un último punto de locura quijotesca, me permito usurpar a otros caballeros andantes, los Jedi del universo de George Lucas, para insistir: Que la esperanza os acompañe.