“¿Plaga de koalas? Pero si son tan tiernos los ositos y no le hacen mal a nadie”,

dirá más de alguien que tiene una versión de peluche en su cama. Mentira.

Para empezar, no son osos, sino marsupiales, lo que contribuye a su imagen de exquisitos, cuando llevan a su cría en la bolsa delantera. Para seguir, eso de la ternura ha sido exagerado. Como sólo se alimentan de hojas de eucaliptus, que actúan como un poderoso somnífero, los koalas viven para comer y dormir. Quizás su mirada perdida ha jugado en su favor, o quizás ha sido su pelaje suavísimo (que se usaba para fabricar sombreros). Sin embargo, basta con ver sus garras o despertarse en la noche con sus gritos simiescos para bajarlos del podio de las criaturas angelicales.

Por último, el gran problema es que sí hacen mucho daño, no al Servicio Nacional de Turismo de Australia, pero sí a los cientos de eucaliptus que comen a los largo de sus 17 años promedio de vida, algunos de ellos en peligro de extinción. Sin depredadores, a este ritmo amenazan con causar una catástrofe ecológica en la isla… pero nadie se atreve a actuar.

La sobrepoblación de koalas en KI me recuerda inevitablemente la plaga de castores en Magallanes (aunque en este último caso fueron traídos desde Canadá y no reintroducidos). Se trata de un dilema ético, donde cualquier solución será desfavorable para los afectados. Si se deja que sigan reproduciéndose, especies nativas de árboles (pero también de ciertos pájaros y animales pequeños) se verán irreversiblemente afectadas.

Por otro lado, las diferentes medidas sugeridas para paliar el problema no han dejado a nadie incólume. Primero, se ha propuesto simplemente matarlos hasta reducir su número, lo que ha provocado el grito de las agencias de turismo y de algunos grupos animalistas que se preguntan, con justa razón, por qué tienen que pagar los koalas del siglo XXI por la falta de criterio de un puñado de humanos en los años veinte. Luego, se ha dicho que se podría mantener la atracción para los turistas organizando safaris para cazarlos. Ante esto queda la duda de quién se atrevería a poner la cabeza de tan inofensiva presa como trofeo sobre la chimenea. Una tercera opción es estirilizarlos, lo que cuesta carísimo y se pagaría con los impuestos de todos los australianos, idea políticamente incorrecta. Por último, se ha sugerido envolver la base de los árboles en lata para que se resbalen y no puedan subir. Así morirían de hambre, o sea, ¡de muerte “natural”.

Me declaro incompetente para resolver la encrucijada, pero una sola cosa saco en limpio: ya hemos experimentado y echado a perder bastante. Al menos de aquí a futuro, y considerando que nuestros errores los pagan otros, deberíamos ser más pudorosos como especie antes de decidir por las demás.

Por Alejandra Mancilla