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Leamos: “Violencia metafísica, trauma de realidad y temple afectivo”…
Este título (al que habríamos de añadir unas “explicaciones y argumentos”), puede resultar un nombre ‘conceptualmente’ adecuado. Mientras, si nos pasamos a un ‘modo-narrativo’, podemos también decirlo:
“relato d’un un chileno de mediados del siglo XX, nacido y criado
en una familia de clase media profesional, de apariencias
“muy-bien-avenida”, y que enseñó a sus hijos que las relaciones
humanas de indiferencia afectiva, mero interés utilitario
y odios disimulados, podía pasar ‘perfectamente’ como
experiencias sociales de un “matrimonio-con-amor”
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Para este individuo, entonces, la presencia del prójimo –de “la-gente”; de “los-demás”–, así como sus relaciones de intimidad afectiva –sus “amores”–, pueden aparecer como maneras diferentes y variadas de la agresión por la falsedad, y la posibilidad siempre cercana de la perversión de los sentimientos como destino “seguro” de los contactos afectivos.
Este chileno varón aprendió que:
“estar predispuesto ante las violencias de
la falsedad es la mejor disposición para la sobrevivencia”
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Regresando a un decir ‘conceptual’, podemos re-titular lo anterior:
3.1- l’experiencia de las definiciones falsas para hechos efectivos –una posibilidad cotidiana–, predispone a relaciones de realidad alteradas;
3.2- en estas experiencias ocurre la percepción de falsedades en lo simplemente cierto, todo ello confundido en una “captura” de lo ‘real’ por la violencia de lo falso-en-general;
3.3- resulta típico que, a más espontáneamente verídica una experiencia afectiva, más distorsión puede enredar la percepción. Se puede experimentar entonces una atracción hacia la afectividad “confusa”: se “ama-el-odio”; “se gusta-del-daño”;
3.4- en este particular caso chileno, l’actitud ante lo ‘real’ adoptó la figura de las ‘indefiniciones angustiosas’, en lugar de generar una estructura mental de tipo dogmática, sectaria y doctrinariamente clausurada. La persona prefirió la experiencia íntima de la confusión, a resolver el mundo alrededor en las categorías más “cómodas” del rechazo en blanco/negro, de buenos/malos.
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Una experiencia epifánica (d’epifanía) –o de transporte a un estado ‘feliz’, a consecuencia de alguna ‘fuerza superior’, un “accidente-feliz”–, parece haber producido una experiencia de tal intensidad que resultó en la disolución del “trauma-distorsión-aprendida”, con sanación del ‘real’.
Ni resentimiento ni violencia reactiva ya. El mundo se hizo amigo y el sol calentó su piel…
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