Recibir el diagnóstico era, en muchos casos, una condena social inmediata. Bastaba una mancha en la piel, un entumecimiento persistente, una herida que no cicatrizaba. La lepra —hoy conocida como enfermedad de Hansen— no solo afectaba el cuerpo: borraba la pertenencia. A la persona diagnosticada se le separaba de su familia, se le prohibía regresar a casa, se le arrancaba de su vida cotidiana y se le enviaba a un lugar del que pocos regresaban: Kalaupapa.
Conviene precisarlo desde el inicio: Kalaupapa no es una isla, sino una península aislada situada en la costa norte de la isla de Molokaʻi, una de las ocho islas principales del archipiélago de Hawái. Sin embargo, durante décadas funcionó como un territorio de exilio casi absoluto, separado del resto del mundo por el mar y por algunos de los acantilados marinos más altos del planeta, paredes volcánicas casi verticales que superan los quinientos metros de altura.
Hawái suele asociarse con imágenes de belleza natural: extensos sembradíos de piña, un verdor casi inagotable, playas de azules irresistibles que cambian con la luz del día, y un océano vivo donde es posible el avistamiento de ballenas jorobadas, delfines, mantarrayas, tortugas marinas y una diversidad de especies que convierten al archipiélago en un santuario natural. La lava detenida en la gran isla de Hawaiʻi, la mitología viva de Maui, la energía urbana de Oʻahu, la selva de Kauaʻi, la tradición contenida de Molokaʻi, la serenidad de Lānaʻi, el aislamiento de Niʻihau ( custodia viva de la lengua y la tradición hawaiana al ser una isla privada de acceso restringido) y la cicatriz ecológica de la deshabitada Kahoʻolawe (Durante gran parte del siglo XX fue utilizada por el ejército de Estados Unidos como campo de entrenamiento militar y zona de bombardeo, lo que dañó sus suelos), completan un mapa donde naturaleza e historia conviven de forma compleja.
También forma parte de la memoria histórica del archipiélago el ataque a Pearl Harbor, ocurrido el 7 de diciembre de 1941 en la isla de Oʻahu, donde murieron aproximadamente 2,400 personas, entre militares y civiles. Este acontecimiento marcó de manera irreversible la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y dejó una huella profunda en la historia de Hawái.
Pero existe otra historia, menos conocida, que transcurrió lejos de los reflectores. Kalaupapa fue, durante más de un siglo, uno de los leprosarios más severos del mundo. Su geografía fue determinante: el acceso solo era posible por mar, cuando las condiciones lo permitían, o por un sendero estrecho y peligroso que descendía desde lo alto de los acantilados. Muchos de los enfermos llegaban debilitados, aterrados, y algunos no sobrevivían al trayecto.
A partir de 1866, hombres, mujeres y niños diagnosticados con lepra fueron enviados allí, muchas veces contra su voluntad, bajo una política oficial de aislamiento sanitario. Perder la salud significaba perderlo todo: el hogar, la familia, el nombre. Kalaupapa se convirtió en un espacio de confinamiento, pero también, con el paso del tiempo, en una comunidad forzada donde la convivencia, la solidaridad y la resistencia humana adquirieron un sentido profundo.
En ese contexto surgieron figuras cuya entrega transformó la vida cotidiana del lugar. El padre Damián de Veuster, nacido en Bélgica en 1840, llegó a Hawái como misionero católico y en 1873 se ofreció voluntariamente para vivir en Kalaupapa. Compartió la vida de los enfermos sin distancia ni protección, construyó viviendas, organizó la comunidad y atendió tanto el cuerpo como el espíritu de quienes habían sido abandonados. En 1885 contrajo la lepra y murió en 1889 a causa de la enfermedad. Fue canonizado en 2009.
Junto a él destacó la hermana Marianne Cope, nacida en Alemania y criada en Estados Unidos. Llegó a Hawái en 1883 con un grupo de religiosas franciscanas y dedicó más de tres décadas al cuidado de los enfermos, especialmente de mujeres y niños. A diferencia de muchos otros cuidadores, nunca contrajo la lepra. Murió en 1918 por causas naturales y fue canonizada en 2012.
Hoy Kalaupapa es un Parque Histórico Nacional y su acceso permanece estrictamente regulado por el National Park Service. No se puede visitar sin un permiso oficial. El aislamiento se mantiene tanto para proteger el entorno natural como para resguardar a los pocos residentes que aún viven allí, personas de edad avanzada que presentan secuelas crónicas de la enfermedad ya curada y que constituyen una población especialmente vulnerable. Durante la pandemia, Kalaupapa cerró completamente sus fronteras, reafirmando una ética de cuidado y respeto que sigue definiendo el lugar.
Desde Hawái, mientras escribo estas líneas, pienso inevitablemente en mi libro Lazareto de afecciones. Siempre he sostenido que el mundo entero puede leerse como un gran lazareto: un espacio donde transitamos con heridas visibles e invisibles, donde aprendemos a sanar y a reconocernos en las cicatrices ajenas. Kalaupapa confirma esa intuición. Fue un lazareto literal, pero también un escenario donde la dignidad humana se sostuvo incluso en condiciones extremas y donde la bondad y la entrega floreció.
Es por esto que Kalaupapa tiene aún fronteras que no se desdibujan.
Autora Nery Santos Gómez
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