Si no fuese porque el presidente de Estados Unidos es uno de los personajes con más poder en el mundo –tal vez el más fuerte–, algunas de sus propuestas y de sus gestos nos darían risa, pero nuestras carcajadas pueden convertirse en llanto tan solo con que, el tipo del tupé naranja, pulse un botón y no necesariamente el del holocausto atómico.

La economía, la integridad de algunas naciones, la dignidad de las personas, el liderazgo de otras, el prestigio europeo, el destino de un puñado de pueblos y naciones y su libertad, pueden verse afectados en su errática toma de decisiones. El ambicionado proyecto de Panamá, el estúpido experimento de anexionar Canadá, la insensata y peligrosa amenaza sobre Groenlandia o la intervención del ejército norteamericano en la frontera con México son, tal vez, el intento de su administración de airear lo más espectacular, para minimizar lo más dramático de su inmediata y retorcida actuación.

Sí son factibles y dignas del personaje y de su equipo, millares de deportaciones, el abandono de la ayuda a Ucrania, el desmantelamiento práctico de la OTAN, el desprecio a la libertad sexual, a la mujer, a las minorías, a los derechos ciudadanos y a la vergüenza. Ante todo esto, qué importa que un golfo cambie de nombre.

Ante esta perspectiva, las viejas, cansadas e infortunadas naciones africanas o asiáticas, sufrirán más de lo que el destino les había previsto. Por todo esto, Europa tiene que tomar una determinación negociadora, diplomática, pero también consecuente. A pesar de nuestra poca relevancia económica y militar, debemos demostrar carisma, liderazgo e historia, por no utilizar otros atributos menos elegantes, y no consentir ni amenazas del loco del Kremlin, ni fanfarronadas del nuevo sheriff de la Casa Blanca.

Los mares, los montes, los ríos y los golfos, tienen ya su nombre, aunque a los estudiantes norteamericanos les cueste mucho aprendérselos.