En los últimos años se está produciendo una involución en cuanto a revisar, más o menos en profundidad, la denominada Leyenda Negra Española. Sectores de opinión e incluso historiadores pretenden “blanquear” y poner en cuestión temas en los que España se dedicó a asesinar, violar, robar y, en definitiva, realizar todo tipo de tropelías dentro y fuera de España. Uno de los temas más negros de nuestra historia fue la denominada Santa Inquisición que si bien no tuvo su origen en España y se extendió por Europa Occidental y Central desde la Plena Edad Media y, además, el número de muertos por dicho Tribunal no excedió los 12.000 ajusticiados (unos 45 muertes al año) sí pienso que es cierto el mayor celo e interés que pusieron en llegar hasta las últimas consecuencias tanto los monarcas hispánicos como la jerarquía eclesiástica, especialmente, desde finales del siglo XV hasta bien entrado el siglo XIX. La duración y extensión de los Tribunales de la Inquisición (a mediados del siglo XVI se establecieron también en América) no tuvo parangón con ningún otro país del mundo.

El Tribunal de la Santa Inquisición fue potenciado en España por los Reyes Católicos en 1478 realizando importantes cambios respecto a los tribunales anteriores para conseguir su total control respecto al Papa romano y mantener la ortodoxia católica en todos sus reinos. En un principio, los Reyes Católicos solicitaron al Papa Sixto IV permiso para constituir este nuevo tribunal inquisitorial en la Corona de Castilla que, pocos años después, se implantaría en la Corona de Aragón y, a mediados del siglo XVI, en América.

En 1481, se celebró el primer auto de fe en Sevilla donde fueron sentenciados a la hoguera seis conversos; en ese tiempo también el Santo Oficio comenzó a funcionar en Córdoba y Toledo para, poco tiempo después, trasladarse a Aragón en la “defensa de la fe”, no sin vencer serias resistencias.

Los Reyes Católicos querían potenciar aún más esta persecución a los judíos conversos al cristianismo y para ello nombraron al dominico Tomás de Torquemada Inquisidor General de Castilla, que era confesor de la reina Isabel y de abuelos conversos, en 1483. Según el cronista Sebastián de Olmedo: “ Torquemada era el martillo de los herejes, la luz de España, el salvador de su país, el honor de su orden”. Torquemada inició la mayor persecución contra los judíos conversos. Entre 1480 y 1530 se calcula que unos 10.000 conversos fueron ajusticiados durante ese periodo, según el historiador eclesiástico Juan Antonio Llorente aunque algunos historiadores rebajan esta cifra hasta los 2.000, según el historiador Henry Kamen.

Tomás de Torquemada influyó notablemente en las medidas tan radicales tomadas por los monarcas. Algunos de los judíos y conversos más ricos tenían importantes puestos en la Corte e intentaban que los Reyes Católicos no tomasen medidas tan radicales como la expulsión de su pueblo en 1492 o la sistemática persecución de los conversos. Incluso estos ricos conversos llegaron a enviar cartas al Papa Sixto IV para que terminase o aminorase dicha persecución.

“Sé que en Aragón, Valencia, Mallorca y Cataluña, la Inquisición lleva tiempo no por celo de la fe y la salvación de las almas sino por la codicia de la riqueza que ha hecho que sin pruebas de ninguna clase, han sido encerrados en prisiones, torturados y condenados como herejes y privados de bienes y propiedades e incluso ejecutadas, dando un ejemplo pernicioso y causando escándalo a muchos”.

La bula papal, de principios de la década de los ochenta del siglo XV, suprimía el secreto del sumario, se permitían las apelaciones a Roma y se utilizarían los calabozos episcopales. No obstante, esa bula no se llegará a aplicar por la presión de los Dominicos y, especialmente, Tomás de Torquemada, confesor de la reina.

Al enterarse Torquemada de los manejos de los conversos ante el Papa y ante el rey Fernando se presentó ante éste arrojándole a sus pies un crucifijo diciéndole: “ Judas vendió a Nuestro Señor por treinta monedas de plata. Su Majestad está a punto de venderlo de nuevo por treinta mil”.

Poco tiempo después, apenas unos meses, el rey Fernando responde al Papa Sixto IV, en estos términos:

“Me han contado cosas, Santo Padre, que de ser ciertas me asombrarían. Se dice que Su Santidad ha concedido a los conversos un perdón general por todos los errores y delitos que hubieran cometido…de ser cierto no pienso permitirlo. Tenga cuidado, por lo tanto, de no permitir que el asunto vaya más lejos, y de revocar toda concesión, así como confiamos el manejo de la cuestión”.

Como se puede leer en las últimas líneas de la carta que Fernando envíó al Papa, el rey de España hace una velada amenaza a Sixto IV para que aboliese la bula que acababa de promulgar. Evidentemente, el Papa sabía que Roma estaba cercada por el ejército de Aragón al Sur (Nápoles) y al Norte (Lombardía-Milán) por el de Castilla. La intervención militar de los ejércitos españoles en Roma no era algo descabellado pues unas décadas más tarde, durante el reinado de Carlos V, se produciría el denominado Saco de Roma que produjo el saqueo de la ciudad y la huida del Papa de la Ciudad Eterna.

A partir de ese momento el poder de los Reyes Católicos es prácticamente absoluto no solamente en cuestiones políticas sino también eclesiásticas ya que ellos nombran a Tomás de Torquemada Inquisidor General de Castilla y Aragón y el Papa se ve obligado a elegir a otros miembros de la inquisición dentro de una “terna” de miembros eclesiásticos nombrados por los Reyes Católicos. La unificación de la fe católica de España dependerá de Fernando e Isabel sin rendir cuentas para nada al Santo Padre, teniendo como brazo ejecutor a los tribunales de la Santa Inquisición siendo la orden de los dominicos la que más representación tenía en ellos. Además del Inquisidor General se establece otra institución importante como fue el Consejo de la Inquisición al mismo nivel que el Consejo de Hacienda, o  el de Indias, consejos íntimamente relacionados y vinculados a los monarcas.

Este gráfico piramidal representa la estructura organizativa completa del Tribunal de la Santa Inquisición que permanecería, prácticamente inalterada, durante más de tres siglos.

ORGANIZACIÓN JERÁRQUICA DEL TRIBUNAL DE LA  INQUISICIÓN

El cargo más importante dentro de esta institución lo ostentaba el Inquisidor General cuyo primer representante fue el dominico Tomás de Torquemada nombrado directamente por los Reyes Católicos. Éste nombraba, con el consentimiento real, a los cuatro representantes del Consejo de Inquisición que, posteriormente, a finales del siglo XVI llegaron a ser seis, estando, al menos, un dominico en dicho Consejo de Inquisición (denominado popularmente como la Suprema). Este Consejo dependía directamente de la autoridad civil y formaba parte del régimen polisinodial propio de la Monarquía Hispánica. Desde los tiempos de Felipe II, ocupaba el tercer lugar en el orden protocolario de los consejos de la monarquía, solo por detrás del Consejo de Castilla y del Consejo de Aragón.

Por debajo del Consejo de Inquisición estaban los Tribunales de distrito que eran ocho a mediados del siglo XVIII: Madrid, Córdoba, Sevilla, Barcelona, Valencia, Santiago, Cuenca y Llerena-Extremadura. Cada uno de ellos estaba compuesto por dos o tres inquisidores, un fiscal, secretarios del secreto y auxiliares.

Los miembros del Tribunal de la Santa Inquisición percibían un salario por el desempeño de sus funciones. Sabemos que a mediados del siglo XVIII su remuneración era de 8.823 reales anuales, suficiente para vivir con decoro pero salario inferior al que percibían los inquisidores dos siglos antes. No obstante, algunos de los inquisidores tenían a su cargo la Judicatura de Bienes de su Tribunal lo que les proporcionaba una renta anual adicional de 9.926 maravedíes a su sueldo.

Sin percibir salario de la Inquisición, pero estrechamente vinculados a ella, está la red de comisarios y familiares. Los primeros, clérigos encargados de realizar investigaciones a cuenta del Tribunal, los segundos, laicos que cooperan y auxilian a los tribunales inquisitoriales.

Un debate polémico y siempre abierto es el del número de ajusticiados por los tribunales del Santo Oficio tanto en España como en Europa ya que existen discrepancias muy importantes entre los historiadores. Lo que sí parece ser cierto es que de cada 100 procesados por la inquisición menos del 4% fueron enviados a cárceles civiles para ser ejecutados. En esta tabla indico una aproximación en cifras y reinos de Europa, según datos señalados por algunos historiadores que han tratado este tema.

REINOS Y NÚMERO DE EJECUTADOS EN EUROPA POR LA INQUISICIÓN (SS. XVI-XVIII) 

REINOS Nº DE EJECUTADOS
Principados alemanes 25.000
España 12.000
Polonia 10.000
Suiza 10.000
Francia 4.000
R. Unido 2.500
Dinamarca-Noruega 1.600

 Fuente: V.V. autores

Como se puede apreciar en esta tabla los tribunales inquisitoriales de los principados alemanes protestantes duplicaron a los ejecutados del Santo Oficio español. Nada despreciables son las cifras de Suiza (predominio de luteranos y calvinistas contra católicos y hombres de ciencia) y de Polonia.

El juicio en el Tribunal de la Inquisición española se iniciaba con un proceso contra una determinada persona cuando era acusada por otra de forma anónima, sin pruebas fehacientes, en la mayor parte de los casos. Dichas acusaciones podían ser fruto de envidias entre vecinos debido a deudas contraídas, por problemas de lindes entre propiedades, desafectos familiares… Las causas o motivos del proceso inquisitorial eran varias: delitos sexuales, sodomía, bigamia, homosexualidad (30%), blasfemia (27%), mahometismo, moriscos (20%), falsos conversos (11%), muy perseguidos a finales del siglo XV para bajar dicha persecución y arrestos a partir de mediados del siglo XVI, aumentando, de forma acusada, la persecución contra los moriscos, luteranismo (6%), brujería y supersticiones (6%). En el caso de España los ejecutados por brujería no superó las 500 personas durante los tres siglos y medio que se mantuvo la Inquisición según el historiador alemán Wolfgang Behringer.

Además, también el Santo Oficio perseguía los libros prohibidos que aparecían periódicamente en un catálogo. Generalmente, los libros estaban escritos en castellano y no en latín. En aquella época,  el pueblo español era mayoritariamente analfabeto llegando a superar el 90% del total de la población. Así, pues, los pocos que sabían leer y escribir lo hacían más en su  la lengua vernácula que en latín que era la lengua culta empleada en obras más científicas y eclesiásticas. Cabe señalar que entre las obras prohibidas por la Inquisición estaba La Celestina y El Lazarillo de Tormes.

Entre los documentos encontrados en diversos archivos señalaré algún ejemplo de cómo la Inquisición tenía listas de libros prohibidos e impedía su difusión:

“ Información hecha por fray Antonio de Sosa sobre los libros existentes en las casas y librerías de Medina del Campo, año 1551.

“ Inventario de bienes del licenciado Juan Arrese, inquisidor, con 183 libros, incluido el Catálogo de Libros Prohibidos, año 1582”.

En el fondo documental de Simón Ruiz, destacado hombre de nego cios en las ferias de Medina del Campo durante el siglo XVI, estuvo investigando Bartolomé Bennassar e indica: “Simón Ruiz, el célebre mercader de Medina del Campo, pasaba libros en los fardos de lana”.

También el Tribunal de la Inquisición entendía de la pureza de sangre a la que acudían los caballeros para demostrar que eran cristianos viejos y no conversos. Esto tenía su importancia en aquella época pues si no demostraban dicha pureza de sangre no podían ascender a los puestos más altos en las instituciones del Estado.

He aquí un ejemplo significativo: “ Información pedida por Antonio de Ubierna y Frías de cómo es sobrino de Juan de Frías, familiar en Valbuena de Pisuerga, y de Jusepe de Frías Sandoval, contador del rey y de la Inquisición, año 1628”.

Para poder llegar a que el reo dijese la verdad, algunas veces, la Inquisición empleaba la tortura aunque no se utilizaba de forma sistemática. Existían diversas maneras y formas de tortura, algunas de las más utilizadas eran: el potro que causaba un dolor agudo que acababa provocando en el reo la dislocación de articulaciones y daños físicos irreparables, la garrucha que consistía en atar las manos del preso a la espalda elevándolo con una polea pudiendo acabar con la dislocación de los brazos, la rueda en la que al prisionero se le ataba a una cruz de madera colocándolo en una rueda haciendo que los tobillos llegasen a la cabeza y se elevaba la rueda provocándole fuertes dolores, en la silla sumergible se ataba a la persona en una silla y se la sumergía en agua durante un tiempo, otro método era la denominada tortuga en la que se tumbaba al reo en el suelo colocándole una tabla encima con un peso considerable para aplastarle su tórax y así dificultar su respiración. Estas serían algunas de las torturas más habituales empleadas por el Santo Oficio aunque existían bastantes más.

En los casos de ser sentenciado a muerte, la ejecución se llevaba a cabo quemándolo vivo en la hoguera si el reo no se arrepentía de sus herejías o bien podía ser descuartizado separando todos sus miembros del cuerpo y, por último, empleando el denominado garrote vil consistente en un collar de hierro con un tornillo que acababa rompiendo el cuello al condenado.

Dependiendo de la condena impuesta por el Tribunal de la Inquisición cuya sentencia podía tardar desde varios días a varios años en prisión hasta conocer la decisión del Santo Oficio, ésta podía ir desde un acto de arrepentimiento público colocando al reo el denominado sambenito, hasta una multa, confiscación de bienes, envío del preso a galeras, trabajos gratuitos para el Santo Oficio y, en los casos más graves, trasladado a una prisión civil para ser ejecutado.

Veamos algunos casos de los indicados en el último párrafo:

Confiscación de bienes por la Inquisición.

” Requerimiento de Pedro de Paz sobre las casas que compró a Gaspar de Mendoza y su esposa Beatriz Hurtado, los cuales las vendieron para pagar los gastos de manutención durante el tiempo que estuvieron presos en las cárceles secretas, año 1550”.“ Censo a favor de Rodrigo Barbón, receptor de bienes confiscados por delito de herejía, sobre una finca confiscada a Gaspar de Gaviria, antiguo receptor del Santo Oficio, año 1565”.“ Pleito ejecutivo ante el juez de bienes confiscados de la Inquisición puesto por doña Francisca Enríquez sobre los bienes libres que dejó don Juan de Rojas, marqués de Poza, para recuperar su dote y arras, años 1565-1584”.“ Testamento del doctor Juan Morales, juez de bienes confiscados, el inventario indica 41 asientos de libros, año 1579”.“ El conde de Aguilar, don Felipe Ramírez de Arellano, se concierta con el receptor del Tribunal de Logroño para comprar los bienes confiscados a los moriscos en Aguilar del Río Alhama, año 1586”.

Trabajo obligatorio y gratuito de un escultor a favor de la Inquisición.

“ Pedro de la Cuadra, escultor, se obliga a hacer un retablo para la capilla del doctor Herrera, médico del rey y de la Inquisición, en la iglesia del convento de Nuestra Señora del Consuelo, año 1605”.

Por último, se podría decir que el participar o colaborar con el Santo Oficio les daba a esas personas colaboradoras bastante prestigio social e incluso recurrir al Santo Oficio en busca de amparo aunque no percibiesen ninguna remuneración económica y estuviesen en el último eslabón de la cadena inquisitorial como sería este caso:

“ Poder dado por don Fernando de la Hoz, familiar del Santo Oficio en Medina de Rioseco, para que el Tribunal de Valladolid le ampare en el procesamiento que el Concejo ha iniciado por agredir en la cabeza a un guarda del peso de la ciudad, año 1748”.

Tal era el prestigio que daba colaborar con el Tribunal, que varios escribanos al comenzar sus protocolos se intitulan así:

“ Pedro de Arce escribano del rey, del número y del juzgado de la Inquisición de 1563 a 1598”.

“ Francisco Hernández Ruiz escribano del número, familiar y notario de la Inquisición en Trigueros del Valle de 1616 a 1629”.

“Gabriel Valdivieso escribano del número y notario de la Inquisición de Medina de Rioseco de 1618 a 1636”.

Con documentación así se podrá cumplir con la idea de que “no hay que hablar exclusivamente de la Inquisición con mayúsculas. Hay que estudiar la Inquisición y sus hombres”.

Para concluir este artículo podemos decir que el legado histórico del Tribunal de la Santa Inquisición es un recordatorio sombrío de los peligros del fanatismo religioso y la intolerancia. La Inquisición dejó una marca indeleble en la sociedad europea, afectando la vida y las creencias de millones de personas así como el estancamiento en el desarrollo de las letras y las ciencias. Su legado nos recuerda la importancia de la libertad de pensamiento y la tolerancia religiosa en una sociedad justa y equitativa.

La Santa Inquisición fue una institución oscura y perturbadora que perduró en Europa durante siglos. Sus métodos brutales de interrogatorio, tortura e incluso muerte, su proceso injusto de juicio y sus consecuencias sociales y políticas han dejado una huella imborrable en la historia de la humanidad. Afortunadamente, la Inquisición fue finalmente abolida, primero en Francia durante la Revolución Francesa a finales del s. XVIII y, posteriormente, en otros reinos (en España se mantuvo hasta el 15 de julio de 1834 durante la regencia de la reina Mª Cristina).  Su legado nos invita a reflexionar sobre los peligros de la intolerancia y la persecución en nombre de la fe.

 

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