Entre el 22 al 25 de enero, se ha celebrado otra vez el Foro económico más importante del mundo, con cuarenta jefes de Estado o de Gobierno, y cerca de mil quinientos líderes económicos en la pequeña localidad suiza de Davos.
Hace algunos días vi un reportaje en el cual describían a los nuevos multibillonarios como ciudadanos del mundo, como muy buenas personas que se preocupan de problemas globales, y quienes utilizan su riqueza ganada por la explotación capitalista para hacer el bien, siendo un claro ejemplo las fundaciones de George Soros y la guerra de Bill y Melinda Gates contra el virus de VIH que causa el nefasto SIDA.
El capitalismo es el mejor garante de la democracia. O eso nos han dicho desde siempre. La realidad contradice esta afirmación. La crisis nos lo muestra cada día.
El presidente de Ecuador, Rafael Correa, afirmó este miércoles desde Francia que Europa comete los mismos errores de políticas anteriores aplicadas en América Latina, en lugar de buscar soluciones novedosas a los problemas económicos.
El oro fue el respaldo de las monedas y la libra esterlina la moneda del comercio mundial hasta fines de la Segunda Guerra Mundial. A partir de ese momento (Acuerdo de Bretton Woods 1946), surgió un nuevo orden económico en el que el dólar de los Estados Unidos de América se convirtió en la moneda de respaldo del resto de las monedas del mundo y, a su vez, en la moneda del comercio internacional, mientras que el oro y la libra esterlina pasaron a jugar un papel secundario. Este hecho colocó a los Estados Unidos como la primera potencia económica del planeta.
Los economistas no paran en sus esfuerzos por remodelar el PIB, de tal modo que cada vez nos fijemos todos más en él… y menos en la gente. “The Economist” publica semanalmente, entre los “Indicadores económicos y financieros” el PIB en primer lugar, seguido de la producción industrial, precios al consumidor, porcentaje de desempleo…
Todo superávit exterior supone dos cosas: una demanda interior inferior a la oferta, es decir, una déficit de demanda interna, y la necesidad de financiar al país o países con déficit. En definitiva, fastidiar a los de casa para terminar fastidiando a los de fuera, ahogados por la financiación externa, si ésta es en forma de préstamo, o conquistados y colonizados si toman forma de inversión.
Hace un par de días estuve en Galicia y cuando paseaba por la calle de una de sus capitales escuché unos pitos y un barullo ante el que nadie se sorprendía. Después, ante cierta indiferencia general, presencié un desfile de personas la mayoría mayores y –no había más que verlas- trabajadoras, de las que se han dejado la vida en el trabajo. Los manifestantes eran gente de esa que hasta ahora no era habitual de las manifestaciones: señoras y señores mayores con aspecto de no meterse en política o, al menos, de no hacerlo de manera muy habitual.
“Empieza el día con una sonrisa”, nos decían hasta hace muy poco los anuncios de Donuts. Pero en las fábricas de Panrico ya no se reparten sonrisas. De un tiempo para acá, la vida de la plantilla se ha convertido en una ruleta rusa.
En Grecia, pocos días después de la remodelación del gobierno de coalición, los representantes de la llamada troika internacional piden a los ministros que sigan adelante con la reducción del salario mínimo y con la «flexibilidad» en los despidos.