Por supuesto que aludida en la distancia, y evocar lo que fue ella casi dos siglos atrás, en una época en que, a diferencia de lo que es hoy, la isla de Cuba gozaba de una situación privilegiada; lo sé de buena fuente por crónicas de la historia además de por línea directa de mis antepasados que emigraron allí para salir de su modesta situación económica, tal y como recojo en mi primera novela que habla de mi familia cuando a mitad del siglo XIX viajaron a aquel lugar en busca de trabajo, siendo ya entonces Cuba provincia española en ultramar con los mismos derechos y obligaciones que las integradas en la península Ibérica y sus archipiélagos.
Recuerdo algún párrafo que escribí en mi novela tratando de recuperar el sentir de los hombres que vieron Cuba como una tabla de salvación para su vida y la de sus descendientes. Y retomo las palabras de mis parientes, que pasaron de generación en generación; decían así: «…Lo que nos atraía a todos quienes íbamos allí —decía mi tatarabuelo—, era precisamente la animación incesante. En aquellos años, alrededor de 1850, Cuba era un gran centro de intercambio comercial, en el que se reunían la mayor parte de los mercados del mundo llegando a ser una gran plaza en la que se encontraban casi todos los artículos de consumo a un precio más ventajoso y económico que en los mismos puntos de procedencia dada la amplia oferta que allí había. Abundancia que se concentraba sobre todo en La Habana y Matanzas… Por otra parte, los mercados europeos estaban llenos de productos cubanos gracias a la actividad creciente de exportación de los mismos…»
Aunque alguna huella de aquellos años perviva en el talante del pueblo, ¿Cómo encaja esto con el después… y con el ahora? Amo esa tierra, algo de su alma corre por mis venas y sufro viendo su estado actual.
Sin entrar en detalles políticos a los que no me he de referir, me pregunto: ¿Cómo concebir un deterioro tan grande? El de un país castigado por crisis, huracanes, o inundaciones… En definitiva vapuleado por condiciones devastadoras vividas recientemente.
Pues a toda esta secuencia de despropósitos sumaremos las limitaciones y riesgos alimenticios hoy. ¿Cómo es posible que la población padezca cortes de luz y las consecuencias inmediatas a esa carencia? Padura dice en su artículo: «Miles rezaban mientras echaban en una cazuela, para cocinar, con el fuego que puedan, los alimentos ya descongelados en el límite previo a la descomposición» Alimentos conseguidos con gran esfuerzo por lo caros que son, imposibles de ser conservados en buenas condiciones. …»Y los fueron digiriendo con más dolor que satisfacción».
Algo se me rompe al tener en mis manos un testimonio tan duro y entristecedor, recogido en el artículo escrito por él, Leonardo Padura, —habanero de nacimiento—, hombre de letras por todos conocido. Y mientras, otros países se recomponen y debaten para emprender nuevas o continuistas legislaturas que harán más fácil o no, la vida de aquel pueblo que clama en silencio.
Autora: Caleti Marco
Artículo inspirado en el escrito por Leonardo Padura «Resumen de malas noticias» (EP 27 /10 /2024)
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