Ofrezco nuevamente un extracto del argumento (de 148 pgs.), de la diferencia entre <pensar filosóficamente> y <volverse un erudito y “rico-en-acumulación-de- informaciones” acerca de la tradición filosófica>.
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En Chile, algunos pensadores no lo hacen mal. Así, Pablo Oyarzun publica en 1995 «El dedo de Diógenes». Aquí pareciera que de entrada «Diógenes» fuera ser la palabra «relevante», y «dedo» la anécdota.
Sin duda, en este título, Oyarzún resulta un tanto «inspirado» por aquella «Farmacia de Platón» (Derrida, Tel Quel – 1968), con una similar distribución de «superficialidad/profundidad» en las palabras… Donde Derrida muestra que la «farmacia» que primero pudiéramos leer al modo de un negocio «de barrio», de venta cotidiana de medicamentos, trata en cambio del pharmaton −un concepto central del diálogo «Fedro»−… O sea, filosofía ultralegitimada. Pero, entonces, si eso se contrariara en tanto «logos philosophicus», ¿qué nos quedaría?
Aunque el «dedo» de Oyarzún no se queda atrás. Escribe:
«Las anécdotas son lo factual, el caso,
en estado de insumisión… Por cierto, no es
la Filosofía la que pierde el control, sino el…»
De manera que anécdota se relaciona ahora con «lo factual y el caso» (con bastante del «accidente aristotélico»). En consecuencia, también con los pares accidente/substancia (verbo y declinación), y hecho/teoría (lo empírico y lo conceptual). De este modo («y sólo de este»), lo anecdótico se hace parte paradojal de lo fundamental.
Además, Oyarzún propone este modo anecdótico/accidental respecto de «la insumisión y el control». Esto es, como accidente y, además, como no-control (probablemente por las conceptualizaciones, clasificaciones, definiciones, categorías estructurales que lo fijan/quieren fijar, precisamente, como «caso y hecho/un: de facto»). Lo que pareciera decirlo ya como asunto de una filosofía política. Y lo anecdótico como momento de poder/fuerza (o de «poca fuerza», «debilidad»), donde lo sustantivo refiere a cierta «fuerza efectiva de dominio». En palabras más políticas: la institución «establecida/ legitimada» supone control/sumisión de lo «espontáneo/indefinido/ ocurrente»…
Así la «anécdota» leída respecto de las palabras «dominación y farmacia» nos abriría a casi toda la filosofía de un Foucault (ver: la herida, la fisura, …).
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Y digamos tambièn de lo anecdótico-fundamental en mi historia personal reciente. Se trata de Diamela Eltit, nuestra Premio Nacional de Literatura 2018, reaccionando cuando le muestro cómo refiere de su literatura pasada mi texto «Estudio del sol»[1]
En este «sol» (2023) hay referencias a su «Lumpérica» (1982), aunque más a «Padre mío» (1989). Ante todo, como consideración de una cierta estética literaria en Eltit.
Entonces, cuando más tarde por email le mando el libro en archivo pdf, me responde:
«me pareció tu libro interesante (sic),
quizás en algo superficial, pero
lo leí como un recorrido entre ficción y ensayo».
Notemos el detalle no anecdótico de la ironía: no dice que mi libro sea superficial. No le alcanza para ello. Sólo llega a un «algo superficial» lo que podría decir: «superficialmente superficial»… Agreguemos que el libro es «interesante, quizás…». Es decir, en la dualidad de sustantivo/accidental como obra literaria, no le alcanza para accidental (i.e.: tal vez incluso no calificaría, precisamente, a eso honorable de «la literatura»).
Pero lo más notable entre todos estos detalles de «accidentalidad» es esa lectura «entre ficción y ensayo», cuando entenderíamos en «ficción», el invento, y en «ensayo», una búsqueda en lo verdadero (la ficción resulta cuando «vuela»; el ensayo cuando «aterriza y explica»). Entonces, o bien Eltit afirma lo mío como «un poco ficción/otro poco ensayo» –en esa categoría interesante que algunos llaman «no-ficción»–, o bien ese «poco» dice lo poco de todo –y lo mío ni es ficción ni es ensayo, y tal vez «poca cosa». Pues, Diamela dio pie a mi siguiente retruécano en email:
«Lo tuyo como «superficial o profundo» da,
por supuesto, para bastante. A ver si le damos otra vuelta
(en una de esas)…
Mas, te faltó hablar de su poesía −que ocupa la mayoría
de sus páginas−. Y de sus fotografías, y de
sus reproducciones de pinturas…»
De modo que la depreciación de la Premio Nacional del «Estudio del sol» como algo superficial, ocurre en una lectura que deja fuera algo así como el 80% del libro. Sea que a Eltit ni siquiera le admita referencia; sea que Eltit (displicentemente) no lo haya siquiera leído.
No digo (de ninguna manera, ni directa ni irónicamente) que Diamela me lea superficialmente, o que este intercambio de frases resulte «meramente anecdótico» (los dos intercambiando frases decentes bajo el estupendo portal de madera antigua del palacio Astoreca de Iquique), sino que, ante todo, pone de relieve las complejas consideraciones que encuentran algunas filosofías contemporáneas para comprender la diferencia entre lo anecdótico y lo teórico, lo superficial y lo profundo.
3
Es decir, pareciera que cualquiera de esas opciones supone desde ya una elaboración compleja e, incluso (pero quizá precisamente no), sistemático/esencial. Con el problema incidental de que, en los llamados «sistemas filosóficos» −lo que se ha hecho de Platón, Aristóteles, Kant, Hegel,…−, lo anecdótico queda descartado «por principio». Algún rotundo:
«Eso NO es filosofía.
Ese <es> el límite con lo no filosófico. Y punto».
Pareciera, de pronto, ya por la mitad del «siglo XX», que la mismísima razón –una cierta «racionalidad moderna» al menos–, transitara caminos más o menos evidentes de establecimiento y estructura de principios y ejes del poder social y de lo institucional.
Lo diferente, no como «contrario/opuesto» sino como ‘alteridad’, se debiera leer como casi pura accidentalidad[2]. En cambio, pensar en «otro modo» equivale aquí a no-pensar…
Mas, ¿qué habría como «eso otro»?
[1] Le cuento a Diamela que aparece referida dentro de la Sección I de «Estudio del sol,» resultado de una anécdota casi absoluta: me encuentro viajando por el Norte Grande de Chile en octubre y noviembre de 2023. Un día, por el 10 de ese noviembre, llego (y ya de regreso) a Iquique. En medio del desierto de Atacama (cerca de Pozo Almonte), me han dado el contacto de una escritora local de Iquique a quien nunca he visto. Cuando la wasapeo para intentar un encuentro, lo evade evidentemente, diciéndome que mejor que conversar con ella, yo asista esa tarde al palacio Astoreca de la ciudad, porque a las seis se presenta una escritora de nombre Diamela Eltit.
Pues, ni modo… Voy casi olvidado de la iquiqueña. Y pues, después de saludar a Diamela en la puerta −recordándole (quizá) que nos conocimos en la casita de Ñuñoa, calle perpendicular a Av. Salvador (las últimas semanas de su emparejamiento con Raúl Zurita), le aviso inmediatamente que quisiera hablar muy especialmente con ella después del «ceremonial» de esta soleada tarde−, y me senté como público.
Así que, durante el «cotelé/cocktail» me acerco y le digo, más o menos: «Estás dicha y dialogas con Andrés Pérez y conmigo en páginas de la Sección I de mi último libro «Estudio del sol». Lo demás creo que lo digo arriba, en el texto principal (el «no anecdótico») …
[2] A la «vaca sagrada» no se opone el «secundario/marginal» de un «Padre mío» a la Eltit –como quedó dicho en ese «Estudio del sol»−, sino un «innominable».
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