Recordemos que los hombres que hicieron la conquista no eran soldados, no formaban parte de un ejército regular; cierto que algunos habían participado en las guerras de Europa, pero la mayoría habían llegado al nuevo continente con el único propósito de hacer fortuna, un mosaico variopinto de gentes procedentes de todos los estratos sociales del Imperio Español. Es muy interesante ver que la mayoría de las ciudades de la América española son ciudades abiertas, es decir, no están amuralladas; no hay enemigos de quien defenderse durante 300 años, salvo, claro está, en las zonas costeras ante el ataque de piratas o flotas enemigas. Cierto es que hubo guerras con los indígenas, pero a medida que se avanzaba hacia el norte o hacia el sur, el terreno quedaba “pacificado” y se consolidaba la estable sociedad virreinal.
Como es de suponer, para todo hay una excepción y esta se encontraba en las fronteras; la más conocida hoy día es la Frontera Norte, en donde el avance tropezó con una serie de pueblos indios nómadas, poco propensos a aceptar el nuevo estatus que se les imponía y a sedentarizarse. El establecimiento de rancherías (poblados) y la aparición de minas de plata obligaron a crear un cuerpo que defendiera a sus gentes, sus pueblos, caminos, ganados y mercancías; a estos hombres se los conocía como Soldados Presídiales; hoy día son más conocidos como Dragones de Cuera.
Su denominación venía dada por el establecimiento de fortificaciones llamadas presidios, del latín “praesidium”, que viene a sugerir “sitio de guarnición o grupo de soldados que custodian un campamento”. Baluarte de origen romano erigido en el “Limes” (frontera) a modo de defensa, algo que funcionó tan bien que continuó utilizándose a lo largo de la Edad Media a medida que los reinos cristianos peninsulares avanzaban sobre Al-Ándalus, siendo replicado más tarde en las fortalezas construidas en Italia y África por la Corona española, y por último en los nuevos territorios conquistados en América. El hecho de que se condenara a delincuentes, criminales y prisioneros capturados a construir estas fortificaciones, acabando muchos de ellos por formar parte de sus unidades, terminó dándole su denominación actual como cárcel.

Interior del presidio de Tucson (Arizona). Mural de Bill Singleton.
Estos hombres, al principio, no se distinguían en nada de los que habían participado en la conquista, pues al no haber un ejército regular, eran gentes pagadas por los mineros y hacendados, e incluso los propios ganaderos o campesinos unidos para proteger sus intereses, milicianos sin disciplina ni ordenanzas militares, sin norma ninguna sobre la táctica, el equipo o el armamento; ni mucho menos había uniformidad.
Entre 1568 y 1580, el virrey Enríquez de Almanza crea una línea de presidios para proteger el Camino Real de Tierra Adentro, que iba de la Ciudad de México a Zacatecas, estableciendo una dotación muy reducida: unos cinco soldados, a veces ocho en cada uno, con la novedad de que su salario ya no sería costeado por los particulares, sino por la Real Hacienda. Es el nacimiento de los soldados presidiales o de presidio, fundando entre 1580 y 1600 quince presidios.
Primeramente, se construyeron unos edificios muy sencillos llamados “Casa Fuerte”, básicamente una casa fortificada para admitir a la dotación y dar alojamiento a ellos y a sus caballos. Con el tiempo empezaron a asentarse alrededor comerciantes, artesanos, campesinos y ganaderos con huertos y corrales, que iban poblando el lugar, lo que hizo, viendo las necesidades del servicio, que el edificio se fuera desarrollando hasta llegar a su configuración final, capaz de albergar no solo una amplia dotación, sino también a carreteros, comerciantes, agricultores, ganaderos y mineros que transportaban sus mercancías y sus animales, una gran caballada y ganadería (ovejas y vacas), que los soldados custodiaban a lo largo del camino. Su evolución fue cambiando a lo largo del tiempo debido a las distintas rebeliones hasta conformar el modelo que ha llegado a nuestros días. Generalmente, esta fortaleza era de estilo sobrio, alrededor de una plaza de armas, construida en adobe o piedra (cuando la había), con altas paredes sin apenas ventanas y complejos sistemas defensivos abaluartados al carecer los indios de artillería; aunque sí disponían de torres o bastiones para ubicar cañones. Su principal misión era resistir el asalto de tropas enemigas, dando seguridad a los soldados y pobladores.
Al avanzar hacia el norte y abandonar muchos de estos baluartes, estos pasaban a denominarse fuertes, nombre que se convirtió en sinónimo de presidio. Estos fuertes acababan ocupados por gentes que se afincaban en el terreno; tras aprovechar los edificios y corrales, fueron trazando calles a partir del centro, de la plaza de armas, dando lugar al nacimiento de villas, pueblos y ciudades, muchas de las cuales han llegado hasta nuestros días. El caso más notorio es el de Santa Fe, actual capital del estado de Nuevo México.
En paralelo entraban en la frontera los frailes: dominicos, franciscanos o jesuitas, con la misión de evangelizar a los indios. Pero no solo, pues también les enseñaban a cultivar la tierra con nuevas semillas traídas de Europa y a criar ganado, que no existía antes de la llegada de los españoles. De esta manera se sedentarizaban, aculturándose hacia la legislación y costumbres españolas. Para ello, en la mayoría de los casos, se construía una iglesia alrededor de la cual iba creciendo una población. Estos frailes eran unos auténticos hombres todo terreno, pues se adentraban en un territorio hostil, bien solos o acompañados solamente por un par de soldados; si conseguían sobrevivir al terreno y a los indios, en cuestión de poco tiempo habían evangelizado las tribus del lugar y, partiendo de esa pequeña iglesia central, iban naciendo poblaciones que quedaban integradas en el virreinato.
En lugares estratégicos se fue desarrollando, alrededor de esa iglesia primigenia, un conjunto de establecimientos que dieron forma a la misión: patio de claustro con pasillo, jardín, aulas, viviendas para los sacerdotes y neófitos, refectorio, corrales y muro defensivo con puerta; incluso algunas llegaron a tener edificios tan característicos como una fragua. Establecimiento clave junto con el presidio en la política española en América, pues no solo era un centro religioso, sino que también lo fue económico gracias a su producción agrícola y ganadera, además de, como diríamos hoy, servir de centro de formación profesional de enseñanza para los indios, donde aprendían las nuevas artes agrícolas, ganaderas y nuevos oficios traídos desde Europa, vertebrando de esta manera el territorio.
El presidio y la misión fueron los pilares de población de la tierra que utilizó la Corona española gracias al efecto llamada que tuvieron ambas instituciones, fijando gentes venidas de todos los rincones del imperio. Los propios soldados, cuando sus tareas militares se lo permitían, trabajaban como colonos de las tierras próximas a su presidio. Al desarrollarse las poblaciones y quedar neutralizada la amenaza, los presidios se iban trasladando paulatinamente hacia el norte.
Al principio, la creación de presidios fue de forma lineal, de manera que pudieran darse apoyos unos a otros, pero el crecimiento de pueblos y villas, las grandes distancias entre ellos, el avance de los misioneros hacia zonas más alejadas y peligrosas y, sobre todo, las rebeliones de los indios, hizo cambiar el concepto hacia un “presidio centralizado”, del que partirían unas compañías volantes de soldados, que mantendrían la comunicación entre los mismos presidios, misiones, haciendas y pueblos a la vez que daban cierta sensación de seguridad en aquellos territorios.
Volviendo a los soldados, eran una fuerza única que se distinguía del resto de tropas regulares españolas por tener su propio reglamento. Al principio, su panoplia era la misma que en la conquista. Usaban como protección para la cabeza borgoñotas, celadas, capacetes y morriones, e incluso el sombrero chambergo que usaban los tercios y que acabó imponiéndose como medio de aplacar el sofocante calor.
Las corazas (peto y espaldar) pronto fueron desechadas por inoperantes e incómodas; daban mucho calor y eran difíciles de mantener, aparte de caras. Además, estaba su ineficacia ante las flechas (principal arma de los indios), pues estas rebotaban en ellas, clavándose en otras partes del cuerpo que las hacían peligrosas. Fueron sustituidas por la cota de malla, o las corazas de algodón endurecido utilizadas por los indios mesoamericanos, llamadas ichcahuipilli en náhuatl, hasta que su escasez hizo necesario utilizar otro tipo de coraza, “la cuera”.
Esta prenda de la cual toman el nombre dichos soldados es una especie de camiseta, de lana gruesa o gamuza, que se usaba bajo la coraza o la cota de malla, para preservar el cuerpo del roce del metal. Las largas marchas bajo el sofocante calor les hacían quitarse las corazas, quedando solo con las prendas de gamuza, lo que les hizo darse cuenta de que esta les ofrecía una gran protección contra las flechas al quedarse estas clavadas sin atravesarlas, por lo que poco a poco se hizo indispensable en su atuendo. La cuera no era una novedad, pues es heredera del coleto, aunque más aparatosa que este al llegar a cubrir hasta las rodillas; se le aumentaron las capas de piel hasta seis u ocho, estando abierta en el frente y en los costados para no embarazar al soldado al montar o bajar del caballo. Durante la guerra chichimeca, hubo soldados que protegieron los caballos con bardas, hechas de algodón o cuero, desechándose posteriormente en aras de la movilidad y ligereza en el combate, quedando una reminiscencia posterior que cubría solamente las ancas de la montura. Los soldados rápidamente se adaptaron a ellas al ver su gran utilidad ante las armas indígenas, su bajo coste y mantenimiento, resultando idóneas para el clima y ligeras para ser vestidas. Al no tener mangas, la cuera facilitaba el movimiento del brazo armado y generalmente iba cerrada con correas, tanto en su frente como en los costados; con el tiempo, la cuera se fue adaptando y reduciendo hacia un chaleco.
Como arma defensiva, se siguió utilizando la adarga de origen nazarí, escudo de cuero con forma acorazonada o de doble riñón, o la rodela, escudo pequeño y redondo. En ambos tipos de escudos iban grabadas las armas del rey. Como armas ofensivas, la lanza, el arcabuz, dos pistolas de chispa y, por supuesto, la espada.
La guarnición estaba compuesta por un capitán, un teniente, un alférez, un sargento, dos cabos y alrededor de cuarenta soldados, más un capellán. La oficialidad generalmente era peninsular, aunque con el tiempo los criollos fueron ascendiendo en el escalafón. La tropa generalmente se componía de gentes de distintas partes del Imperio: peninsulares, criollos, mulatos, zambos e indios, con la característica común, salvo la oficialidad, de pertenecer a la clase baja, que se alistaban con objeto de mejora, pues, aparte de la paga, podían acceder a tierras y ganado, además de tener derecho a atención médica y una paga tras su licencia. Su alistamiento era por diez años y tenían posibilidades de ascender hasta el grado de capitán, como fue el caso de José Naranjo, capitán de guerra al mando de los indios auxiliares de la expedición de Villasur en la que falleció. Naranjo era hijo de padre negro africano y de madre india hopi.

Equipamiento original del que se derivó el del Soldado Presidial.
Su uniformidad no llegará hasta el siglo XVIII; una “Instrucción” del marqués de Croix, fechada en 1771, dispone para la tropa presidial: “El vestuario de los soldados de presidio ha de ser uniforme en todos, y deberá componerse de zapatos, botines, calzón de tripe azul, chupa corta de lo mismo o de paño del propio color, con una pequeña vuelta y collarín encarnado, capa también de paño azul, corbatín y sombrero negro, cuera y bandolera de gamuza de la forma que las usan, y para que cada compañía se distinga de las demás, llevaran los individuos de ella por divisa bordado el nombre de su presidio en su bandolera”.
Aquí empezamos a reconocer a nuestros dragones. Esta indumentaria estaría incompleta sin añadir una característica muy personal: lucían orgullosos su pelo, que se dejaban crecer, recogiéndolo en una trenza que cubrían con un pañuelo para preservarlo de la suciedad. Encima, se colocaban el característico sombrero de ala ancha, muy similar a nuestro sombrero cordobés, heredero del chambergo como hemos visto antes. Es curioso que cuando México se independizó, aún conservó las compañías de dragones, pero les obligó a cortarse la trenza.
Antes de continuar, hay que desechar esas tonterías de que las armas de fuego daban superioridad a los españoles, pues en lo que se tardaba en cargar un arcabuz, un indio había disparado varias flechas con su arco; además, los indígenas aprendieron rápidamente a montar a caballo, convirtiéndose en hábiles jinetes y equiparando su versatilidad a la de los soldados. La verdadera arma española fue la diplomacia y la negociación, pero en lo referente a lo material, “la herradura” fue clave.
La herradura, introducida en Europa por los bárbaros (aunque hay más teorías) allá por el siglo VI, dio ventaja a los dragones de cuera; gracias a ella, sus caballos podían recorrer más terreno durante más tiempo sin sufrir lesiones o roturas de huesos que dejarían inválido al animal y, por tanto, inservible. Se constituyó en una pieza vital para poder moverse por un pedregoso, abrupto, desértico y duro terreno. Cada dragón disponía de seis caballos, un potro y una mula para llevar el equipo; uno de los caballos siempre debía estar aparejado y ensillado, listo para la acción. Los caballos eran fuertes y resistentes, siendo rechazados aquellos que no soportaban las fatigosas marchas.

Dragones de Cuera patrullando el territorio.
La frontera norte de Nueva España siempre estuvo en conflicto contra distintas naciones indígenas que oponían una feroz resistencia a la aculturación hispana.
Tras la guerra chichimeca, parecía que la paz se había conseguido, pero era una ilusión; siempre hubo rebeliones indígenas como la de los xiximes, acaxees, tepehuanes, tobosos, salineros, conchos, etc., por distintas razones. Estas rebeliones generalmente no eran ganadas por la batalla sino por la negociación; cierto que la demostración de fuerza siempre estaba presente, pero se consiguieron más objetivos con la generosidad hacia las tribus alzadas que guerreando contra ellas, alcanzando de esta forma poco a poco la paz, regresando los rebeldes al estatus virreinal.
El levantamiento más grave de todos fue el de los indios pueblo de 1680, bajo el mando del caudillo Popé, que supuso la expulsión de Nuevo México de los españoles.
Entre las muchas causas de este levantamiento está la opresión de las encomiendas con la apropiación de las mejores tierras, pero sin duda la principal fue el intento de imponer una teocracia por parte de los franciscanos, lo que atacaba directamente a la religión y cultura de los indios pueblo. El desencadenante fue una sequía entre 1660 y 1670, que arrasó las cosechas e hizo morir el ganado; se dice que hasta en el río Bravo o río Grande dejó de correr el agua. Los curanderos indios se preguntaban: “¿Por qué el dios de los españoles no podía traer de nuevo las cosechas?”, y exhortaban a la población a regresar a sus tradiciones ancestrales. El gobernador Juan Francisco Treviño ordenó el arresto de cuarenta y siete curanderos Pueblo, acusándoles de practicar “hechicería”. Cuatro fueron sentenciados a la horca, tres fueron ejecutados y uno se suicidó antes de la ejecución. Pero ante la presión de los indígenas, el gobernador tuvo que ceder, liberando a los demás, entre ellos a Popé.
Una vez liberado, Popé concibió la rebelión, prometió que con la muerte del dios de los españoles volverían sus antiguos dioses y todo se arreglaría viviendo conforme a sus leyes ancestrales; habría una paz interminable, volverían las cosechas, la prosperidad y la armonía. Pero el paraíso predicho por Popé nunca llegó; el hambre y la miseria debido a la continuación de las malas cosechas se acrecentó al regresar solo al cultivo del maíz y del frijol. Al carecer de tradición de unidad política, su alianza basada en la magia se rompió y muchos jefes se negaron a volver a una cultura prehispana, perdiendo todas las mejoras traídas por los españoles. Además, las incursiones de apaches y navajos se multiplicaron, pues ya no había soldados que las frenaran. Popé fue depuesto un año después de la rebelión.
Fue de nuevo la amenaza de que una potencia extranjera, los franceses, avanzaban hacia el sur, lo que motivó la recuperación de Nuevo México; habían pasado doce años de la huida de Santa Fe. El nuevo gobernador, Diego de Vargas, con una escasa fuerza regresó al territorio y, tras una larga y dura negociación, finalmente firmó la paz, otorgando grandes concesiones a los indios pueblo, regresando estos a la tutela de la Corona.
Pero de todas las naciones indias, Comanches y Apaches fueron los grandes enemigos en la frontera. Antes de continuar, me gustaría dar un dato curioso: tanto comanche como apache significan “enemigo” en las distintas lenguas de otros pueblos. El etnónimo comanche deriva de “kumantsi”, nombre que les daban los utes, y el término apache parece proceder del zuñi “apachu”; ambos nombres son adoptados en su interpretación por los españoles como nombres propios de cada tribu.

Guerreros Comanches.
Los comanches se designan a sí mismos como los “num-an-nuu”, que en su lengua significa “la gente” o “el pueblo que vive junto”. Escindidos de los shoshones se dirigieron al sur, seguramente en busca de caballos, con los que habían entrado en contacto sobre 1690. Rápidamente aprendieron a montarlos y criarlos; se decía que hasta sus mujeres eran muy buenas amazonas. Muy belicosos, gracias a su destreza como jinetes y a las armas de fuego que les proporcionaban los franceses, pronto se convirtieron en la fuerza de caballería indígena más destacada. Formaron un imperio que se expandió desplazando a los apaches, a la vez que presionaban contra los indios pueblo y los españoles, lo que les valió el apodo de “Señores de los caballos de las llanuras”. Tras varios encuentros con los españoles, con resultados diversos, se acabó firmando distintos acuerdos con ellos, consiguiéndose la paz.

Guerreros Apache.
Esto nunca ocurrió con los apaches. Oriundos del Canadá; habían llegado al sur en una lenta emigración iniciada 500 años atrás. Su sociedad se basaba en la familia matrilineal, practicando la exogamia, que obligaba a casarse con una persona de distinto linaje, de manera que las mujeres casadas eran los miembros fijos del grupo, en tanto que los hombres venían de fuera. A su vez, se organizaban en bandas compuestas por varias familias al mando de un jefe que debía demostrar su habilidad para satisfacer las necesidades de su pueblo, valorando el individualismo y las decisiones personales. Esta ausencia de relaciones formales impidió la formación de estructuras tribales altamente estructuradas. Se referían a sí mismos con variantes de “n’dee, n’nee o ndé”, que significa «el pueblo». No criaban los animales que montaban, pues como nómadas cazadores-recolectores, no aceptaban la vida sedentaria y era más fácil para ellos asaltar haciendas para robar los caballos o el ganado que criarlos o cazar bisontes. Cierto es que hubo tribus apaches que se sedentarizaron, entrando en la órbita del imperio, pues el objetivo español siempre era integrar, no expulsar, pero siempre hubo alguna tribu que rompía constantemente los tratados, manteniendo la frontera en permanente estado de alerta.
Para concluir, un factor esencial a tener en cuenta a lo largo de todo el periodo virreinal fue la alianza con las diversas tribus nativas, sin las cuales no se hubiera podido explicar ni la conquista, ni la consolidación y posterior expansión del Imperio. Cuando los Dragones salían de expedición, no iban solos; siempre iban acompañados de varias compañías de indios, asimilados y cristianizados unos, amigos y aliados otros, a modo de auxiliares, coalición sin la cual no se podría haber conseguido todo lo que se consiguió; incluso los más belicosos, los apaches, llegaron a actuar como fieles exploradores de los Dragones.
Los soldados de presidio nunca fueron muy numerosos; aun así, no solo hicieron posible la extensión de Nueva España por un terreno arduo, difícil y peligroso, sino que mantuvieron una extensa frontera que iba desde el Golfo de México hasta el Pacífico durante más de tres siglos, una frontera que nunca dejó de crecer, pues el imperio siempre estuvo lentamente en expansión, abarcando un enorme territorio de Texas a California, defendido por uno de los cuerpos más versátiles y eficaces del ejército español.
Cuando el último presidio, el de San Diego, arrió la bandera española, uno de sus dragones se quitó el sombrero y, arrancándose el pañuelo, con el cuchillo se cortó la trenza y, tras entregársela a su mujer, rompió a llorar.
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