En estos últimos años estamos asistiendo a una serie de acontecimientos en los que el ciudadano de a pie se ve impotente para poder defender sus derechos adquiridos e intentar mantener su status social.
Esta es la gran prioridad. Investigar, investigar. Proporcionar mejores conocimientos para hacer frente a los grandes desafíos: salud, alimentación, agua, medio ambiente, educación, justicia…
Aunque no siempre las utilicemos, como seres humanos tenemos unas capacidades asombrosas. Al parecer, podemos almacenar en nuestra mente un volumen de información equivalente a 10 billones de páginas de enciclopedia, según la estimación que daba el desaparecido científico y divulgador Carl Sagan.
En todas las épocas han existido personas que han intentado alcanzar el éxito sin conseguirlo y otras lo han logrado sin proponérselo.
El trabajo de filósofos y científicos ha sido empleado por políticos y economistas para tratar de explicar las causas de la conducta económica y social de los grupos humanos. Por ejemplo, Charles Darwin (1809-1882) estudió la evolución biológica de las especies, pero su teoría de la selección natural fue utilizada para justificar el capitalismo. Carlos Marx (1818-1883) evaluó las causas del conflicto social y lo atribuyó a la lucha de clases y al egoísmo capitalista; la teoría de Marx sustentó el comunismo y el socialismo, mientras que Herbert Spencer (1820-1903) siguió en la misma línea de Darwin creando su teoría de la supervivencia de los más aptos que sirvió para reforzar la idea capitalista. Pero ninguna de esas interpretaciones teóricas consideró el vínculo entre la conducta humana y el componente esencial de la vida, que es el átomo. Este hecho nos hace pensar que sería útil complementar las ideas existentes desde esa perspectiva.