El 24 de febrero de 1582 Gregorio XIII promulgó la entrada en vigor del calendario que después se conocería por su nombre mediante la bula «Inter Gravissimas»: «Con objeto de que el equinoccio vernal, que fue fijado por los padres del Concilio de Nicea en las duodécimas calendas de abril [21 de marzo], se devuelva a dicha fecha, prescribimos y ordenamos que se eliminen de octubre del año 1582 los diez días que van del tercero después de las nonas [el día cinco] hasta el día previo a los idus [día 14], ambos incluidos. El día que seguirá a las cuartas nonas [el cuatro de octubre], en el que tradicionalmente se celebra San Francisco, serán los idus de octubre [el 15], y se celebrarán las fiestas de los mártires San Dionisio, Rústico y Eleuterio, así como la memoria de San Marco Papa y confesor, y de los mártires San Sergio, Baco, Marcelo y Apuleyo»

La decisión de cambiar al calendario «Gregoriano» el anterior del Imperio Romano es sin duda uno de los grandes hechos que cambiaron la existencia del mundo tal como lo conocemos. El mundo occidental en gran parte es hijo de lo que en algún momento fue este imperio y muchas de sus costumbres y decisiones perduran aún en nuestra vida.

El calendario Juliano

Julio César fue el precursor de un calendario (el Juliano, claro está) que tomó el control sobre el caótico calendario romano. El tradicional calendario romano estaba siendo manipulado por varias personas (como políticos y comerciantes con mucho poder) que añadían días o meses al azar. Este era un calendario muy desincronizado con las estaciones de la Tierra (las que, como sabemos, son el resultado del movimiento de nuestro planeta alrededor del sol).

Julio César desarrolló un nuevo calendario de 364 días y un cuarto que se aproximaba mucho más que el anterior sistema a la duración del año tropical (en otras palabras, al tiempo que le lleva a la Tierra dar la vuelta alrededor del sol desde el comienzo de la primavera hasta el siguiente comienzo de primavera).

Este calendario tenía normalmente 365 días pero incluía un día adicional cada cuatro años. Este día era añadido antes del 25 de Febrero cada año.
Aunque el calendario desarrollado por Julio César había sido el más preciso hasta el momento, no era lo suficientemente preciso porque el año tropical no dura 365 días y 6 horas, sino que dura aproximadamente 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos. Por lo tanto, el calendario de Julio César difería por 11 minutos y 14 segundos. Lo que parece ser una diferencia mínima no lo era, ya que cada 128 años estos minutos se convertían en un día completo.

El Calendario Gregoriano

En el año 1572, Ugo Boncompagni se convirtió en el Papa Gregorio XIII. Este nuevo Papa mostró su desconformidad con el calendario de aquella época, ya que una de las fechas más importantes para la Iglesia Católica no estaba correspondiendo con las estaciones del año.

La pascua, fecha basada en el día del equinoccio vernal (o sea, el primer día de la primavera del hemisferio norte) se estaba celebrando en los primeros días del mes de Marzo.

La razón de este desorden se debía a que durante los últimos 1.600 años la civilización se había regido por el calendario juliano, y este último se basaba en el movimiento del sol para medir el tiempo.

Una vez que el Papa Gregorio XIII decidió arreglar el calendario para que fuera más preciso, buscó ayuda de astrónomos (fundamentalmente en Clavius y Galileo) para poder desarrollar un nuevo calendario mejorado.

Universidad de Salamanca

Sin embargo, no por menos conocida resulta menos importante la participación de la Universidad de Salamanca en la conformación del nuevo calendario. Efectivamente, ya en 1515, la curia romana recibió un informe redactado en Salamanca en el que se apuntaba que los científicos firmantes no estaban de acuerdo con el sistema elegido. Pero la cúpula eclesiástica del momento hizo caso omiso de ese análisis, a pesar de que continuó con su búsqueda para calibrar mejor el tiempo. De ahí que en 1578 la Universidad de Salamanca fuese requerida para volver a mandar un segundo informe en el que se incorporó el primer documento remitido décadas antes.

La propuesta de los expertos de la Universidad de Salamanca se basó en que como el año solar sobrepasaba poco más de 10 minutos y cuatro segundos al año eclesiástico, y puesto que las tablas alfonsíes ponían de manifiesto que el calendario juliano adelantaba 1 día cada 134 años, había que suprimir un día de cada mes durante un año cualquiera, menos de febrero o bien quitarle 11 días a un mes. De esta forma el equinoccio verdadero volvería al 21 de marzo. Además, se continuaría estableciendo una anulación de la intercalación del año bisiesto cada 304 años, así como la omisión de un día bisiesto cada 152 años. Este último cálculo es el más importante de las aportaciones que hicieron los profesores de Salamanca porque nunca nadie había propuesto una medida tan precisa.

El nuevo calendario Gregoriano seguiría teniendo 365 días con un día adicional cada cuatro años (que fue movido al día siguiente al 28 de Febrero para que fuera más fácil agregarlo) pero no habría años bisiestos en los años terminados en “00”, a menos que estos años fueran divisibles por 400. Por lo tanto, los años 1700, 1800, 1900 y 2100 no serían años bisiestos, pero el año 1600 y 2000 sí serían años bisiestos.

Este cambio fue tan preciso que los científicos al día de hoy simplemente tienen que agregar algunos segundos al reloj para que el calendario siga coincidiendo con el año tropical.

Biblioteca Universidad de Salmanca

El Papa Gregorio XIII hizo público un documento el 24 de Febrero de 1582 que establecía el calendario Gregoriano como el nuevo calendario oficial del mundo Católico. Como quiera que el calendario Juliano tenía 10 días de diferencia, el Papa decidió que el 4 de Octubre de 1582 sería seguido por el 15 de Octubre de 1582.

La noticia de este cambio se extendió a través de Europa: no solo se utilizaría el nuevo calendario, sino que esos diez días se perderían para siempre; el año nuevo comenzaría el primer día de Enero en vez del 25 de Marzo, y habría un nuevo método de determinar la fecha de pascuas.

Solo algunos países estaban listos para cambiar al nuevo calendario en 1582. En este año fue adoptado por Italia, Luxemburgo, Portugal, España y Francia. El Papa tuvo que enviar un recordatorio a todas las naciones el 7 de Noviembre para que cambiasen los calendarios, pero por supuesto, muchos hicieron caso omiso a este recordatorio.

Otros países se fueron uniendo de a poco en los siglos siguientes: la Alemania Católica Romana, Bélgica y los Países Bajos cambiaron a este nuevo calendario en 1584; Hungría en 1587; Dinamarca y la Alemania Protestante en 1704; el Reino Unido y sus colonias en 1752; Suecia en 1753; Japón en 1873; Egipto en 1875; Albania, Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania y Turquía cambiaron entre 1912 y 1917; la URSS (tras la Revolución) en 1919; Grecia en 1928 y finalmente China cambió después de la revolución de 1949.

Adopción del calendario Gregoriano.

Por supuesto, hubo problemas con el cambio de calendario. Tanto en Frankfurt como en Londres hubo desordenes en las calles por la pérdida de días en sus vidas. Las leyes establecíeron que el estado no podía cobrar impuestos por aquellos días perdidos, sin embargo, los trabajadores tampoco podrían cobrar sus sueldos correspondientes a esos días. Un problema también era que los estados elegían que cualquier vencimiento seguía teniendo lugar en los días previstos antes de cambiar el calendario.

EL PROBLEMA DE LOS DIAS “DESAPARECIDOS”

La noche del 4 de octubre de 1.582 años dio paso… al 15 de octubre. El nuevo calendario gregoriano corregía así el desfase de días que al cabo de milenio y medio había ido acumulando el de Julio César, conocido como «juliano». Los días entre estas dos fechas quedarían eliminados por completo.

El emperador romano había reformado el calendario el año 46 antes de Cristo, aconsejado por el astrónomo Sosígenes de Alejandría según Plinio el Viejo. Establecía el 1 de enero como el primero del año de 365 días y seis horas. Tenía un margen de error de apenas 11 minutos y 14 segundos al año. El calendario juliano creaba el año bisiesto de 366 días con un día más entre el 25 y el 24 de febrero en los años divisibles por cuatro. Al día extra se llamó «bis sextus» por ser el 24 de febrero el «sextus kalendas martii»; de ahí el nombre de año bisiesto. Pero éstos se intercalaron de forma equivocada.

Esta intervención en la medición del tiempo se hizo necesaria debido a un desfase de diez días entre el año juliano y el año tropical —el tiempo que media entre dos pasos sucesivos del Sol por el equinocio de primavera—. Naturalmente este salto en el tiempo, fruto de una especie de desatino papal, originó un auténtico caos.

Aunque se ha demostrado que nuestro actual calendario tiene algunos fallos  —ningún mes se corresponde exactamente con la doceava parte de un año, el número de semanas de los trimestres y los semestres no es el mismo y la fecha de los diferentes días de la semana no coincide año tras año— no se prevé de momento ninguna reforma.

Ya en 1954 las Naciones Unidas incluyeron entre sus objetivos más inmediatos el establecimiento de un nuevo «calendario mundial», pero hasta el momento no se ha encontrado una solución que satisfaga los intereses de los diferentes países.