Estamos asistiendo estos días a la fastuosa despedida de la última reina de los británicos. Isabel II ha reinado durante setenta años, como casi todos ustedes deben saber. Heredó un imperio conseguido, como todos, a base de expoliar y explotar a las numerosas colonias sometidas a la fuerza.
¿Explicaciones, de qué? Repuso el rey emérito –así, en minúsculas– ante la pregunta de los periodistas. Sin saberlo, su respuesta es el paradigma del atraso de España en derechos democráticos. La España de charanga y pandereta que cantara Machado sigue viva.
Es casi inevitable que cuando las gentes tienen poder, o creen tenerlo, por la simpleza social, por el protocolo o por su propia percepción, se sienten tan especiales que creen que pueden saltarse todas las reglas. Pero nadie debe ser inviolable frente a sus actos.
Tenía que llegar. Nuestro rey emérito se jubila, dejará de prestar su trascendental ayuda a España; dicen que incluso dejará de cobrar comisiones por sus …
No me refiero a aquellos que reinaron en Italia hasta la proclamación de la república en 1946, ni tampoco se trata de una cruel alusión a la nefasta actuación de la selección azzurra en el Mundial de Fútbol (sólo comparable al ocaso de la todopoderosa Roja). Me estoy refiriendo a una circunstancia que se ha repetido en todos y cada uno de los reyes de España que han nacido en suelo italiano: ninguno de ellos ha muerto en el trono, sino que antes abdicaron su corona.
Qué poco original sería tratar en estas líneas los problemas de la infanta Cristina. Si algo ha marcado la actualidad informativa del fin de semana, tanto en España como fuera de ella, es la declaración de Su Alteza Real en los juzgados de Palma de Mallorca como imputada dentro del ya inabarcable caso Nóos. Claro que en otros países el interés por este asunto se diluye, pero aún así el hecho, nunca común, de ver a la hija de un rey respondiendo de sus actos ante la justicia es algo que despierta la curiosidad y, por qué no admitirlo, el morbo de los pobres mortales de todo el mundo. Por ello, seguirán corriendo ríos de tinta y minutos de diarios radiados e informativos televisados.
Como si de una historia medieval se tratara, los reyes se vuelven magnánimos y abren sus cárceles y sus corazones, que no sus bolsillos, al pueblo. Sin embargo desde la atalaya del trono tal vez pierden perspectiva y cometen errores, como el común de los mortales.