En esta época y en el territorio que nos ocupa, la guerra entre musulmanes y cristianos era una lucha por el control del terreno sin destruir al enemigo, del cual se sacaban sustanciosos impuestos, “Yizia” los musulmanes y posteriormente “Parias” los cristianos. Aun así los cristianos continuaron con un progresivo y lento avance hacia el sur, con choques y razias, pero salvo excepciones sin llegar a un enfrentamiento total entre los contendientes.

Esta batalla resulta un hecho excepcional y único a lo largo de la época medieval, pues los enfrentamientos en batalla campal eran muy arriesgados, ya que jugándose todo a cara o cruz un monarca podía destruir las fuerzas enemigas o perder las vidas de sus hombres, la suya propia, e incluso el reino en un combate de resultado incierto. La particularidad de las Navas radica en que fue el resultado de una iniciativa (la del rey castellano) buscada con ahínco como medio para dirimir un conflicto.

Los motivos que llevaron a este enfrentamiento están bastante claros, por un lado está el territorial, la lucha entre Castilla y el imperio Almohade por un espacio que les hiciera seguir avanzando en sus ansias expansionistas (de ambos). Con la particularidad de que los castellanos al igual que los leoneses se consideraban herederos del antiguo reino visigodo, reclamando un terreno que consideraban suyo por herencia frente a los invasores musulmanes, en especial almorávides y almohades de origen bereber. El último motivo y no menos importante fue el religioso, plasmado en el concepto de “guerra santa”, “cruzada” en el lado cristiano y “yihád” en el musulmán.

Pero además es posible que en el lado castellano hubiera un espíritu de revancha o de venganza por la dolorosa derrota sufrida en Alarcos.

Cristianos y musulmanes tenían dos formas distintas de plantear una batalla. Al igual que ocurría en Tierra Santa, el fuerte del ejercito cristiano era la caballería pesada, hombres blindados de arriba abajo, montados a la brida (con el estribo largo y literalmente clavados en sillas de arzón alto a su poderoso caballo), que en una carga frontal percuten como un martillo arrasando todo lo que encuentran a su paso.

En cambio los musulmanes plantean un enfrentamiento distinto, aunque también tienen caballería pesada, su fuerza radica en la caballería ligera, hombres armados con dardos, jabalinas, azagayas o arcos, montados a la jineta (con las piernas dobladas y pegadas a la silla, lo que les permitía un mayor control, más movilidad y velocidad a sus caballos), hostigando constantemente al enemigo con una táctica llamada “tornafuye”, consistente en una impetuosa carga que antes de llegar al contacto con el adversario volvían grupas y aparentaban retirarse, esto hacía que sus enemigos salieran en su persecución y tras un recorrido más o menos largo, los que supuestamente huían se tornaban (de ahí su nombre: tornarse y huir) y se encaraban contra sus perseguidores ocasionándoles numerosas bajas. Esta táctica resultó tan eficaz que acabó adoptándose en los ejércitos cristianos de la Península Ibérica.

En la batalla de las Navas ambos contendientes utilizaron una cantidad de recursos y hombres muy superior a las que había habido hasta ese momento, aunque es cierto que hay que huir de las cifras que las fuentes nos suministran por exageradas.

Antecedentes

Ante la relajación de las costumbres religiosas de los Almorávides,

un nuevo movimiento religioso  nacido en las montañas del Atlas acabaría por triunfar formando un nuevo imperio norteafricano hacia el año 1120, los Almohades (defensores de la unidad), término que procede de «al-muwahhidũn», «el monoteista».

Fundado por Muhammad Ibn Tũmart, líder fundamentalista que aseguraba descender directamente del profeta Mahoma por línea de su hija Fátima, riguroso y reaccionario, hacía hincapié en el carácter único e incorpóreo de Dios y abogaba por el cumplimiento estricto de las normas islámicas, con un programa de reforma moral jurídica y puritana, basada en el estudio del Corán y de la tradición, consideraba a sus seguidores los únicos auténticos musulmanes que habrían de restaurar el Islam en toda su pureza.

A su muerte le sucedió Abd al-Mumin, hombre de confianza de Ibn Tũmart, quien se proclamó califa y se enfrentó a los almorávides que fueron perdiendo terreno mientras que los almohades poco a poco fueron ganando adeptos terminando por dominar el Magreb occidental, poniendo entonces su mirada en Al-Ándalus, donde las disputas entre los reinos de Taifas musulmanes unido a los avances cristianos les animo a pedir ayuda a los almohades, quienes cruzaron el estrecho en 1145 estableciendo su capital en Sevilla.

En el territorio cristiano los cinco reinos peninsulares, Castilla, con Alfonso VIII a la cabeza; León, con Alfonso IX; Portugal, con Alfonso II; Aragón, con Pedro II; y Navarra, con Sancho VII (hay que reseñar que los reyes de León, Castilla y Navarra eran primos), se disputaban entre si territorios y privilegios lo que les llevó a descuidar su avance hacia el sur, frenando la conquista de los territorios en manos musulmanas al firmar treguas con el califa almohade. Finalizados los plazos, Castilla aparcó sus diferencias con León y Navarra y aliándose se prepararon para la guerra.

Ante esto el califa almohade Abu Yusuf Yaaqub al-Mansur, al frente de sus huestes, cruzó el estrecho de Gibraltar y desembarcó cerca de Tarifa, dirigiéndose a Sevilla donde reunió un ejército de 30.000 hombres, entre caballería y peones, mercenarios y tropa regular, entre las que se encontraban las tropas de Pedro Fernández de Castro «el Castellano», quien había roto sus vínculos de vasallaje con su primo, el rey Alfonso VIII, y se había unido a los almohades.

La puesta en marcha del ejército musulmán comandado por el propio califa Abu Yúsuf Yaacub, provocó que Alfonso VIII se decidiera a salir de Toledo sin esperar a los refuerzos navarros y leoneses, dirigiéndose hacia Alarcos en donde acampó esperando a los almohades, el enfrentamiento entre ambos ejércitos se produjo el 19 de julio de 1195 sufriendo las huestes castellanas una derrota sin paliativos, Abu Yusuf regresó a Sevilla para restablecer sus numerosas bajas y tomó el título de “al-Mansur Billah(el victorioso por Alá).

Las consecuencias de la derrota fueron muy importantes, los almohades avanzaron significativamente volviendo a poner la frontera en el río Tajo, desde Portugal a Cataluña, además las consiguientes pérdidas de las importantes fortalezas de Malagón, Benavente (Ciudad Real), Calatrava, Caracuel y Guadalerza, dejaban a los almohades despejado el camino hacia Toledo.

Solamente el castillo de Salvatierra, junto a Sierra Morena fue la excepción, al ser recuperado por los caballeros de la orden de Calatrava (nombre derivado de su sede la fortaleza musulmana “Kalaat Rawat” junto al río Guadiana, en la confluencia de los caminos entre Toledo, Córdoba y Mérida), quienes en un audaz golpe de mano, cuatrocientos caballeros-monjes y setecientos peones-legos, tomaron el castillo, fortificándose en él y adaptándolo a sus necesidades, desde Salvatierra hacían continuas racias sobre el territorio musulmán atacando poblaciones y caravanas, quedando como único y aislado enclave castellano dentro del territorio almohade.

Reconstrucción virtual del castillo de Salvatierra

En el plano político, a la deshonra que supuso la derrota para Alfonso VIII hay que añadir que Castilla quedo aislada, pues tanto León, Navarra como Aragón firmaron pactos con los musulmanes, encontrándose rodeada de enemigos por todas partes, en el sur los almohades amenazando Toledo, al oeste León reivindicaba tierras en el occidente castellano llegando el rey leones a recibir tropas almohades para luchar contra Castilla y en el este Navarra infería para hacerse con La Rioja, la situación era tan extrema que el reino estuvo a punto de desaparecer, sólo el rey Alfonso II “el Casto” de Aragón le ayudó y a su muerte la llegada al trono de Pedro II de Aragón supuso un cierto alivio, ya que el nuevo rey aragonés firmó un tratado con Alfonso VIII, aliándose ambos contra un enemigo común Navarra.

Al siguiente año Abu Yusuf volvió a atacar Castilla por el occidente para unirse con sus aliados leoneses, conquistó Montánchez, Trujillo y Santa Cruz, asoló Plasencia y cruzando el Tajo llegó a las proximidades de Talavera y Toledo, donde arrasaron sus territorios aunque no consiguieron conquistarlas. Todo ante la impotencia castellana que solo pudo reaccionar tras la retirada de los almohades, entonces Alfonso VIII junto Pedro II de Aragón emprendió una campaña contra León que le llevó hasta Astorga.

En 1197 los almohades regresaron en una razia hasta Madrid al enterarse el califa que el monarca castellano se encontraba allí. La plaza defendida por Diego López de Aro resistió, pero los almohades asolaron los valles del Henares y del Jarama regresando por el este, haciendo lo mismo con Huete, Uclés, Alarcón y Alcaraz, obligando a los cristianos a levantar el sitio que habían puesto a Cuenca.

Mientras, en el norte de África las revueltas de los Banu Ganiya en la lejana Ifriquiya (Túnez), vinieron a echar una mano a Alfonso VIII que firmó una tregua de cinco años con el califa, asegurando así la frontera sur de manera que pudo centrarse en los conflictos con sus vecinos, mientras su aliado Pedro II continuaba expandiendo el territorio de Aragón a costa del territorio almohade.

La Castilla de Alfonso VIII, tardó una generación en recuperarse de la derrota de Alarcos, pero una vez consolidadas sus fronteras con León y Navarra, rompió las treguas firmadas con los almohades comenzando a hacer razias por tierras de Baeza, Andújar y Jaén, llegando en sus correrías hasta Játiva.

El califa Muhammad an-Nasir (al-Nasir), más conocido por los cristianos como Miramamolín, deformación del título árabe Amir al-Mu’minin o Príncipe de los Creyentes, respondió como era de esperar convocando la “yihad” o guerra santa. Reúne un numeroso y variopinto ejército en Marrakech y tiene clara su estrategia: acabar de una vez con la amenaza cristiana.

Para lo que ideó una estrategia ganadora, lo haría casi sin luchar, apoyado en su superioridad numérica cruzaría el estrecho y tras sumar un nutrido contingente de guerreros andalusíes a su hueste, esperaría a que el ejército cristiano cruzara Sierra Morena, al estar este muy lejos de sus bases de aprovisionamiento y una vez desgastado, confiaba en que el terreno, el clima y el hambre harían mella en él y que muchos acabarían desertando, como así sucedió, momento en el que caería sobre ellos envolviéndolos y dándoles el golpe de gracia.

Como primer objetivo se fija en el castillo de Salvatierra, fortaleza berroqueña que como hemos dicho era de enorme valor estratégico, llave de Al-Ándalus, que defiende un paso natural clave en la zona. Es un enclave cristiano infiltrado dentro del territorio musulmán a más de un día de camino de la frontera y defendido por los enemigos más odiados, los monjes guerreros, los caballeros Calatravos, quienes habían construido una iglesia cuya campana sonaba llamando a misa entre las voces de los almuédanos que llaman a la oración, al más puro estilo de guerra psicológica.

Miramamolín pone sitio a Salvatierra y planta su campamento en el llano, pero los caballeros calatravos están hechos de una pasta especial, su Maestre frey Ruy Díaz de Yanguas, arengó a su hermanos y abriendo las puertas de la fortaleza galoparon en perfecta formación lanza en ristre contra los musulmanes, los sorprendidos almohades no se creen lo que esta pasando, un muro de hombres y caballos cubiertos de hierro se les echa encima desbaratando el centro del campamento, volvieron grupas y cargaron de nuevo mientras la caballería ligera almohade se rehacía e intentaba darles alcance, cabalgaban a pleno galope de regreso a Salvatierra, donde el rastrillo de la fortaleza se abría ofreciéndoles su protección, entonces un grupo de caballeros frenando sus monturas dio la vuelta y cargó contra los perseguidores sacrificándose en favor de sus hermanos.

Los monjes-guerreros pidieron ayuda al rey Alfonso quien ante la imposibilidad de socorrerles, bien aconsejado y con la lección de Alarcos aprendida, no picó el anzuelo que le tendía Miramamolín y les dio permiso para entregar la plaza. Tras 51 días de asedio, los calatravos capitulan tras negociar la salida de los supervivientes junto con sus bienes.

Miramamolín deja una guarnición en Salvatierra y regresa a Sevilla.

Curiosamente la resistencia de Salvatierra fue muy importante para los cristianos, pues gracias a ella y a la indisciplina de su variopinto ejército, an-Nasir ya no pudo realizar la campaña contra Castilla ese verano de 1211, lo que hizo ganar un tiempo precioso a los castellanos.

Pero además la perdida de Salvatierra fue un toque de atención a los demás reinos cristianos, pues fue entendida como una recuperación del Islam, lo que les hacía suponer que los siguientes en el objetivo almohade serian ellos.

Comienza la partida

Alfonso VIII, había decidido jugárselo todo en un choque frontal

que le diera la victoria o le hiciera sucumbir lavando de esta manera la afrenta sufrida en Alarcos, pero para ello necesitaba un poderoso ejército de manera que solicitó ayuda al papa que ahora si vio en peligro a la cristiandad.

Gerardo obispo electo de Segovia, logró la bula de cruzada que suponía la concesión de la gracia para los participantes en la campaña fijada para la primera octava de Pentecostés. Pero la bula no solo implicaba el perdón de los pecados a los que lucharan en ella, también la excomunión a los que atacaran a Castilla que gracias a esto se cubría las espaldas.

Alfonso VIII escribió una carta personal a su consuegro el rey de Francia, Felipe Augusto, pidiéndole su participación, pero el monarca francés no hizo caso de ella. Lo que sí consiguió esta bula es que un contingente de caballeros “ultra montanos” llamados así al provenir de más allá de los Pirineos, se apuntaron a la cruzada motivados por el perdón de sus pecados y la promesa de botín.

De Gascuña y Poitou llegó un gran número de nobles y prelados como el arzobispo de Burdeos y el obispo de Nantes; de la Provenza acudió el arzobispo de Vienne con otros magnates y junto a ellos acudió el arzobispo de Arnaldo Amalric (Amalarico) de Narbona con gran número de gente armada. Amalric de camino hacia Toledo pasó por Navarra, intentando convencer a Sancho VII de Pamplona, pero este se negó a apoyar al castellano ante las reclamaciones territoriales que tenía contra él y la obligación a la que le ataban los tratados firmados con los almohades.

Tampoco el monarca leones Alfonso IX se presentó, pues todavía tenía litigios con el rey castellano, territorios, castillos y plazas que le reclamaba y ponía su entrega como condición para prestarle ayuda, de hecho aprovechó para atacar fortalezas arrebatadas anteriormente por el rey de Castilla.

Alfonso II de Portugal, se excusó para no asistir debido a la guerra que mantenía con el rey leonés por la posesión de plazas fuertes fronterizas entre ambos reinos, alegando que no podía distraer fuerzas de la defensa de dichas plazas por miedo a ser atacado por Alfonso IX.

Pero ambos reyes no impidieron que caballeros leoneses y portugueses acudieran a la llamada del rey castellano, tal y como ordenaba el papa evitando de esa manera la excomunión.

El que no faltó fue Pedro II de Aragón, aliado fiel de Alfonso. Llegó acompañado de los obispos de Barcelona y Tarazona y otros nobles aragoneses y catalanes.

Por último acudieron a la llamada de su rey todos los nobles castellanos, los caballeros de las ordenes de Santiago, Calatrava, Hospital y Templarios, más las milicias concejiles formadas por peones ballesteros de infantería y la caballería Villana, conocidos como caballeros Pardos por el color de su indumentaria. Estas milicias se nutrían de las poblaciones de las ciudades, pueblos y villas que debían prestar al rey un número de gente armada cuando este necesitara de ellas, de acuerdo al deber de auxilium que contraían dichas poblaciones en sus fueros.

Finalmente y sin saber por qué, ya con la expedición puesta en marcha, Sancho VII de Navarra cambió de idea y acudió al frente de 200 caballeros, según las fuentes.

De toda esta hueste se encargó la figura por excelencia de este conflicto, el arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, él fue el portador de la carta del monarca castellano al rey de Francia, él se había ocupado de ir a Roma a pedir ayuda al papa Inocencio III, y él fue el encargado de recoger la bula de cruzada de sus manos y de predicarla por Italia, Alemania y Francia, ganando adeptos para su causa.

En una época en donde la intendencia no existía, Rodrigo Jiménez de Rada se encargó de armar, aprovisionar y organizar a tan numeroso y variopinto ejército, pues todo este nutrido grupo de caballeros y peones se fue agrupando en Toledo, ciudad a la que crearon muchos problemas, agravados porque el rey Alfonso se hacía cargo de los gastos de la cruzada y muchos caballeros franceses venían sin armas, siendo armados aquí, lo que suponía un gasto extra para las arcas reales, pero además fueron un constante foco de discordia pues no comprendían la convivencia existente en tierras hispanas con judíos y mudéjares que se vio alterada cuando atacaron a miembros de ambas comunidades, por ello el rey trasladó su campamento a las afueras de la ciudad.

El ejército se puso en marcha el 20 de junio de 1212, la vanguardia capitaneada por Diego López de Haro y compuesta por los caballeros ultra montanos llegó cuatro días después ante la fortaleza de Malagón, tras ponerle sitio fue conquistada por los cruzados franceses que sin dar tregua a sus ocupantes, pasaron a cuchillo a todos los defensores y habitantes de la fortaleza y se hicieron con el botín que en ella encontraron.

Esto no gusto al resto del ejercito cristiano, empezando por el propio López de Haro; la tradición hispana solía conceder treguas y pactar la entrega de la plaza a cambio de las vidas de los ocupantes. Ante la reprimenda, los franceses indignados hicieron un primer intento de abandonar la cruzada, siendo convencidos para quedarse.

El siguiente paso fue el castillo de Calatrava al que también sitiaron, en esta ocasión Alfonso no dejó a los ultra montanos atacar y tras negociar con los sitiados, estos entregaron la plaza. Esta fue la excusa perfecta para que los caballeros franceses abandonaran en su mayoría la campaña, pues al no dejarles asaltar la fortaleza perdieron la mayoría del botín, ya que como era costumbre sus habitantes salieron con sus pertenencias, pero también se quejaron del excesivo calor de la llanura manchega en verano alegando que les hacía sufrir mucho, por lo que el 3 de julio abandonaron la hueste cristiana, solo quedaron unos pocos a las órdenes del obispo de Narbona.

Duro golpe para el ejército cristiano pues no solo era un número considerable de hombres (unos 3.000), si no que eran profesionales, hombres que vivían por y para la guerra. La fortaleza de Calatrava fue devuelta a sus antiguos dueños los monjes-guerreros que volvieron a adoptar su nombre y se continuó hacia el sur, evitando eso sí poner sitio a Salvatierra, la cual pasaron y dejaron atrás.

En el lado musulmán también había problemas, pues a la indisciplina general había que sumar la indignación de los capitanes andalusíes ante la ejecución de Ibn Qadis, defensor de Calatrava, decretada por el califa en vísperas de la batalla por haber entregado la fortaleza. Esta acción tendrá sus consecuencias más adelante.

Pero an-Nasir está tranquilo, conoce perfectamente a su enemigo y sabe que un ejército tan grande tendría muchas dificultades para atravesar Sierra Morena, pues solo tiene dos vías por donde pasar hacía el sur: el antiguo paso prerromano “Saltus Castulonensis” y el paso del Muradal y decide esperar con su ejército en Jaén. Cuando por fin le confirman que los cristianos avanzan por el paso del Muradal, se prepara.

Primero toma las cotas altas poniendo guarniciones en ellas, después aplica una política de tierra quemada, contaminando pozos, arrasando con todo vestigio de comida que hubiera en la zona de manera que los cristianos al atravesar el embudo del Muradal (el paso solo permitía el entrar dos caballos a la vez), quedarán exhaustos y sin suministros. Hay que tener en cuenta que cada caballero llevaba dos caballos, un “palafrén” o caballo ligero para viajar y un “destrero” o caballo de guerra, más grande fuerte y pesado con el que entraban en combate. El consumo diario de un caballo de guerra era: 14 kilos de pasto, 5 kilos de avena y 35 litros de agua.

Un contingente de 1000 jinetes necesitaba 1.620 toneladas diarias sólo para las monturas. Una carreta podía cargar 500 kilos (aunque en esta época se utilizaban mulas mayoritariamente). Para estas montas fueron necesarias 3200 carretas, las cuales componían un rastro de 20 kilómetros de largo, que representa una jornada de camino y esto es solo para los animales.

Miramamolín había acertado de pleno con su táctica.

Cuando los cristianos se adentran en el camino del Muradal aparece Sancho VII de Navarra, que tras los ruegos del obispo de Narbona ha decidido ir, pero no con todo su ejército sino solo con doscientos caballeros (acompañados de sus escuderos). Con tan escaso número de hombres es como si el rey fuera a ver qué es lo que ocurría y ya decidiría sobre la marcha.

López de Haro avanza en vanguardia encontrándose con que an-Nasir les está esperando, el paso está cerrado. Con el ejército bloqueado por los musulmanes debían de avanzar en orden de batalla, es decir armados de arriba abajo con las armaduras puestas (los caballeros cuando se desplazaban llevaban sus armas y armaduras quitadas transportándolas en mulas), hay que imaginar lo que esto significa en pleno verano y sin agua.

Tal y como pensaba el califa aparecen las disensiones, en un ejército tan variopinto y con varias cabezas, surgiendo voces discordantes que no ven futuro a la campaña, pero una vez allí regresar sería un suicido por lo que finalmente prevalece la posición de continuar de Alfonso VIII.

Es en este momento cuando aparece la figura del pastor Martín Alhaja (mitificada e incluso santificada posteriormente, supuesto origen del linaje de Cabeza de Vaca). Hoy día históricamente se piensa que era un andalusí de los que hemos visto que estaban disconformes con los almohades y que conoce perfectamente la zona, revelando un paso seguro no controlado por los musulmanes por donde puede atravesar la hueste.

Pero estamos en campaña y las dudas son razonables pues puede ser una trampa, reunidos los reyes, obispos y nobles en consejo deciden enviar de nuevo a  López de Haro con Martin Alhaja como guía a investigar, encontrando tal y como decía el pastor un camino transitable y sin enemigos enfrente.

Rápidamente durante la noche el ejército cristiano atraviesa el paso y asienta su campamento en un lugar hoy llamado Mesa del Rey, comenzando a prepararse para recibir el embate almohade.

Al amanecer An-Nasir debió de ver con sorpresa como de repente el ejército cristiano ya no está frente a él sino que ha cruzado, y aquí comete su primer error, no ataca mientras los cristianos todavía están terminando de cruzar y todavía no se han preparado para el combate, simplemente mueve su campamento situándolo en lo que hoy es el cerro de los olivares. Esto le da unas horas preciosas a los cruzados permitiéndoles descansar y prepararse.

A la vista de las hogueras encendidas del campamento almohade, escuchando sus cantos y sus rezos, esa noche los cristianos son conscientes por primera vez de a que se enfrentan. Nada aviva más el miedo de un hombre que la visión de una multitud pertrechada para acabar contigo, pero son hombres duros, curtidos en la frontera y cuentan con la bendición papal.

Al día siguiente el 15 de julio, an-Nasir se prepara en orden de batalla y envía columnas de caballería y arqueros para que hostiguen a los cristianos en sus posiciones, pero salvo pequeñas escaramuzas sin importancia la hueste cristiana no se mueve. Aquella noche el consejo de los tres reyes decide que lucharan al día siguiente y se da la orden de prepararse para el combate.

Al amanecer el ejército cristiano está formado en tres líneas paralelas ocupando la llanura, cada línea a su vez estaba dividida en tres cuerpos, en el centro se situó Alfonso VIII con su nobles, los prelados y la flor y nata de la caballería castellana; a su izquierda, las de Aragón con Pedro II al frente y a la derecha los navarros de Sancho VII el Fuerte, ambas alas habían sido reforzadas con tropas de varios concejos castellanos.

Como hemos dicho cada uno de estos cuerpos estaba a su vez dividido en tres líneas ordenadas en profundidad, en la vanguardia comandada como siempre por Diego López de Haro, Alfonso puso a sus milicias concejiles, pero insertando a los caballeros Pardos entre los caballeros de las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Hospitalarios y Templarios, esta medida demostró ser un acierto, al fijar una tropa poco profesional entre los más bravos y curtidos caballeros participantes en mil batallas, algunos de los cuales incluso habían estado en las cruzadas de Tierra Santa y cuyo juramento les impedía rendirse, reforzó la línea.

En la medianera puso lo mismo junto con los caballeros ultra montanos que se quedaron y en la retaguardia los tres reyes con sus caballeros.

Así pues, cuando llegó el día del combate, con el ejército reunido y en formación de batalla, los sarracenos, confiados en su número, gritaban a grandes voces –como es su costumbre y permanecían impasibles ante el estrépito de sus gritos y sus trompetas, para dar temor a los enemigos y valor a los suyos. Al ver Alfonso a los suyos amilanarse ante la pujanza de los enemigos, les recordó lo que Salustio dice en su Catilinaria:«En un combate el mayor peligro lo corren siempre los más temerosos. A nosotros, soldados de Cristo, el valor nos servirá de muralla, la esperanza de amparo, la gloria de victoria, la justicia de convicción en la victoria». Y añadió:«Que no os asuste el griterío de los enemigos: quienes hablan mucho por su boca guardan el miedo en su corazón».

Imitaba Alfonso las palabras de Alejandro Magno, quien, según refiere Quinto Curcio, justo antes de enfrentarse a Darío, en una situación similar se dirigió a sus atemorizadas tropas de esta manera: «¿Por qué os espantáis ante el griterío de estos bárbaros, que es testimonio de su temor y no una prueba de su arrojo? Pues los perros más desventurados tienen por costumbre ladrar más cuanto más les fallan las fuerzas».

Cuando terminó de hablar, fortalecidos todos en el Señor, se lanzaron contra los sarracenos”. 

En frente, an-Nasir presentaba también tres cuerpos pero dispuestos en forma de media luna, su objetivo es atacar por las alas hostigando a los caballeros para desbaratarlos y así envolver al ejército. Ambas alas estaban formadas por la caballería ligera, hombres muy valiosos y diestros arqueros en el arte de disparar montados a caballo.

En el centro de la luna pone por delante a las tropas más fanáticas religiosas, gente que ha acudido a la llamada de la Yihad y que lo dará todo porque aspiraban a ganar el Paraíso.

Inmediatamente detrás, líneas de infantería pesada y ligera, en las puntas de la luna, como hemos dicho, su famosa caballería ligera dispuesta para envolver al enemigo y por último la famosa “guardia negra”, los Imesebelen (los desposados), una tropa que era reclutada o raptada desde niños en el centro de África y a los que se les adoctrinaba para que su vida entera fuera por y para el califa, autentica tropa de élite, diestros en el manejo de las armas y en el combate que formaban su guardia personal al igual que sucedería más tarde con los Jenízaros turcos.

Mucho se ha especulado con la guardia negra, diciendo que se anclaban al suelo encadenados e incluso enterrados hasta la rodilla. Esto no tiene sentido, nadie deja sin ninguna posibilidad de movimientos de defensa o ataque a sus mejores hombres ya que quedarían a merced del enemigo, y menos cuando su misión era defender la vida del califa que se situaba justo detrás de ellos dentro del palenque, una pequeña empalizada que había mandado construir: “Se plantó la tienda roja, dispuesta para el combate, en la cumbre de una colina. Al-Nasir vino a ocuparla y se sentó sobre su escudo con el caballo al lado; los negros rodearon la tienda por todas partes con armas y pertrechos. La zaga, con las banderas y tambores, se puso delante de la guardia negra con el visir Abu Sa’id ben Djami.”  Ibn Abi Zar (Rawd al-qirtas “El Jardín de las Páginas”).

El primero en hacer un movimiento es an-Nasir que lanza a su caballería ligera contra las líneas cristianas, su objetivo, como siempre es hostigar con el clásico tornafuye pero aquí se encuentra con un problema, el terreno, desigual y montañoso y de escasa visibilidad hace que esta táctica sea inviable, por otro lado los cristianos ya conocen esa táctica por lo que seguramente prepararían tropas de infantería para frenar a esta caballería ligera y evitar así que los envolvieran.

Entonces los reyes ordenan a la vanguardia que avance, López de Haro pone en marcha a sus caballeros y ese bloque compacto formado por animales y hombres blindados comienza a avanzar.

Las cargas de caballería que estamos acostumbrados a ver en las películas son impactantes pero no reales, un caballo cargado con su caballero armado tiene una resistencia limitada, el avance se hace al paso recorriendo de esa manera la distancia que le separa del enemigo hasta tenerlo a la vista (unos 100m) y entonces cargar.

Cuando el campo desaparece bajo la nube de polvo que levantan los caballos, el califa ordena avanzar a su primera línea, el choque es brutal, los cristianos arroyan a los fanáticos almohades que sin embargo consiguen su objetivo, ralentizar la carga de la vanguardia cristiana. Inmediatamente an-Nasir ordena avanzar a su segunda línea, la infantería pesada, que chocan contra la caballería en un cuerpo a cuerpo brutal, con tal empuje que la caballería comienza a ceder.

Viendo esto, los reyes ordenan avanzar a la línea central al mando de Gonzalo Núñez de Lara, que carga por detrás de la vanguardia y consigue avanzar el frente haciendo retroceder la segunda línea almohade, pero el califa envía nuevas líneas de infantería que frenan a los cristianos envueltos en un frenesí de golpes, mazazos, tajos y sangre. Entonces para empeorar las cosas se corre la voz por el frente cristiano que López de Haro ha dicho que hay que retirarse, esto hace cundir el pánico entre las filas cristianas que flaquean y retroceden ante el empuje islámico.

Desde arriba los reyes ven alarmados lo que está sucediendo y de momento no saben qué hacer, no reaccionan. An-Nasir también lo ve, ve que más de la mitad del ejercito cristiano ya está comprometido en combate y que comienza a estar superado por el suyo que está prácticamente entero, en su mente tuvo que aparecer una imagen emulando a su padre y dando el golpe de gracia a los cristianos, debió de pensar “he ganado la batalla” y entonces cometió su último y gravísimo error, dio la orden de perseguir.

A lo largo de la historia las mayores victorias se han producido cuando un ejército persigue a otro en retirada, produciendo masacres sin cuartel, pero esa orden se da solo cuando la victoria es clara y esta consumada, porque cuando se da esa orden tus líneas se rompen dejando de ser una formación compacta y se lanzan en desorden contra el enemigo pensado solo en una cosa, el botín, pero aquí los cristianos aunque retrocedían lo hacían ordenadamente, dejándose la piel en cada palmo de terreno, la batalla aún no había terminado.

Alfonso VIII se ve perdido por completo, no puede volver a permitirse volver derrotado por segunda vez, su honor quedará mancillado por siempre y Castilla comprometida ante tan poderoso enemigo. Decide lanzarse a la carga y morir en la batalla, según la crónica, el rey dijo al arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada: “Arzobispo, vos y yo aquí muramos”.

Pero ya hemos dicho que en el campamento cristiano hay varias cabezas y la del rey castellano solo es una de ellas, en un rápido consejo se decide que en vez de lanzar toda la caballería, solo enviaran a la mitad, dicho y hecho, la mitad de la caballería que quedaba, lo más granado de los reinos cristianos se lanza colina abajo. En el campo de batalla los cruzados hacen lo que pueden ante el empuje brutal de los almohades, cuando de repente la tierra comienza a temblar detrás suyo, los musulmanes que ya se las prometían felices cargados de botín, ven como otro martillo de hierro se les echa encima, pero en este momento no son un frente impenetrable, sus líneas desordenadas no pueden presentar un frente compacto. La suerte cambia de bando.

De nuevo y por tercera vez se produce el brutal choque en el que es de suponer que incluso hubiera daños colaterales, pero la carga es tan arrolladora que los musulmanes totalmente desorganizados comienzan a caer y entrando en pánico huyen en un sálvese quien pueda. Esta última carga tiene otra consecuencia, los cristianos que estaban comprometidos en la contienda se ven liberados de la presión, se reorganizan y se suman a ella, es como una gran bola de nieve que crece arrasando allá por donde pasa. Todo está perdido para el ejército almohade que huye en desbandada.

Además en el campo musulmán están sucediendo más cosas, los andalusíes viendo lo que ocurre y disgustados como estaban con el califa almohade por la ejecución de su capitán, se retiran del combate: “huyeron los caídes andaluces con sus tropas, por el odio que había en sus corazones contra al-Násir, a causa de la muerte de Ibn Qadis y de las amenazas que les había dirigido Ibn Djami”. Ibn Abi Zar (Rawd al-Qirtas. “El Jardín de las Páginas”).

An-Nasir, desde el palenque observa el desastre, se da cuenta de que ha perdido la batalla y se marcha.

Ante el cambio de rumbo que ha tomado la batalla, ahora sí los tres reyes se lanzan a la carga y  haciendo una tenaza sobre el campamento musulmán llegan hasta el palenque en el que su propietario ya no estaba, pues se había retirado junto con la mayoría de su guardia negra.

Hoy se sabe que tampoco fue el gigante Sancho VII (medía entre 2,28 y 2,31 metros de altura), el primero en llegar al palenque. A través del estudio del campo de batalla y ubicado el lugar del palenque de Miramamolín por historiadores y arqueólogos, viendo donde se produjo la mayor concentración de proyectiles y de armamento que se ha encontrado, no es por el flanco de Sancho VII, por donde entran los cruzados sino por el de Pedro II, allí es donde la batalla es más encarnizada hasta tomar el palenque.

Celebración de los reyes cristianos

Con la huida de an-Nasir y sin una cabeza que lo lidere, el resto del ejercito almohade huye perseguido por los cruzados que provocan una gran mortandad, quedando la victoria en manos cristianas cuando todo hacía pensar justo lo contrario. El botín conseguido fue enorme, había gran cantidad de oro, plata, joyas, telas preciosas, y todo tipo de armas y animales, entre los que se encontraban diferentes tipos de animales de carga, incluidos camellos.

La batalla había terminado pero la campaña no.

Tras la derrota los restos del ejército almohade se dispersan en todas direcciones, pero todavía sigue siendo un contingente poderoso a tener en cuenta. An-Nasir en su retirada llega a Baeza, en donde la población le pide consejo pero él solo se detiene para cambiar de caballo y continuar hasta Jaén, de aquí partirá hacia Sevilla para regresar más tarde a Marraquech.

Los cristianos entierran a sus caídos dejando los cuerpos de los enemigos diseminados por el campo de batalla y tras dos días de descanso emprenden la persecución de los restos del ejército almohade, persecución en la que ya no estarán ni Sancho VII, que una vez cumplido el ordenamiento papal se retira saqueando la zona, ni Pedro II que obligado por sus nobles hace un poco lo mismo.

Pero Alfonso VIII si quiere sacar rédito a la victoria y se pone en camino haciéndose con distintas fortalezas hasta llegar a Baeza, la cual encuentran desierta y prosiguen hasta Ubbadat al-arab, Úbeda, poderosa ciudad rodeada de imponentes murallas, que contaba con un importante alcázar, en ella se ha refugiado una parte del ejército almohade más las poblaciones de las ciudades por donde han pasado en su retirada.

La plaza fue cercada por los cristianos y sus defensores deciden negociar, a lo que el rey se apresta pero Jiménez de Rada, Arnaldo Amalric, así como distintos nobles se niegan y rendida la plaza pasan a cuchillo a la guarnición y esclavizan a la población: “Rades de Andrada, el cronista de la Orden de Calatrava habla de un millón de oro “… que no parece posible juntar en aquel tiempo, ofreciendo también quedar por vasallos del rey por los días de su vida y por pagarle cada año su tributo. Y aunque el rey quisiera aceptar esta partido, los Arzobispos de Toledo y Narbona lo estorbaron con excomunión que al rey pusieron si hiciese pleitesía con los moros…

mandó combatir a los moros del alcázar y aunque ellos se defendieron valerosamente, fue entrada en el octavo día después de la batalla, a los veinte y cuatro de Julio de 1212. Y el primero que subió al muro fue un hijosdalgo llamado Eslava. Todos los moros de Úbeda fueron cautivos y repartidos entre los caballeros así de ordenes como seglares, y tomándoles todas sus riquezas, y la villa se derribó por el suelo.” Ginés de la Jara Torres Navarrete. Historia de Úbeda en sus documentos. Tomo I.

Y aquí sí que se termina la campaña castellana pues el ejército almohade ya no existe, pero no es la única razón, las enfermedades empiezan a aparecer en el ejército cristiano haciendo que este regrese a Castilla.

Principio del fin del islam en la península

Aún los almohades recuperarían varias plazas pero ya sin fuerzas para seguir avanzando hacia el norte. Mientras los reinos cristianos tenían sus propios problemas, a la peste hay que sumar el fallecimiento de los reyes, las crisis dinásticas y minoría de edad de sus sucesores de manera que no será hasta que Alfonso IX de León y más tarde Sancho II de Portugal, Fernando III de Castilla y León y Jaime I de Aragón, cuando aprovechando la debilidad de los territorios musulmanes, se lanzaran campañas sucesivas contra las tierras al sur de sus reinos haciéndose con ellas. 

La batalla de las Navas de Tolosa no fue una batalla decisiva como, por ejemplo, la de Guadalete que supuso el final del reino visigodo, pero si fue un punto de inflexión que marcó el principio del fin del poderío musulmán en la península.

El descalabro para los musulmanes fue tremendo, Castilla volvía a tener en su poder todas las fortalezas que había perdido tras la derrota de Alarcos, colocando de nuevo la frontera en Sierra Morena, la llave para conquistar el resto de Al-Ándalus. De estar a punto de desaparecer adquirió una posición de preeminencia sobre los demás reinos cristianos que no será discutida por ninguno de ellos, reforzada tras su unión con León, bajo la corona de Fernando III “el Santo”.

El califato almohade, convertido en un gigante con los pies de barro, poco a poco se fue diseminando hasta terminar desapareciendo, lo que llevó a una nueva “fitna” (guerra civil) entre los musulmanes. Las nuevas taifas muy debilitadas no pudieron resistir el avance cristiano que se produjo en los años siguientes quedando reducidas al reino nazarí de Granada, que permanecerá como feudatario de Castilla hasta su conquista por los Reyes Católicos.

La importancia de la victoria en las Navas, no radicó en grandes conquistas, ni en el avance cristiano hacia el sur de la península, ni tan siquiera en la caída de un imperio, su importancia fue la modificación del “Status Quo” establecido hasta ese momento, que poco a poco daría paso a un nuevo orden que culminaría en 1492.