De niña, desde Puerto Rico, California me parecía un lugar mítico: como veía en revistas y enciclopedias de geografía. Mi infancia tuvo dos faros: España, mi Madre Patria, y la California mítica de mis mapas, donde aún se hablaba español; hoy ambas orillas me nombran. Años después, vivo aquí, entre dos costas, y sigo viendo ese brillo, pese al ruido de hoy. Tal vez porque esta tierra lleva un nombre nacido en España y todavía guarda la huella de mi Madre Patria.

Garci Rodríguez de Montalvo, regidor de Medina del Campo, publicó en 1510 «Las Sergas de Esplandián», quinto libro de Amadís de Gaula. Allí apareció por primera vez “California”: una isla mítica de amazonas, rica y deslumbrante, “a la diestra de las Indias”. Mucho antes de que los mapas modernos fijaran fronteras, California ya era un sueño español. Ese origen literario no es un capricho: dice cómo el Viejo Mundo miró estas tierras y cómo las nombró.

Siglos después, la huella se volvió piedra, campana y camino. Las misiones —de San Diego a Sonoma— cuentan una historia compleja, con luces y sombras, pero distinta del avance al oeste de Estados Unidos. España llegó con frailes, lengua y bautismos; hubo mestizaje y comunidades nuevas. La expansión norteamericana, en cambio, muchas veces desplazó y borró a pueblos originarios, y arrebató a México más de la mitad de su territorio. No idealizo: distingo. La marca española aquí fue otra, y permanece.

¿Cómo lo compruebo en lo cotidiano? Por los nombres que pronuncio a diario: San Francisco, Los Ángeles, Santa Bárbara, Santa Ana, San José. Por los letreros viejos con apellidos hispanos, por calles que repiten santos y vírgenes, por las campanas del Camino Real. Si cierro los ojos, escucho la lengua que me formó en Mayagüez y me acompaña en el aula. Por eso, viviendo en California, siento que piso tierra española.

A veces me dicen que idealizo a España o que California “ya no es eso”. No idealizo: soy fiel a mi Madre Patria y distingo mito de hecho. Los hechos quedan: el nombre nació en Montalvo; las misiones trazaron una geografía cultural; la toponimia española resiste como raíz. California ha sido mítica para muchas culturas —primero en la imaginación peninsular, luego en el sueño americano— y, aun con su caos, todavía lo es. Para mí, ese mito dialoga con una realidad: un vínculo vivo con España. Es memoria histórica, identidad y pertenencia compartida.

Presidio (asentamiento) de Santa Bárbara.

Hoy, cuando manejo por el puente y la bahía se abre, recuerdo a Montalvo y su isla dorada (The Golden State —el Estado Dorado—), a los frailes que caminaron con campanas y a ciudades que conservan su nombre de pila español.

California, más que un destino, es un espejo: de Hispania a mi vida de hoy. Un mito que se volvió casa. Aquí, en la Bahía de San Francisco, confirmo lo que llevo años diciendo: la historia nos nombra, la lengua nos une y la Madre Patria no está lejos; está —también— en los nombres que pronuncio cada día y, en muchos sentidos, como memoria de una tierra sagrada española, porque aquí estuvo España.