El Solarismo no es solo energía solar
Recientemente, el editor de una prestigiosa revista digital española me hizo una observación interesante: «¿Por qué el Solarismo no habla de la energía eólica?».
Recientemente, el editor de una prestigiosa revista digital española me hizo una observación interesante: «¿Por qué el Solarismo no habla de la energía eólica?».
Toda civilización ha sido moldeada por su fuente de energía. El carbón, el petróleo y el gas impulsaron el desarrollo en el siglo XX, pero también concentraron el poder, profundizaron las desigualdades y nos dejaron una crisis climática innegable.
La historia de la humanidad no es solo una crónica de guerras, tratados o invenciones; es, en su raíz más profunda, la historia de nuestra relación con la energía.
¿Qué define a una civilización avanzada? ¿Sus cohetes, sus megaciudades o su capacidad para doblegar la naturaleza? En 1964, el astrofísico soviético Nikolái Kardashov propuso una métrica audaz: el consumo de energía.
Toda civilización ha sido moldeada por su fuente de energía. El esclavismo dependía de los músculos; el feudalismo, de la biomasa; el capitalismo industrial nació del carbón y se expandió con el petróleo. Esa energía fósil —concentrada, jerárquica y acumulada durante millones de años— nos dio una capacidad inédita para movernos, volar y soñar con las estrellas. Pero también nos ató a una lógica de extracción, agotamiento y descarte.
Frente a la crisis de sentido que atraviesa la humanidad, el Solarismo no solo se presenta como una crítica de lo que está mal. Ofrece también nueve afirmaciones positivas, nueve argumentos para construir un futuro deseable. Estas ideas no nacen de la nada. Son el resultado de confrontar el Solarismo con los pensadores más lúcidos de nuestro tiempo, y de extraer de esos diálogos una síntesis práctica y esperanzada.
La humanidad atraviesa una crisis que no es solo ambiental, económica o tecnológica. Es, ante todo, una crisis de sentido.
Definición formal de una filosofía de la civilización energética.
Dice el refrán que “lo que no se mide no se puede mejorar”. Y esta afirmación tiene mucho de cierto a la hora de avanzar en la transición energética hacia fuentes y usos más sostenibles de la energía.
El 50% de la demanda de energía de nuestro sistema eléctrico nacional lo consume el sector residencial.