Pero, ¿de dónde viene esta curiosa tradición? La verdad, nadie lo sabe con certeza. En la Antigüedad, enterrar figuras al final de la fiesta tenía que ver con ritos de fertilidad: se «sacrificaba» simbólicamente al invierno para que llegara la primavera. Ya en época moderna en tiempos de los Austrias, los madrileños se permitían parodiar a la Iglesia en procesiones burlescas, una especie de válvula de escape antes de la Cuaresma.
Durante los siglos XVI y XVII era habitual enterrar un costillar de cerdo o una tira de tocino el último día de Carnaval. Este gesto simbolizaba el llamado «entierro de la carne» —de ahí los términos Carnaval o Carnestolendas— ante la inminente prohibición cuaresmal de su consumo.
Según esta interpretación, lo que originalmente se enterraba no era un pez, sino carne de cerdo —un canal, un costillar o una «cerdina»— como símbolo del inicio del ayuno. Con el paso del tiempo, una deformación fonética habría transformado «cerdina» en «sardina». La Real Academia Española (RAE) aclara que el término «cerdina» no figura en su diccionario oficial, aunque reconoce su relevancia para explicar el posible origen histórico de la tradición.
Otra teoría sitúa el origen de esta tradición en una costumbre propia de los trabajadores del campo —jornaleros, braceros o peones— de los siglos XVII y XVIII. Estos consumían una «sardina» que, en realidad, no era más que un trozo de pan relleno de panceta o tocino. Al final de la fiesta, enterraban los restos de este alimento graso como forma simbólica de despedirse de «los placeres de la mesa».
Para un jornalero o un oficial de gremio en tiempos de Carlos II, el Carnaval representaba prácticamente el único momento de «exceso» permitido. Desde esta perspectiva social, la teoría de la cerdina cobra mayor fuerza: la vida de las clases populares estaba marcada por el calendario litúrgico, y sus ritos combinaban devoción, transgresión y burla.
Con la llegada del Miércoles de Ceniza, la autoridad religiosa y los alguaciles vigilaban con celo que no se consumiera carne. Enterrar las sobras se convertía entonces en un acto de resistencia picaresca y en una forma simbólica de afirmar: «ya no hay carne, solo queda el ayuno».
La transformación de una costumbre rural en un mito urbano.
Avancemos a la época de la Ilustración, con Carlos III ya en el trono. En aquellos años, el abastecimiento de pescado a Madrid se realizaba a lomos de mulas, organizadas en recuas —conjuntos de animales de carga guiados por un arriero— procedente tanto de las costas del norte como del levante.
El pescado se transportaba en cestos de mimbre y se cubría con capas de nieve, protegidas a su vez con paja para retrasar su derretimiento. Aun así, y según consta en el Archivo de la Villa de Madrid, durante inviernos especialmente cálidos, eran habituales las quejas por partidas de pescado fresco que llegaban en mal estado. Para mitigar el problema, las recuas viajaban de noche, aprovechando el frío, y durante el día se detenían en ventas o posadas estratégicamente situadas, donde buscaban cobertizos frescos o sótanos que mantuvieran los cestos a la sombra y a resguardo del sol a la vez que hombres y animales descansaban.
Según la leyenda, en 1768 Carlos III, en su afán por ganarse el afecto del pueblo madrileño —que lo veía con recelo tras el Motín de Esquilache—, decidió organizar una gran merienda popular el último día de Carnaval. Para ello mandó traer un enorme cargamento de sardinas frescas desde las costas del norte, destinadas a ser repartidas gratis entre los madrileños que festejaban a orillas del Manzanares el Carnaval.
Aquel invierno inusualmente cálido sumado a los retrasos de las carretas de bueyes —la leyenda cambia las recuas por carretas, vehículos mucho más lentos y más fácil de imaginar con un cargamento de pescado en mal estado— hicieron que las sardinas llegaran a la capital en avanzado estado de descomposición. El hedor en los mercados y en la ribera del río era, según la leyenda, «insoportable». Carlos III, hombre culto y práctico, decidió actuar para evitar una epidemia emitiendo una orden inmediata para que las sardinas no se consumieran, sino que fueran enterradas bajo cal viva en la ribera del río.
El nacimiento del mito: la mofa popular
Lo que comenzó como un problema sanitario pronto se transformó en una parodia política. El pueblo de Madrid, hambriento y decepcionado por el «regalo» en mal estado, decidió parodiar el entierro del pescado con ironía. Para ello organizaron un cortejo fúnebre donde se disfrazaron de monjes, viudas y sacerdotes, organizando un entierro solemne para la sardina con cajas de madera y cánticos fúnebres que en realidad se burlaban de la «generosidad» del rey y de su obsesión por las normas de limpieza. Aquella burla resultó tan divertida y liberadora que el pueblo decidió repetirla cada año al cierre del Carnaval, simbolizando que la alegría —la fiesta— moría y era enterrada por orden del orden y la iglesia dando paso a la Cuaresma.
Hay que aclarar que no existe ninguna ley, acta notarial o bando que certifique esta historia. Los historiadores la consideran un mito fundacional: una explicación romántica y graciosa creada a posteriori para dar sentido a una costumbre que, en realidad, era la evolución de ritos mucho más antiguos, como la «cerdina». Culpar a un cargamento de sardinas podridas resulta más divertido que explicar la lenta transformación lingüística que dio origen al nombre.
Carlos III fue, de hecho, un rey pragmático: instauró el sistema de alcantarillado y la limpieza urbana. Ordenar enterrar mercancía en mal estado en la ribera del Manzanares era, según detalla la Real Academia de la Historia, el procedimiento estándar para evitar epidemias.
El pueblo madrileño, molesto por las estrictas prohibiciones del rey —como la de ir embozado con capas y los sombreros— aprovechó este acto oficial de higiene para transformarlo en una procesión burlesca. Si el rey ordenaba un entierro por motivos sanitarios, ellos le ponían música, viudas llorando y cánticos burlones, riéndose de la seriedad de los ministros ilustrados a la vez que las máscaras suplantaban o encubrían su identidad.
En resumen, con Carlos III la fiesta dejó de ser un mero rito de paso estacional a la vez que cultural para convertirse en un acto de reafirmación popular frente a las reformas de la élite ilustrada. El Carnaval fue siempre una «válvula de escape» frente a la represión de los sentidos. Enterrar la sardina constituía la última rebelión antes de aceptar la abstinencia y el recogimiento impuesto por la Cuaresma. Con la Ilustración la tradición cultural cambia al registro político, la élite ilustrada aspiraba a un pueblo racional, limpio y ordenado. Cuando el pueblo transforma una medida sanitaria —enterrar pescado podrido— en una fiesta grotesca y burlona, el mensaje es claro: «preferimos nuestra tradición «bárbara» a vuestro orden impuesto».
Al dotar al entierro de una leyenda fundacional —el cargamento de 1768— los madrileños crearon un mito identitario con el que defenderse de unas reformas percibidas como extranjerizantes y elitistas, reinventando el mito simbolizando la victoria de lo irracional y festivo sobre el control administrativo y religioso.
Lo refleja con claridad la pintura El entierro de la sardina (c. 1808-1812), de Francisco de Goya, conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. El cuadro capta ese instante de caos organizado en el que el pueblo recupera la calle y la convierte, una vez más, en escenario de resistencia cultural. No deja de ser significativo que la sardina no aparezca representada en la escena. Al mismo tiempo, la obra demuestra que, a comienzos del siglo XIX, la celebración ya estaba plenamente consolidada como una explosión colectiva y como una de las fiestas emblemáticas del Madrid castizo.

Entierro de la sardina. Lienzo de Francisco de Goya.
Más tarde, en 1851, ciudades como Murcia comenzaron a organizar y dejar constancia escrita de la celebración, lo que ha contribuido a la confusión sobre el origen del Entierro de la Sardina. Sin embargo, a diferencia de Madrid, en el caso murciano el nacimiento de la fiesta sí está bien documentado: ese mismo año, un grupo de estudiantes decidió imitar las mascaradas madrileñas y organizó un desfile con capuchones negros para enterrar simbólicamente una sardina en el barrio de San Antolín.
Ya en la primera mitad del siglo XX, la Iglesia —poco favorable a este tipo de celebraciones— presionó para que la fiesta se desplazara al final de la Semana Santa y quedara integrada en las Fiestas de Primavera de Murcia. De este modo, perdió su conexión original con el Carnaval y pasó a interpretarse como una alegoría del fin de la Cuaresma: el momento en que, tras el recogimiento pascual, se abandona la abstinencia de pescado.
Pero la tradición no se detuvo en la península. Cruzó el Atlántico y arraigó en Hispanoamérica, donde, pese a los procesos de independencia, la herencia cultural y religiosa permaneció intacta. El calendario litúrgico católico —Carnaval y Cuaresma— estaba profundamente integrado en el tejido social americano, lo que facilitó que el rito fuera asumido como propio. La picaresca y la sátira encajaron además con el nuevo sentimiento republicano: el entierro siguió funcionando como una eficaz «válvula de escape», ahora dirigida también contra las nuevas élites.
En América, la sardina a veces cambia de nombre o de forma, pero el significado permanece. El ejemplo más conocido es el Entierro de Joselito Carnaval en Barranquilla (Colombia). Aunque aquí el protagonista es un personaje humano y no un pez, el ritual es idéntico al madrileño: cortejo fúnebre, viudas llorosas y muerte simbólica de la fiesta para dar paso al recogimiento.

Entierro de Joselito Carnaval en Barranquilla (Colombia).
En regiones costeras como Naiguatá (Venezuela), la sardina recupera su sentido literal y se fusiona con antiguos ritos de pesca, manteniendo, no obstante, la estética burlesca del funeral hispano. En Panamá, el Entierro de la Sardina marca igualmente el cierre oficial del Carnaval: el cortejo recorre la Cinta Costera y culmina con la quema o entierro simbólico del pez, mientras las reinas del carnaval «lloran» el fin de la fiesta.
En el Carnaval ponceño de Puerto Rico, uno de los más antiguos del Caribe, el Entierro de la Sardina tiene lugar el martes previo al Miércoles de Ceniza. El desfile incluye vejigantes, reinas y lloronas que acompañan el ataúd del pez en un ambiente deliberadamente irónico y festivo. Todo ello demuestra que, pese a la ruptura política, la cultura matriz sobrevivió y se adaptó, conservando intacta su función simbólica.

Entierro de la sardina en el carnaval ponceño. Puerto Rico
En el Madrid de la Transición, la tradición se encontraba prácticamente perdida debido a la prohibición del Carnaval durante la dictadura. No fue hasta 1980 cuando se refundó oficialmente la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina. Con ello se recuperaron los uniformes inspirados en el cuadro de Goya —chisteras y capas— y el recorrido ceremonial por las calles, desde la plaza de Santa Ana hasta la Fuente de los Pajaritos, en la Casa de Campo.
Este acto no solo marcaba el final de una etapa de prohibición y oscuridad, sino que recuperar la fiesta simbolizaba también el fin de la censura sobre los ritos satíricos y profanos. De este modo, el Entierro de la Sardina recobraba su esencia original: una ceremonia en la que se leen las «últimas voluntades» del pescado, generalmente cargadas de crítica mordaz y humorística hacia los políticos y los problemas sociales del año.
El Entierro de la Sardina no es solo el epílogo festivo del Carnaval, sino una tradición viva que ha sabido adaptarse a los cambios religiosos, sociales y políticos, evolucionando sin perder su sentido original. Bajo la apariencia de un rito burlesco se esconde una constante histórica: la necesidad colectiva de reírse del poder, de despedir el supuesto exceso con ironía y alegría.
Aunque hoy el Carnaval sea más lúdico y comercial, convertido en un espectáculo de masas y un atractivo turístico, su esencia permanece. Que miles de personas se disfracen y ocupen las calles como espacio de libertad sigue siendo un paréntesis en la rutina diaria y una forma moderna de «enterrar el orden», disfrutando de la libertad de ser otro sin dejar de ser tú.
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