La idea no era buena, era excelente, lo que ocurrió es que erró en sus cálculos y cuando estaba condenado a perderse en el océano, se topó con un nuevo continente: América.

Tipo con suerte!

A pesar de esto nada impidió que se siguiera intentando una y otra vez llegar hasta Asia, y con más ahínco desde que Núñez de Balboa, llegó a orillas de la “mar del sur”, llamado así porque el recorrido del istmo lo había hecho de Norte a Sur, bautizado posteriormente por Magallanes como océano Pacifico.

En el camino vimos morir a Magallanes en Filipinas, cuando se dirigía a las Molucas, mientras que Elcano (uno de sus sucesores) conseguía dar la vuelta al mundo por primera vez y vuelto a embarcar para conseguir tamaña empresa de nuevo, muriendo en el intento. Más tarde otros lo intentaron, llegaron a aquellas lejanas tierras distintas expediciones, topándose todas con el mismo problema, no poder regresar, pues por el occidente con los tratados firmados entre los reinos de Portugal y Castilla, esta ruta era de uso exclusivo de los últimos y desde oriente nadie sabía hacerlo, fracasando una y otra vez debido a los vientos y corrientes contrarias.

En la quietud de su celda, un fraile estudia unas “cartas de marear”, la puerta se abre rompiendo el silencio, un hermano le comunica que debe ir a ver al prior, una vez en su presencia, este le entrega una carta, lleva el sello real, con paciencia la contempla, rompe el lacre y lee, el rey, el mismo Felipe II, el mismo rey al que se le llama el prudente, el hombre que como lema tiene “Non Sufficit Orbis” (el mundo no es suficiente), le pide, no, le ruega que se incorpore a una nueva expedición: «Devoto padre Fray Andrés de Urdaneta yo vos ruego y encargo que va[ya]is en los dichos navíos y hagáis lo que por el dicho visorrey os fuese ordenado, que [a]demás del servicio que haréis a nuestro Señor, yo seré muy servido».  “Carta del rey a fray Andrés de Urdaneta”, Valladolid, 24 de septiembre de 1559. AGI, Patronato, 23, r. 12, f. 6. 

Fray Andrés de Urdaneta, sí, el mismo Urdaneta que con diecisiete años se había embarcado como secretario de Elcano y mantuvo durante casi diez años un enfrentamiento con los portugueses en el otro lado del mundo, ahora era fraile, ya entrado en años, pero con unos conocimientos tales, que aseguraba poder ir a Asia y regresar, afirmando que: «él haría volver no una nave, sino una carreta». Uncilla, Fr. Fermín de: Urdaneta y la conquista de Filipinas, p. 177.

Tras su regreso de las Molucas, un no tan joven Urdaneta, compareció en Valladolid ante el emperador Carlos y el consejo de Indias. Conociendo en la Corte a uno de los grandes, la mano derecha de Hernán Cortes, Pedro de Alvarado, quien tras conquistar Guatemala, llega a la corte pues tiene una nueva expedición en la cabeza, conquistar las Filipinas. Alvarado, sabedor de la experiencia del guipuzcoano, no duda en hablar con él e incorporarlo a su empresa a la que Urdaneta se une entusiasmado.

El mundo se hacía pequeño para estos hombres.

Nada más llegar a Nueva España, comienzan a preparar la expedición, pero entonces surge una rebelión en el noroeste, en Nueva Galicia. Alvarado encabeza la expedición de castigo llevando como capitán de infantería a Urdaneta. Pero el destino es caprichoso y Alvarado muere tras ser arrollado por el caballo de un soldado y la expedición a las Filipinas queda en nada. En vez de regresar a la Península, nuestro hombre se quedó en México, siendo nombrado por el virrey Mendoza, corregidor de los pueblos de Ávalos y visitador de Zapotlán y puerto de Navidad. Mientras recorría a caballo los territorios en donde desempeñaba su labor, en muchas ocasiones se alojaba en los conventos que la Orden de San Agustín tenía en el territorio, lo que le hizo reflexionar sobre su vida, decidiendo en 1553 dar un giro total a la misma entrando en la Orden de los Agustinos y adquirir los grados sacerdotales.

Entre tanto Felipe II, una vez su padre, el emperador, abdica en él los reinos hispánicos, había ido cambiando de opinión sobre la política a seguir respecto a las islas del Maluco, sabedor de que Portugal recibía 1.000.000 de ducados cada año con el comercio de las especias, consideraba  que la venta de los derechos de dichas islas por su padre, por tan solo 350.000 ducados (un dineral para la época), ratificada en el Tratado de Zaragoza de 1529, había sido un mal negocio, siendo partidario de restituir a Portugal dicha cantidad volviendo pues a la situación anterior.

El rey vuelve a retomar la idea de ir hacia las islas de Poniente o de San Lázaro, rebautizadas en su honor como Filipinas, por Ruy López de Villalobos, pero no partiendo desde la península Ibérica, sino desde Nueva España, acortando así el recorrido, lo que abarataría los costes y evitaría el peligroso estrecho de Magallanes. Felipe, necesitado siempre de dinero, abandona la idea de devolver a Portugal la cantidad pagada, pero comienza a pensar en asentar una base que le permita comerciar con los puertos de Asia para conseguir así las ansiadas y carísimas especias y para ello las Filipinas son el enclave ideal. Para Portugal dichas islas no tenían nada y no establecieron en ellas ninguna base, ni factoría, lo cual era ideal para Castilla, pues dichas islas quedaban libres para poder actuar tomando posesión de ellas, además de que seguro que alguna especia u otro tipo de mercancía tendrían.

En una carta cifrada, el monarca le expone sus ideas al nuevo virrey Luis de Velasco “el viejo”, pero no será hasta 1557 que le formule su nueva política: «se descubran por mar algunas islas y provincias de las que hay en esas partes para que se pueblen y pongan en toda policía, y los naturales de ellas que están sin lumbre de fe sean alumbrados y enseñados en ella ».Valladolid, 21 de septiembre de 1557, AGN, Mercedes, 7, fols. 225v.-227r., en Muro, La expedición Legazpi, pp. 132-133.

Velasco se reunió con una junta de expertos entre los que se encontraban antiguos expedicionarios como Ginés de Mafra, Antonio Corzo o Martín de Islares, el piloto de la expedición de Villalobos, Juan Pablo de Carrión y por supuesto fray Andrés de Urdaneta. En dichas reuniones se determinó cuantas naves debían de ir, cuanta gente debía de embarcar, las consiguientes provisiones y por supuesto que derrotero se debía de seguir. El virrey envió a Carrión a Castilla, donde se entrevistó con miembros del Consejo de Indias, regresando con parte de la artillería y clavazón solicitadas en los memoriales y la orden real de construir dos naos para el viaje reiterando que fuesen: «al descubrimiento de las islas del Poniente, hacia los Malucos», pero para no violar el tratado con Portugal, se prohíbe la entrada en dichas islas pero no así en las demás, tal y como se lo expresa el rey a Velasco, en una carta fechada en Valladolid el 24 de junio de 1559: «y proveáis que procuren de traer alguna especiería, para hacer el ensayo de ellas, y se vuelvan a esa Nueva España, (…) para que se entienda si es cierta la vuelta y qué tanto se gastara en ella, y daréis por instrucción a la gente que ansí enviáredes que en ninguna manera entren en las islas de los Malucos, porque no se contravenga el asiento que tenemos tomado con el Serenísimo Rey de Portugal, sino en otras islas que están comarcanas a ellas, así como son las Phelipinas y otras que están fuera del dicho asiento, dentro de nuestra demarcación, que diz que tiene también especiería».  Remarcándole que lo principal era «saber la vuelta, pues la yda se sabe que se hace en breve tiempo». 

El rey a Velasco. Valladolid, 24 septiembre 1559.AA. VV., Descubrimientos españoles en el Mar del Sur, Tomo II, Edición Banco

Español de Crédito, Madrid 1991, p. 437; Uncilla y ArroitaJáuregui, Fr. Fermín: Urdaneta y la conquista de Filipinas, San Sebastián 1907, p. 179.

El virrey se decantó desde el principio por Urdaneta para dirigir la empresa, por ser (según él), la persona que más conocimientos tenia de las Molucas y su entorno. Pero había un inconveniente, Urdaneta se sentía viejo y no estaba para dichas aventuras, además tanto había estudiado la zona que estaba convencido (como así se demostró) que las Filipinas caían en la demarcación portuguesa, con lo que él planteaba otro derrotero, bajar hacia Nueva Guinea, que sí entraba en la demarcación Castellana. Además como religioso proponía el descubrimiento de nuevas rutas al servicio de la labor misionera, un encuentro entre gentes de Oriente y Occidente. 

Andrés de Urdaneta

Pero el rey es el rey, ante su petición de ir encabezando la empresa, fray Andrés no pudo decir que no, eso sí, manteniéndose firme en no dirigirse a las Filipinas. A Carrión se encomendó la construcción de los navíos, lo que trajo problemas por la mala elección del astillero en el puerto de Navidad, en contra del parecer de Urdaneta, que había propuesto el puerto de Acapulco, puerto que tenía mejores condiciones para tal fin. Además el retraso en las pagas de los salarios, que finalmente tuvieron que ser  cubiertos personalmente por el virrey Velasco, implicó la caída en desgracia de Carrión y que no fuera en la expedición. 

Urdaneta era el alma del viaje, de él dependía que este fuera favorable, pero era fraile y no podía dirigir la armada, para ello aconseja a Velasco, que escoge como jefe de la expedición a Miguel López de Legazpi, informando de ello al rey: «Miguel López de Legazpi, natural de la provincia de Lepuzcua, hijodalgo notorio de la casa de Lezcano, de edad de cincuenta años ( dicen que serían unos 58) y más de veintinueve que está em esta Nueba España; y de los cargos que ha tenido y negocios de importancia que se le haam cometido ha dado buena cuenta, y á lo que de su cristiandad y bondad hasta agora se entiende, no se ha podido elegir persona más conveniente y más á contento de Fray Andrés de Urdaneta, que es el que ha de gobernar y guiar la jornada; porque son de una tierra y deudos y amigos, y conformarse han». Uncilla, Fr. Fermín dc.Urdaneta y la conquista de Filipinas, p. 182.

Felipe tenía claro que las Filipinas no debían de ser conquistadas, sino integradas, por ello no envía a un soldado sino a un administrador, alguien de edad, con reputada experiencia en negociar que debía atraer para la causa española a los indígenas, por ello se deja bien aconsejar y elige a Legazpi. Nacido en Zumárraga (Guipúzcoa), había servido a las órdenes del Gran Capitán, en Italia y contra los franceses en tierras guipuzcoanas, había ocupado diversos cargos públicos en la península antes de dar el salto a Nueva España. Instalado en la capital azteca, fue nombrado secretario en el Cabildo de la capital novohispana y Alcalde ordinario de la ciudad en 1559. Se casó con Isabel Garcés  hermana del obispo de Tlaxcala, Julián Garcés, con la que tuvo nueve hijos. Era ya viudo y contaba con más de sesenta años, cuando el virrey Velasco le propuso encabezar la expedición, Legazpi, aceptó, nombrándole el rey: «almirante, General y Gobernador de todas las tierras que conquistase».

Finalmente tanto el monarca como la real Audiencia de México, aceptan el derrotero propuesto por el fraile hacia Nueva Guinea y dan las órdenes por escrito, más un pliego de órdenes secretas que se han de abrir una vez estén en alta mar.

La flota finalmente se compondrá de cinco naves, dos grandes galeones (la capitana, San Pedro, de 500 toneladas, y la almiranta, San Pablo, de 300), dos pataches (el San Juan y el San Lucas) con un pequeño bergantín o “fragatilla” (el Espíritu Santo) de remos comprado a Juan Pablo de Carrión. A bordo embarcaron 380 personas (150 marineros, 200 soldados, 6 religiosos y varios criados), además de todas las vituallas necesarias para tan largo viaje, empeñando el almirante casi todo su patrimonio para conseguirlas.

El vicario general de los Agustinos el P. Pedro de Herrera, reunió en el convento de Culhuacán, México, a los padres que iban a ir en la empresa con la misión de evangelizar a los nativos, como prior al P. Andrés de Urdaneta y acompañándole los padres Martín de Rada, Diego de Herrera, Andrés de Aguirre, Pedro de Gamboa y Lorenzo Jiménez. Les dieron todas las facultades y autorizaciones necesarias para que pudieran ejercer libremente su misión evangelizadora. Pero el gran inspirador de esta aventura, el virrey Velasco, no pudo ver partir la expedición pues falleció el 31 de julio 1564.

El 21 de noviembre de 1564 las naos largaron trapo y pusieron rumbo sudoeste en dirección a Nueva Guinea, el objetivo era cartografiar las islas, buscar los vientos de regreso y pasar por las Filipinas para recoger a los posibles supervivientes de la expedición de Villalobos que allí quedaran, pero sin tomar posesión de las islas pues estaban en la demarcación portuguesa. Pero el día 25 a unas cien leguas de Nueva España y ya sin posibilidad de regreso, Legazpi reunió en la capitana a todos los capitanes, pilotos, oficiales de su majestad y religiosos y abrió las instrucciones secretas que el rey y la Audiencia de México, habían entregado antes de zarpar. En ellas se ordenaba cambiar de rumbo tomando el que había propuesto Juan Pablo de Carrión, dirigiéndose directamente a las islas de San Lázaro, a las Filipinas, así lo recogió en su diario el piloto Esteban Rodríguez: «Domingo, a 26 del dicho [noviembre de 1564]. Se mudó la derrota, porque el señor general [Legazpi] abrió la instrucción que traía del rey, que le mandaron que no la abriese hasta estar cien leguas en la mar, y aquí la abrió, y le mandaban que fuese en demanda delas Filipinas». Relación muy circunstanciada de la navegación […], por Esteban Rodríguez, piloto mayor”, 1565, CODOIN, 1886, 2ª serie, p. 376.

Todas las miradas se posaron en fray Andrés de Urdaneta, quien al igual que sus compañeros se sentía engañado, con el consiguiente enojo, pero nada pasó, Urdaneta se puso a las órdenes de Legazpi, así como el resto de pilotos que modificaron el rumbo hacia las Filipinas.

La navegación transcurre sin incidentes hasta que el pequeño patache San Lucas, que marcha en descubierta, comienza a tomar distancia sobre las demás naves, su capitán Alonso de Arellano, tiene órdenes de no alejarse más de media legua de la nao capitana, pero incomprensiblemente comienza a distanciarse, Legazpi le avisa mediante salvas y mechas encendidas durante la noche, pero al amanecer el San Lucas, no está. Nada se puede hacer ante la perdida y resignados, con una nave menos, continúan su rumbo.

Impulsados por los alisios y a caballo de las corrientes avanzan más de treinta leguas cada día, pero aunque se sabe dónde está el destino, cada piloto marca la situación de la armada, teniendo grandes diferencias con fray Andrés que es quien marca siempre el rumbo. Surgen las dudas, todos piensan que el viejo fraile ha errado en sus cálculos y que están más a poniente, entonces inesperadamente les anuncia que pronto llegaran a las islas de los Ladrones, la sorpresa es grande, todos aguardan con expectación, aunque siguen pensando que está equivocado, el viejo fraile chochea. 

Tras cincuenta días de navegación aparecen en el horizonte unas islas que llamaran de los Barbudos (hoy Marshall), por las largas barbas que portaban sus habitantes. Poco a poco multitud de islas van surgiendo por la proa de las naves, muy verdes y exuberantes, pero rodeadas de arrecifes de coral, por lo que Urdaneta aconseja no acercarse a ellas. Por fin el 22 de enero de 1565 aparecen las islas de los Ladrones (hoy Marianas), ya nadie duda de fray Andrés, su conocimiento es tal que se encuentran en el punto exacto que él dijo. La armada llega a la isla de Guam, donde toman posesión de todas ellas, teniendo que partir al hacer honor sus habitantes al nombre puesto en su momento por Magallanes.

Aquí Urdaneta propone a Legazpi comenzar el tornaviaje, pero el almirante no está dispuesto a desobedecer al rey y continúan su camino, diez días después avistan la isla de Samar, la primera del archipiélago filipino, siguieron a la isla de Leyte, después a Bohol, pero las dificultades se multiplicaban pues los indígenas huían a su paso, lo que se sumaba a los problemas de comunicación, por lo que Legazpi y sus capitanes deciden tomar asiento y poblar alguna de las islas, con la oposición de los agustinos. Legazpi eligió la isla de Cebú como primer emplazamiento fundando la villa de San Miguel, de nuevo los agustinos estaban en desacuerdo ¡cómo no!, preludio de futuros desencuentros.

La primera parte del objetivo se había cumplido, pero quedaba la más importante, encontrar la ruta de vuelta, el Tornaviaje por el Pacífico, sin él no se podría acceder al mercado de las especias ni asentar la presencia española en Oriente y por supuesto no se podría evangelizar a los filipinos.

Aquí vamos a desdoblar el relato ya que los destinos de Legazpi y Urdaneta se separan. Cada uno tenía su misión en la historia y seguiremos la del fraile, objetivo de este artículo, pues su resultado cambiara para siempre la visión del mundo.

El regreso desde Cebú

Se dispuso la San Pedro, nao capitana, por ser la más grande y mejor preparada. Como capitán se eligió a un sobrino de Legazpi de tan solo 18 años Felipe de Salcedo, pero sería Urdaneta quien la dirigiría. El derrotero lo escribiría Rodrigo de Espinosa, piloto del San Juan a quien se le ordeno pasar a la nao capitana para acompañar al piloto mayor Esteban Rodríguez, lo que demuestra la importancia de buscar y reflejar la ruta del viaje de vuelta. Se abastecieron sobradamente de víveres, pues no sabían la duración de la travesía: «estaba la Nao Capitana presta para salir, bien abastecida de pan y arroz, y millo y haba, y garbanzo y aceite, y vinagre y vino para mas de ocho meses, y agua 200 pipas; iban en la nao doscientas personas con diez soldados y dos Padres, el Padre Prior y el Padre Fray Andres de Aguirre y la demas gente. Salieron del puerto de Zibuy [Cehu] a primero de junio viernes».

Partieron de Cebú, poniendo rumbo norte/nordeste, y es que durante los ocho años que estuvo en las Molucas, Urdaneta había aprendido de los errores de Grijalva y Villalobos, así como de su propia expedición con Loaysa. Había observado y estudiado el clima, las mareas, las corrientes, había hablado con los nativos sobre su historia, sus costumbres de navegación y más. Comprobó que en las latitudes bajas las corrientes y los vientos corrían de este a oeste tal y como sucedía en el Atlántico, luego por lógica en latitudes altas lo harían de oeste a este. Pero además había estudiado los monzones, viendo que de primavera y hasta mediados de junio soplaban de suroeste a nordeste, mientras que a principios de otoño los vientos cambiaban de sentido, de modo que lo hacían del nordeste hacia el suroeste y no permitían la navegación en sentido contrario, genial concepción de la globalidad del mundo.

Sorteando islas llegaron al estrecho de San Bernardino, entre Samar y Luzón, saliendo a mar abierto, subiendo y subiendo para evitar los alisios, el primero de julio están a la altura del 24º de latitud norte, continúan ascendiendo y en agosto alcanzan los 39°, hasta llegar al paralelo 42° a la altura de Japón, el rodeo es grande y los temores comienzan a anidar en la tripulación, la enfermedad, el terrible escorbuto, planea como una sombra negra sobre la nave, pero Urdaneta, sin saberlo, había encontrado la solución, en sus viajes había observado que la gente no enfermaba si tomaba alimentos frescos y fruta, o si el viaje era corto, de manera que embarcó gran cantidad de vegetales y cocos teniendo más variada la alimentación: «aun a los que an ydo desde a Nueua España para la Especería no les a dexado de dar esta enfermedad empero como la nauegacion se haze em (sic) poco tiempo y lleuan bastimen tos frescos, no haze tanta ynpresion como haze en los que ban desde España por el Estrecho».

El frío glaciar cubría la nao de hielo castigando duramente a los navegantes, cuando de pronto las aguas cambian, comienzan a fluir hacia el oeste, es la señal que Urdaneta estaba esperando, ordena virar al oeste y el san Pedro, empujado por la nueva corriente se desliza suavemente sobre ella en dirección hacia América. Acaba de descubrir la corriente de “Kuroshio” traducida del japonés como “Corriente negra”, en alusión al azul oscuro de su agua, es una de las corrientes más rápidas, alcanzando velocidades de hasta 4-5 nudos (aproximadamente 7-9 kilómetros por hora), teniendo una influencia similar a la corriente del golfo.

Pero el Pacífico es un océano enorme, ese desierto azul hace flaquear los ánimos, a la calma, le siguen las tormentas, los hombres se encomiendan a todos los santos e incluso a los diablos (por si acaso). Urdaneta se mantiene firme, en mitad del océano da la posición, «el padre prior estima estar a doscientas leguas del cabo Mendocino», tal y como anota en su cuaderno el piloto Rodrigo de Espinosa. El cabo Mendocino, llamado así en honor al primer virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza, está situado en la costa norte de California. No puede estar más acertado, quince días más tarde la costa americana se perfila en horizonte, la emoción se desborda y los hombres dan gracias a Dios por llevarlos finalmente a tierra a través del vasto océano desconocido.

Pero, aunque el fin del viaje se aproxima, la enfermedad acecha, no se trata del temido escorbuto, de eso ya se había encargado el viejo fraile. Se trata de otro tipo de enfermedad, la ingesta del agua corrompida de los barriles, el bizcocho agusanado o el tocino rancio y echado a perder, inciden sobre los cuerpos ya debilitados que no pueden más y aparecen las fiebres, parece mentira, tan cerca, afortunadamente solo dieciséis hombres fueron enterrados en la mar, una hazaña más para las travesías de la época.

Finalmente el primero de octubre avistan el puerto de Navidad, Espinosa, escribió en su diario «a esta hora miré a mi carta y vi que habíamos andado mil ochocientas noventa y dos leguas desde el puerto de Cebú y me fui al capitán y le dije que a donde mandaba que llevase el navío, porque estamos sobre el puerto de Navidad, y él me mando que lo llevásemos al puerto de Acapulco», por supuesto fue Urdaneta el que decidió el destino ya que consideraba que el puerto de Acapulco era el más resguardado, con más calado y con mejores condiciones para ser el de partida y destino de los futuros viajes a Asia. 

Pero en el puerto de Navidad, sin saberlo, dejaban una sorpresa, el patache San Lucas, el que había abandonado la expedición adelantándose, erguía sus mástiles desafiantes. Su capitán Alonso de Arellano, tras desobedecer a Legazpi, había llegado a Filipinas con ayuda de su piloto Lope Martín, tras saltar de isla en isla sin conseguir nada, cargaron el navío de canela y el 22 de abril de 1565 partieron de vuelta a Nueva España, aprovechando los vientos del suroeste del verano y siguiendo una ruta similar a la de Urdaneta, que seguramente conocerían de las reuniones entre pilotos. Atracaron en el puerto de Navidad, el 9 de agosto, dos meses antes que Urdaneta. Rápidamente Arellano, se desplazó a la capital, donde realizó una declaración jurada ante la Audiencia Real de México en la que dejó constancia de su navegación, declarando que el resto de la expedición se había perdido.

A la vista de Acapulco, la maltrecha nao San Pedro se engalana, las bombardas anuncian su llegada y de manera majestuosa el 8 de Octubre se interna en el puerto, las gentes alborozadas salen a recibir a los navegantes, la más increíble aventura se completado, se le ha doblado el brazo al océano más grande de la tierra, abriendo para Castilla un nuevo horizonte. 

Urdaneta, nada más llegar pinta una carta con los derroteros, vientos, puntas y cabos, pero no se entretiene en Acapulco, de inmediato se dirige a México y tras comparecer ante la Real Audiencia, que los recibe alborozados pues Arellano, les había comunicado que la expedición de Legazpi, se había perdido. Entrega las cartas de Legazpi y leen con detenimiento su derrotero, decidiendo que hay que informar rápidamente al rey. El 3 de diciembre de 1566 embarca en Veracruz, junto al padre Andrés Aguirre y Melchor de Legazpi, hijo del Adelantado que buscaba una recompensa para su padre y su familia, llegando a Sevilla, según unos autores en abril de 1566, según otros en mayo. Trasladados a la Corte, ya en Madrid, los padres residirían en el convento de San Felipe el Real. 

Pero Arellano, había llegado antes y reclamaba al rey mercedes por su hazaña y descubrimiento aun: «sin traer carta y derrotero del viage». Fray Gaspar de San Agustín, nos relata como la llegada de Urdaneta lo impidió y lo cataloga de: «intruso descubridor de la vuelta de las Philipinas». Felipe II, recibe de inmediato al fraile interesándose por todos los pormenores del viaje de vuelta a Nueva España, el agustino no solo le narra la aventura, sino que aporta cartas de navegación, donde gracias a sus observaciones meteorológicas y estudio del régimen de vientos del Pacifico, así como de sus corrientes, configuran el derrotero que han de seguir las naves en los sucesivos viajes. Tras esto, participa en la Junta de  Cosmógrafos, ordenada por el rey para decidir la conquista y conversión de las Filipinas. Urdaneta, fiel a sí mismo sigue considerando que aquellas tierras forman parte del área de Portugal, cedidas por el emperador Carlos, en 1529.                                                                            

Alonso de Arellano y Lope Martin son apresados y devueltos a Nueva España, con orden de remitirlos a la jurisdicción de Legazpi. Pero Arellano, gracias a sus influencias consigue retrasar la partida a Filipinas hasta que se entera de la muerte de Legazpi. Pasó dos años vagando por dichas islas, mal considerado por todos que conocían sus acciones en su viaje y regresó a Nueva España en 1579 perdiéndosele su pista.

Lope Martin, embarcó en el galeón San Jerónimo, protagonizando un motín que acabó con la vida del capitán Sánchez Pericón y su hijo, protagonizando una serie de tropelías tales, que finalmente conducirían a parte de la tripulación a sublevarse contra él, abandonándole junto con varios de sus adeptos en una isla.

Técnicamente Arellano, fue el primero que protagonizó el tornaviaje, pero la mayoría de historiadores no le dan relevancia ninguna al ver la parquedad de sus datos náuticos y no tener conocimientos de los vientos y corrientes, lo que no suponía ningún avance en la navegación de la época, considerando su regreso como un milagro.

Durante el tiempo que fray Andrés de Urdaneta pasó en Castilla, aunque no hay documentos de ello, se da por cierto de que viajó a su tierra para ver a su hija Gracia de Urdaneta que se había casado con Lope de Ayzaga, con quien tuvo ocho hijos. Tras esto el fraile añora la tranquilidad del convento y solicita su regreso a Nueva España, para retirarse a la oración y el sosiego. Finalmente tras una segunda entrevista con el monarca se le concede el permiso, de nuevo cruza el ancho mar en su última singladura pasando el resto de sus días en el convento San Agustín de México, dedicado a la oración y el estudio, falleciendo el 3 de junio de 1568.

Fue enterrado en la cripta del convento, debajo del presbiterio, pero las inundaciones de 1642 y posteriormente el incendio que sufrió la iglesia en diciembre de 1676, hizo que sus restos se perdieran.

Andrés de Urdaneta, escribiente, grumete, soldado, oficial, aventurero, navegante, geógrafo, cosmógrafo, fraile; es uno de los grandes personajes olvidados no solo por nuestra historia, sino por la historia universal. Su hazaña es equiparable a la de Colón, pues al igual que este, no solo sabía ir al occidente, si no que sabía volver, cosa que ambos hicieron, poniendo en el mapa por primera vez un nuevo mundo y a este con uno viejo.                                 

Su importancia fue capital, pues gracias a él se creó la primera ruta comercial “El Galeón de Manila”, por la que transitarían hombres, mercaderías, ideas y culturas, uniendo por primera vez tres continentes Asia, América y Europa, propiciando un intercambio comercial y cultural que sería la primera globalización mundial.