Sin embargo, en el mismo siglo Conrad afirmaba que una de las virtudes de todo buen marinero es un saludable grado de incertidumbre.
Queda claro, pues, la pasión del primero por el conocimiento absoluto y la convicción del segundo de que la vida es una aventura cuyo devenir está sujeto a fuerzas que no podemos controlar. Pero esas son cosas del siglo XIX, no vayamos a pensar nosotros, las gentes del XXI, que podemos elegir cualquiera de las dos opciones para conducirnos en este mundo de locos.
Es cierto que además de las cuestiones fundamentales del existencialismo, como quiénes somos, de dónde venimos etc., los humanos hemos adolecido siempre de una notable escasez de certezas que solo los avances de la ciencia y la difusión del conocimiento han conseguido paliar en buena medida, hasta ahora. Y digo hasta ahora porque uno de los efectos secundarios del maravilloso —sí, maravilloso— desarrollo tecnológico de nuestro siglo, consiste en que cualquier clase de certeza resulta tan confusa y escurridiza como en los peores años del oscurantismo.
En los países occidentales disponemos de un acceso a la información y la cultura como nunca había ocurrido en nuestra historia, disfrutamos de libertad de conciencia y opinión, contamos con medios muy diferentes para informarnos y contrastar esas informaciones; cada día se publican cientos de ensayos y artículos de opinión y, sin embargo, malamente podríamos afirmar ninguno de nosotros que sabemos gran cosa. Y eso es así porque el volumen de la información es tan abultado que nos vemos obligados a establecer límites y filtros para intentar asimilarlo, aunque tal esfuerzo está condenado al fracaso, ya que los acontecimientos circulan a tal velocidad ante nuestros ojos que resulta una tarea imposible aprehenderlos y comprenderlos.
Todo es fugaz y todo es efímero. Todo caduca y se sumerge en el olvido mucho antes de que nuestra memoria pueda retenerlo. Y todo, también, resulta confuso y contradictorio, sospechoso de obedecer a intereses espurios o ser, como en la mayoría de los casos resulta ser, publicidad encubierta o, peor aún, propaganda más o menos descarada.
Por si lo anterior fuera poco, la tecnología permite a quien la domina crear falsas realidades paralelas, digitales, que conviven con nosotros en pie de igualdad con aquella otra realidad genuina, compuesta de percepciones y sentimientos que tienen su origen en el mundo puramente físico.
Podríamos afirmar, entonces, que cada día resulta más difícil diferenciar lo que es verdad de lo que es mentira, pero tal afirmación no debería desanimarnos porque, si lo que buscamos son certezas, siempre podremos hallarlas en el amor, la familia, los amigos, los buenos libros, la cultura de verdad y, sobre todo, en la Naturaleza, que es la única realidad a la que sin duda pertenecemos.
Autor José Carlos Peña
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