El magnífico cuadro pintado por Francisco Padilla en el siglo XIX, y que podemos admirar en el Museo del Prado, no refleja sin embargo la realidad, sino la versión romántica de una mujer que por azar del destino se encontró con un reino que en principio no era para ella y que aunque estaba sumamente preparada, no deseaba gobernar. Apodada “la Loca”, ha sido una de las figuras femeninas más maltratadas de la historia de España.Según la R.A.E., loco, ca, en su primera acepción significa “Que ha perdido la razón. U. t. c. s.” y en su segunda “De poco juicio, disparatado e imprudente. U. t. c. s.”.Nada de esto se puede atribuir a la reina Juana, sí es posible que con el tiempo pudiera desarrollar una demencia senil, consecuencia inevitable del envejecimiento, pues hay que tener en cuenta que para los estándares de la época fue una mujer muy longeva, pero nada en sus actos a lo largo de su vida nos indica que sus facultades mentales estuvieran perturbadas.Juana, tercera hija de Isabel y Fernando, vino al mundo un seis de noviembre de 1479 en la noble ciudad de Toledo. Su infancia estuvo marcada por los grandes acontecimientos de finales del siglo XV, a la sazón la toma de Granada y el descubrimiento de unas nuevas tierras más allá del océano. De carácter extrovertido y sensible, nunca fue comprendida por su madre que se encargó, eso sí, de darle una educación acorde con su rango, pero no estaba destinada a reinar, si no a convertirse en consorte de algún príncipe o monarca extranjero. Juana recibió una educación cristiana (al estilo de la época) a la par que humanista, hablaba a parte del castellano, francés y latín, llegando a reunir una interesante biblioteca (al igual que su madre), que se llevaría consigo hasta su retiro en Tordesillas. A nivel familiar fue testigo de los ataques de celos iracundos de su madre, por culpa de las infidelidades de su padre, aunque muy controlados y comprendidos por todos, no en vano era la reina.                   Esos mismos celos en Juana, al no admitir las aventuras de su marido, no serán entendidos en la corte borgoñona, comenzando a forjar su leyenda de locura.Desde el principio la obsesión de los reyes católicos fue la unidad de la Península Ibérica bajo una sola dinastía y el traspaso de esa herencia a sus descendientes; el primer paso fue el matrimonio entre ambos, que daría lugar a que uno de sus hijos fuera el heredero de ambas coronas, después vino la guerra de Granada, la cual fue anexionada a Castilla, el tercer paso era Portugal, para ello su primogénita Isabel, casaría con el príncipe heredero Alfonso, hijo de Juan II de Portugal, pero Alfonso moriría al poco por culpa de una caída del caballo, tras lo cual la reina católica dio un paso más al concertar un nuevo matrimonio de Isabel con Manuel I de Portugal, para lo cual hubo que convencer a la novia pues esta había anunciado que no volvería a casarse, haciendo vida religiosa. A la vez se negociaba un doble enlace que reforzaba los lazos entre Castilla y Aragón con el Sacro Imperio, casando a Juan, el heredero, con Margarita y a Juana con Felipe, ambos hijos de Maximiliano de Austria.                                    Tercera en la línea de sucesión, Juana fue utilizada como pieza clave en la política de alianzas que a través del matrimonio reforzaría a ambas coronas ante su gran enemigo, Francia.Nuestra protagonista no estaba destinada a reinar, solo sería consorte de un simple duque, pues Felipe era duque de Borgoña y conde de Flandes, sometido al mandato del emperador, título que era electo, por lo que en un futuro podía ser emperador como lo fue su padre o no. La pareja, apenas unos adolescentes, tuvieron una atracción tal al conocerse, que obviando todos  los protocolos pidieron al capellán de la infanta Diego Ramírez de Villaescusa, que los casara para consumar su matrimonio. Pronto vinieron al mundo Leonor en 1498, Carlos en 1500 e Isabel en 1501, Juana ha cumplido con creces su papel y Felipe una vez garantizada su descendencia comienza a cortejar a otras mujeres, sorprendiéndose de que su mujer no admita el hecho, tal y como se admitía en la corte borgoñona, que el duque tuviera otras amantes. Las peleas entre los dos son constantes, no entendiendo nadie en dicha corte sus continuos ataques de celos, a lo que el duque reaccionara encerrado a su esposa en sus habitaciones.    

Juana y Felipe. Fotograma de “La Corona Partida”

Pero en Castilla están pasando cosas muy graves, de pronto fallece el príncipe de Asturias, Juan, heredero de Castilla y Aragón, tras él su hermana, en aquel momento princesa de Asturias y Gerona, Isabel, que falleció al dar a luz al príncipe Miguel de la Paz, heredero de Castilla, Aragón y Portugal, que moriría dos años más tarde. Por azar del destino Juana se ha convertido en heredera al trono de las coronas más avanzadas y poderosas del momento. Felipe, hombre ambicioso en extremo ve la oportunidad de ser algo más que un simple duque, quiere ser rey, y para ello vuelve a aproximarse a Juana cuando esta es llamada por sus padres para ser jurada como princesa de Asturias. Con lo que no contaban ni los reyes católicos, ni tan siquiera su padre el emperador, era con la filiación de Felipe hacia Francia. En vez de utilizar la vía más rápida por mar, emprendieron un largo viaje atravesando Francia, encontrándose en Blois, con el rey Luis XII, quien al ver por primera vez a Felipe exclamo: “He ahí un hermoso príncipe”, de donde vendrá su calificativo de “el Hermoso”. Finalmente llegaron a Toledo donde prestaron juramento ante las Cortes castellanas, repitiéndose la misma ceremonia más tarde en Zaragoza ante las Cortes aragonesas, con la salvedad, que si el rey católico tenía un hijo varón el juramento quedaría invalidado.

Pero Felipe que de tonto tiene lo justo, se da cuenta de que gobernar en Castilla va a ser muy complicado por culpa de su suegro, con lo que decide volver a Flandes, Juana está embarazada de nuevo y no puede acompañarle hasta dar a luz. Isabel quiere a su hija a su lado, para que vaya tomando contacto con el poder y ordena su estancia en el castillo de la Mota. Pero Juana insiste en partir, no desea el poder, no la habían preparado para ello y tras un terrible enfrentamiento entre madre e hija, ante la desesperación de Juana al estar apartada de su marido, la reina Isabel, agotada, termina cediendo dejándola partir. 

El 26 de noviembre de 1504 muere la reina católica, en su testamento deja como gobernante a su esposo Fernando, mientras su hija esté ausente del reino o no pudiera gobernarlos: “ordeno e mando que cada e quando la dicha Prinçesa mi hija no estoviere en estos dichos mis reynos o después que ellos viniere en algund tiempo aya de yr e estar dellos, o estando en ellos no quisiere o no pudiere entender en la gobernaçión dellos que en qualquier de los dichos casos el Rey, mi señor, rija administre e govierne los dichos mis reynos e señoríos e tenga la governaçión e administración dellos por la dicha prinçesa segund dicho es, fasta en tanto que el ynfante don Carlos, mi nieto, hijo primogénito heredero de los dichos príncipes e prinçesa sea de hedad legítima o lo menos de veyte años cumplidos para los regir e governar…” Testamento de la reina Isabel la Católica, A.G.S. P.R: Leg. 30, doc.2

La reina había calado a su yerno del primer vistazo, temía la avidez de poder de Felipe y su desconocimiento de los problemas castellanos, por ello, intentó que su hija tomara consciencia de su tarea, al no conseguirlo  dejó todo preparado para que el archiduque no pudiera hacerse con Castilla. Tras su muerte Fernando da el primer paso y en la plaza del mercado de Medina del Campo, manda construir un estrado desde donde el rey en persona se despoja de su título de rey de Castilla, teniendo por reina a su hija Juana y a su yerno como regente.        

Juana debe de volver para tomar posesión del trono, pero Felipe no tiene prisa en venir a Castilla, comienza a maniobrar para encajar en la órbita francesa para lo que convence a su padre firmando ambos en Blois, un tratado con Luis XII al que ayudarían a conquistar Nápoles, mientras él francés les ayudaría con Castilla. Pero el rey de Aragón es un genio de la política, reacciona de inmediato y aproximándose al eterno enemigo concierta su matrimonio con Germana de Foix, sobrina del rey francés. Esto rompe toda la política de Aragón enfrentada siempre con Francia, pero también pone en peligro la política de unidad dinástica que con tanto esfuerzo había tejido con Isabel, pues en caso de tener un hijo varón este sería el heredero de Aragón separándose ambos reinos.                                         

Pero la política nunca se detiene y una vez llegados los nuevos reyes a  Castilla, embajadores de ambos soberanos negocian llegando a un acuerdo la Concordia de Salamanca, en donde establecen un gobierno conjunto Juana y Felipe, como reyes propietarios y Fernando como gobernador perpetuo. Entre tanto el reino está dividido, se han formados dos partidos uno a favor de Felipe y otro a favor de Fernando, aunque este último está perdiendo cada vez más adeptos pues los nobles creen que el borgoñón será más fácil de manejar que el viejo rey. Felipe va dilatando el encuentro con su suegro a la vez que concede mercedes a los nobles que se pasan a su bando. Finalmente yerno y suegro llegan a un acuerdo entre ambos la Concordia de Villafafila, en ella Fernando renuncia a la corona de Castilla, en favor de Felipe, de Juana y de sus hijos, y, en caso de fallecimiento, enfermedad o negativa o imposibilidad de la reina para hacerse cargo de la gobernación, se deja ésta al rey don Felipe.                     

Entrevista de Remesal de Sanabria, pintura sobre tabla, mediados del S. XVI, Chateâu de La Follie, Bruselas. Fernando a la izquierda con su reducido séquito y humildes atuendos. Felipe a la derecha, con gran despliegue de soldados y nobles, con lujosas vestimentas.

Fernando, enfrentado a su yerno y rechazado por los nobles castellanos que veían una oportunidad de volver al status anterior a los reyes católicos, tuvo que retirarse a sus dominios de Aragón. 

Pero no todo es de color de rosa para el nuevo regente, acababa de insinuar la posible locura de su mujer y pretende que las Cortes declaren la incapacidad de la reina jurándole a él como rey. Reunidas las Cortes en Valladolid, de pronto la reina se dirige a los procuradores preguntando si la reconocían como hija legítima y heredera de la difunta reina Isabel, convocándoles a todos en Toledo, donde quiere que la juren como reina. Las Cortes le hicieron cuatro peticiones, la primera: que declarase si era su intención gobernar a los Reinos de Castilla y León, ante la ausencia de su padre que se había ido a Aragón. La segunda: si deseaba gobernar junto con su marido Felipe. La tercera: que volviera a “vestirse a la española” y finalmente que aceptara la compañía de mujeres. La respuesta de la reina fue contundente: “que el reino no debe ser gobernado por flamenco, que los flamencos no tienen costumbre que sus mujeres gobiernen sobre sus maridos y por eso es mejor que gobierne su padre hasta que pueda gobernar su hijo”. Manifestando de esta forma su deseo de apartarse del poder cumpliendo el testamento de su madre. Prometió volver a vestirse a la española, pero con respecto a las damas dijo no volver a admitir ninguna “que no las volvería a aceptar en casa, conociendo la naturaleza de su marido”. La impresión de lucidez de  Juana, sorprendió a todos tras los rumores propagados por su esposo.       

Viendo que la vía institucional no le había funcionado, Felipe cambió de táctica y decidió jugar la de la nobleza castellana pues la mayoría le eran favorables y confiaba en declarar con ellos la incapacidad de la reina, entonces el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco, se niega a hacerlo sin antes hablar con la reina y ¡oh! sorpresa, tras la entrevista, el almirante se niega a que el regente gobierne en solitario.  

A Felipe le llevaban los diablos.      

Todo concluyó cuando el regente optó por la vía ciudadana, astutamente condujo a Juana a una sala del palacio del marqués de Astorga, donde la esperaban los procuradores de las ciudades. Sorprendida les interrogó sobre los motivos de su presencia, a lo que respondieron que estaban allí para jurarla como reina y a su marido como rey, la trampa estaba servida, ante las suplicas de los procuradores y del propio Felipe, la reina nada pudo hacer, su voluntad se quebró y admitió primero que la juraran como reina propietaria y a su esposo como rey consorte. Pasada una hora juraron a don Carlos heredero de los reyes y futuro rey, y mientras cumplía su mayoría de edad, nombraron a Felipe como “rey e señor e propietario destos d[ic]hos reynos”, un día más tarde y en ausencia de Juana los procuradores de Valladolid confirmaron el juramento del rey. El astuto Felipe, finalmente se había salido con la suya, había conseguido apartar a su mujer de la corona con la estimable ayuda primero de su suegro y luego de los nobles y los procuradores, yendo en contra de la voluntad de la reina en cumplir el testamento de su madre Isabel “la Católica”, que decía expresamente que el reino era para su hija Juana o su heredero Carlos. Además había conseguido quitarse del medio a su odiado suegro gracias a la concordia de Villafafila, en donde ambos ponen negro sobre blanco por primera vez, la posible locura de Juana. Felipe comienza a gobernar de manera arbitraria cediendo privilegios a los flamencos y no respetando las fórmulas de gobierno castellanas, algo que la reina Isabel había sospechado, Juana aunque no está de acuerdo con esta manera de actuar, había cedido ante su marido para asegurar la sucesión de su hijo Carlos.Poco iba a durar esta situación; trasladados los reyes a comienzos de septiembre de 1506 a Burgos, Felipe, sale a cabalgar el día 16, tras lo cual decide jugar un partido de pelota con uno de los miembros de su guardia, finalizado el ejercicio y sudando pide una jarra de agua helada que apura de un trago, tras esto el rey empieza a encontrarse mal, aunque los siguientes días parece que se recupera, la fiebre acaba apoderándose de él  ante la impotencia sus médicos flamencos. Estos pidieron opinión al doctor Gonzalo de la Parra encargado de la salud del infante don Fernando. El doctor viajó desde Valladolid, examinando al enfermo e intercambiando impresiones con sus médicos, se supo entonces que Felipe había ocultado sus síntomas durante tres días, tampoco le hicieron sangrías pues no era costumbre flamenca. El rey empeoró sin que nada pudieran hacer los médicos, falleciendo nueve días más tarde. Esta versión quedó en el imaginario colectivo y se propagó por toda España, hasta nuestros días. Enseguida surgió el rumor que acusaba a su suegro de haberle ayudado a morir añadiendo alguna cosilla al agua. Hoy día, sin ningún dato o documento que avale las versiones anteriores, a falta de un examen de los restos, las investigaciones actuales analizando los síntomas que tuvo, determinan que fue la peste la que acabo con la vida del rey.              

Juana, quedó desolada. 

En un primer momento el cadáver del rey se deposita en la Cartuja de Miraflores, Burgos, a cargo de los monjes Cartujos, mientras la reina preparaba su traslado a Granada, pues Felipe así lo había dejado dicho en su testamento. Acompañada del Marqués de Villena, el Adelantado de Granada y el embajador Luis Ferrer, llegó al municipio de Cavia, Burgos, continuando hacia Torquemada, donde nació la infanta Catalina y de donde partió huyendo de la epidemia de peste que asolaba Castilla. De aquí se dirigió a Hornillos del Cerrato, donde pasa la noche al raso al negarse a hospedarse en un convento de monjas. El cortejo fúnebre retrocedió hasta Tortoles de Esgueva de nuevo en Burgos, pues aquí tenía previsto reunirse con su padre que venía de Nápoles. Fernando la aconseja trasladarse a una población más grande eligiendo Santa María del Campo, en cuya iglesia de San Esteban fue depositado el cadáver de Felipe. Fernando volvió a insistir en trasladarse a una localidad mayor, poniéndose de nuevo la comitiva en marcha hasta que la reina se percató de que volvían a Burgos, entonces ordenó detener el cortejo pues no se sentía segura, ya que Burgos estaba tomada por las tropas de su padre, con la excusa de no volver a la ciudad donde había muerto su esposo, se estableció en Arcos de la Llana, rodeada de gente de su confianza. Finalmente y tras varios avatares con su padre llegaron a Tordesillas, donde el cadáver del rey Felipe fue depositado en el altar mayor del Monasterio de Santa Cla

ra.

Tras este itinerario conviene aclarar algunos tópicos que han creado la leyenda Juana calificándola como “loca”. Para empezar, ante la convocatoria de Cortes, la entrada en Valladolid la hace sola, sin damas, está embarazada y se cubre con un velo de arriba abajo para ocultar su cuerpo, esto lo hace porque ella es el “rey” presentándose solo ante su pueblo, y se cubre el cuerpo entero para no mostrar su estado. Además mandó retirar el estandarte de su marido, entrando solo con el suyo, reafirmándose como reina titular.

Tras la muerte de Felipe los dos partidos en liza por el poder en Castilla, se habían convertido en tres, los partidarios de Fernando, los antiguos partidarios de Felipe, reconvertidos ahora en imperiales que solicitaban a Maximiliano que asumiera la tutoría del heredero Carlos y los partidarios de la reina, a lo que había que sumar la ambición de poder del cardenal Cisneros, que reforzó las guardias reales, impulsó la convocatoria de Cortes y controló la Casa de la reina, lo que le costó la expulsión del palacio por parte de Juana. Temiéndola, intentó a toda costa declarar la inhabilitación de la reina postulándose como regente con el apoyo de Fernando, cosa que no consiguió en ese momento.

Otro dato político importante, Juana revoca todas las mercedes otorgadas por Felipe, lo que significa que vuelve a tomar conciencia de ser la reina, deshaciendo lo que ella entendía que se salía del buen gobierno de Castilla. En un principio su objetivo era cumplir con el testamento de su marido y emprender viaje a Granada, pero esto ira cambiando con el tiempo.                  

Para empezar su periplo con el cuerpo de Felipe por Castilla fue muy corto unos setenta kilómetros, es una ficción creada por la leyenda, que se paseara por toda España hasta enterrar a su esposo.

Ante los rumores de que los flamencos querían llevarse el cuerpo de Felipe para enterrarlo en Flandes, depositarlo en la Cartuja de Miraflores fue totalmente acertado, pues sabía que los monjes jamás dejarían que este partiera de allí si la reina no lo ordenaba. También hay que desmitificar las continuas aperturas del féretro que solo abrió dos veces, una recién fallecido y la segunda coincidiendo con los rumores de los flamencos, Juana había entregado el corazón de su esposo para llevarlo a Flandes, tal y como era el deseo del rey, pero ante la duda de que querían llevarse el cuerpo, ordena a los monjes abrir el ataúd comprobando que era Felipe el que estaba allí depositado. 

El mito de los celos no dejando que ninguna mujer se acercara al féretro  también es rebatible, la regla cartujana no permitía la entrada de mujeres en el convento, pero, Juana era la reina, siendo la única que podía hacerlo. Por otro lado, durante el camino la salida intempestiva de un convento al enterarse que era de monjas, no fue por celos, en el sequito de la reina iban custodiándola doscientos lansquenetes (soldados alemanes de infantería), seguramente el miedo de que ocurriera algo a las monjas, forzó la situación pasando la noche a la intemperie bajo la lluvia, algo a lo que la corte itinerante de la época estaba acostumbrada, de hecho más tarde demostró que no tenía nada en contra de las monjas, pues tuvo el cadáver de su marido depositado en Las Clarisas de Tordesillas una década. Que los viajes se hicieran por la noche, no es correcto del todo, en algunos momentos el traslado se hizo en verano y había que preservar al sequito y al cadáver del calor como medida de salud e higiene, pero en otros casos las circunstancias políticas hicieron que la partida fuera al atardecer o anochecer. 

Los ataques de ira; cuando el rey Fernando se lleva consigo a su hijo el infante Fernando, de cinco años, arrancándoselo con la excusa de educarlo, la reina monta en cólera, como no lo va a hacer, sabía perfectamente lo que hacía su padre, pues se llevaba al infante en calidad de rehén para así poder manejarla, dejándola sola con la pequeña Catalina. Más tarde con sus “carceleros” ocurriría algo parecido, siendo su única defensa ante una corte que no la obedecía si no actuaba de dicha forma.                                                                                                  

Finalmente las Cortes de 1510 confirman a Fernando como: “administrador e gobernador legitimo por la muy alta y muy poderosa señora, la Reyna doña Juana, nuestra señora, su fija (hija)”.                                                          

La gran incógnita es ¿por qué no llevó el cadáver de su esposo a Granada?  ¿Por qué no lo entierra? Aquí se abre una circunstancia muy interesante, Juana es una reina viuda, es joven y ha demostrado ser fértil, luego se podía volver a casar. Esto representaba un problema, pues si contraía nuevo matrimonio y candidatos no faltaban, crearía un nuevo problema sucesorio. Enrique VII de Inglaterra solicitó la mano de Juana; si la reina marchaba para Inglaterra y tenía un hijo, la sucesión de Carlos estaba en peligro. Por otro lado en Castilla quedaría su padre que podía deshacer lo dejado por escrito por la reina Isabel, (hay que tener en cuenta que ha contraído un nuevo matrimonio y todo lo planeado con la reina católica estaba en peligro). En un gesto político sin precedentes, rechaza el nuevo matrimonio y decide no desprenderse del cuerpo de su difunto marido con el pretexto de ir a enterrarlo en Granada, de esa manera nadie la puede obligar a casarse preservando la herencia de su hijo, mientras deja que gobierne su padre. Continuando con su objetivo de cumplir escrupulosamente con el testamento de su madre la reina Isabel.

Fernando, nombra a Mosén Luis Ferrer “cerero mayor” de la reina, controlando sus contactos y reduciendo así las oportunidades de sus enemigos (que no eran pocos en Castilla), de comunicarse con ella. Finalmente Juana se queda en Tordesillas, es de suponer que hubo algún tipo de negociación con su padre, aceptando un “retiro”, práctica habitual entre las viudas de la nobleza en esa época.                                                                   

La elección de Tordesillas no es al azar, rodeada de unas fortísimas murallas enclavadas en un espléndido paisaje a orillas del Duero, circundada de campos y viñas, en una posición privilegiada sobre la llanura, donde su castillo-palacio junto al convento de las Clarisas, coronaba una elevación que ofrecía desde sus torreones una espléndida vista, no era un retiro cualquiera.                                                                                

Tras la muerte de Fernando, Juana pasa a ser la reina titular no solo de Castilla, León y Granada, también de Aragón, Nápoles, Sicilia y Navarra. El férreo control que hizo de su casa el marqués de Denia, convirtió su retiro en un duro encierro contra el que se revelaba con huelgas de hambre, insomnio, no vestir sus ropas de reina e incluso su religiosidad, mal entendida en la época, pues Juana seguía los preceptos Franciscanos, practicando el recogimiento, austeridad en el vestir, ayunos y vigilias, utilizándolo a modo de rebeldía contra sus “carceleros”, que llegaron a encerrarla en un cuarto sin ventanas e incluso le ocultaron durante años el fallecimiento de su padre.

Juana I de Castilla (1479-1555) encerrada en Tordesillas, donde permaneció varias décadas, y junto a ella aparece su hija, la infanta Catalina de Austria.

Pero la reina fiel a su familia y a su dinastía, lo soporto todo, hasta que llegó su hijo Carlos, acordando un gobierno conjunto, Carlos gobernaría los reinos pero ella seguía siendo la reina propietaria, yendo por delante su nombre y su firma sobre la de su hijo, incluso cuando este fue nombrado emperador. Esa fidelidad quedaría demostrada con la revuelta de los comuneros, pues aunque sacaron buenas palabras de Juana, esta se negó a firmar ningún documento, pues esto hubiera provocado la caída de su hijo. 

Por otro lado sí que tuvo visitas constantes de sus familiares, tanto de sus hijos como de sus nietos que le demostraron siempre cariño y respeto, chocando aquí lo que cuentan los marqueses de Denia, padre e hijo, “cuidadores de la reina”, con lo que ven sus familiares cuando van a verla. Celebre es la visita que hicieron los príncipes Felipe y María Manuela, tras su boda, mostrándose como una abuela contenta y feliz de ver y abrazar a sus nietos, a los que hizo bailar para ella.   

También podríamos decir que puso de moda el recogimiento, pues tanto sus hijas como sus nietas se retiraron a conventos, pero es que el propio Carlos, tras abdicar a los nueve meses de morir su madre (único tiempo en que fue rey propietario), ingresó en el monasterio de Yuste, por no hablar de su nieto Felipe y su influencia en la construcción y su posterior residencia en el monasterio de El Escorial. 

Su figura comenzó a ser maltratada por la historia, desde que las circunstancias hicieron que fuera la heredera de Castilla, la locura comenzó a planear sobre ella con tal de apartarla del poder, único argumento que podía esgrimir su marido para poder acceder a un trono que no le pertenecía.

Analizada psicológicamente en el siglo XX, se la ha calificado de esquizofrénica, como lo hizo Juan Antonio Vallejo-Nágera, en su libro “Locos egregios”, no seré yo quien ponga en duda a un médico, pero como analizar con dictámenes médicos modernos unos escritos de hace quinientos años, en donde la psicología no existía y los que los redactaron estaban al servicio de quien deseaba apartarla del poder. Por otro lado la historiadora Bethany Aram, ha investigado documentos no solo de Simancas sino también de  Lille, Bruselas y el Vaticano, reflejados en su interesante libro “La reina Juana: Gobierno, piedad y dinastía”, dejando entrever a una Juana muy distinta de la que el siglo XIX y el romanticismo creó. 

No, Juana no estaba loca.                                                                           

Juana I de Castilla y Aragón, fue una mujer culta, aunque de convicciones un tanto particulares, avanzadas a un mundo flamenco primero, no admitiendo los devaneos de un ambicioso marido que deseaba ansiosamente su trono, y castellano después, que no supo entender que no quisiera gobernar. Las Cortes de Castilla nunca la reprobaron, aunque declinara voluntariamente ejercer el poder pero sin renunciar a ser ella la cabeza que lo transmitiera a su descendencia, cumpliendo minuciosamente la última voluntad de su madre Isabel I de Castilla, en definitiva, Juana I de Castilla y Aragón fue una reina que no quiso reinar.