En esta temporada de cuestionamiento climático, una de las líneas de investigación es la agroecología, definida por la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología, SOCLA como la aplicación de los conceptos y principios ecológicos para diseñar agroecosistemas sustentables que provee una base para evaluar su complejidad.
Con una mirada histórica podemos identificar a la agroecología como la recuperación de la antigua agricultura que tenía la capacidad de organizar a la sociedad rural, entendiendo antigua con el matiz de hace 70 años, cuando la mayor concentración demográfica estaba en el campo. Esa agricultura se desarrollaba ya sea en ámbitos familiares con roles naturales de acuerdo a la edad y transmisión intergeneracional del conocimiento, o en haciendas patronales con fuerza esclava o retribuida, pero en ambos casos principalmente con muy baja tecnificación, sin agroinsumos sintéticos, sin semillas modificadas ni monocultivos en millones de hectáreas.
En el actual panorama se identifican planes y proyectos alimentarios, sean privados, gubernamentales, universitarios o de ONGs, que parten de la necesidad de promover la agroecología para recuperar y sanar los daños que va dejando el monocultivo y las prácticas artificiales agropecuarias. Sin embargo, estos planes se concentran en la producción, es decir, en el tipo de semillas, en el mejoramiento de rendimientos, en la adaptación de productos nuevos, en pocos casos en el riego, en herramientas e instrumentos o en insumos para la producción primaria o transformada. Y la siguiente fase, cuando no se habla del autoabastecimiento familiar del propio productor, es hablar un poco de espacios de feria o mercado sin regularidad donde se muestran los productos con algún tipo de sello como comercio justo, del campo a la mesa o similares que tienen bajo nivel de continuidad y se localizan en temporadas altas de cosecha o de tensión social.
Si bien es necesario destacar experiencias de grupos ecoactivistas y redes que gestionan ferias, tiendas y actividades específicas, todavía estamos muy alejados del consumo masivo de todo aquello que provenga de la agroecología, es decir, el patrón dominante de consumo está en la comida convencional conformada por alimentos primarios y transformados ultraprocesados con envase no biotransformable. Este aspecto se identifica claramente en el perfil de cualquier ciudad, cuando se recorren las calles céntricas, las escuelas o los mercados se puede identificar qué tipo de oferta predomina y organiza el tipo de consumo, reflejando que la transición hacia la agroecología se desconoce desde la economía oficial.
Otro factor que colabora para que la transición sea lenta es que los gobiernos favorecen y facilitan la instauración de la oferta de productos alejados de la agroecología y destinan bajos recursos, espacios y difusión a proyectos agroecológicos en general, sean urbanos o rurales. Esta situación se puede constatar en la trayectoria de productores que transitan una burocracia insoportable para conseguir permisos para ocupar áreas públicas con sus ferias o licencias de funcionamiento para sus tiendas. Esto lo pueden corroborar de igual manera la Red de Huertos Urbanos de Madrid en España, el Tianguis Alternativo de Puebla en México o las familias agricultoras de comunidad Cayimbaya de La Paz, en Bolivia.
Si bien los estudios agroecológicos se concentran en alimentación, el consumo agroecológico tiene que ver también con ropa, casa, transporte, envases y un sistema de circularización de materiales que no genere residuos contaminantes configurando un comportamiento humano agroecológico integral de por vida. Es decir, la educación de la totalidad de la población consumidora es una tarea pendiente dentro de la agroecología para la respectiva transición. Aquí, un fenómeno por demás contradictorio que ocurre en el campo es que las familias agricultoras que intentan producir agroecológicamente, venden una buena parte para comprar comida de moda entre golosinas, enlatados, plastificados o frituras que contaminan su dieta cotidiana, desplazando sus propias cosechas biodiversas. O sea que los productores no necesariamente son los educadores de sus correlativos consumidores.
No tenemos que esperar que la comida agroecológica hable por sí misma y se instale automáticamente en la preferencia social porque no tiene la fuerza suficiente. La transición tiene que ver con potenciar el activismo agroecológico de las redes que son normalmente menospreciadas o miradas con ternura, como puntos de entretenimiento circunstancial, pero no con la seriedad que la situación climática amerita, ni con perspectivas de escalamiento en la política pública, mucho menos como componente estructural de los sistemas alimentarios.
Desde la creación de la publicidad somos una sociedad massmediatizada que toma sus decisiones de consumo en base a los anuncios masivos mercantiles y no en base a información responsable. Siempre recordemos que la publicidad tiene el objetivo de vender y si para vender tiene que elaborar mensajes manipuladores, exagerados y desproporcionados que transforman la realidad y crean ilusiones, lo hace. Entonces por qué dejar que influya en las decisiones de consumo.
De acuerdo a esta situación, sin el consumidor que demuestre por lo menos voluntad agroecológica, la transición no avanzará porque no depende solo de la producción agroecológica que ni siquiera logra salir al mercado en cantidad y periodicidad suficiente para lograr conformar el gran bastión que se necesita instalar frente a la oferta convencional. La esperanza está planteada, los activistas están produciendo y poniendo sobre la mesa sus agroecopropuestas, a pesar del poder político de la industria y a pesar de que la industria misma asimile los eslogans ecológicos para su oferta.
La tarea del consumidor es lidiar con todos los disfraces, lo cual parece batalla perdida, pero no lo es si dejamos de conformarnos y permanentemente nos buscamos para unir fuerzas y caminar con la utopía de la ecomasificación. El siguiente paso es analizar al consumidor agroecológico frente a la protección de la selva, pero esa es la otra parte de la tarea.
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