“Las Fallas o Antorchas, recuerdo vivo de la antigua tradición de los carpinteros, que quemaban frente a sus talleres los desechos de madera de sus trabajos, y trastos viejos e inservibles, ha ido cargándose en su medular expresión de sentido irónico, satírico, y burlesco, hacia los políticos, obispos, personajes protagonistas de sucesos y situaciones componentes de la sociedad en el transcurso de los tiempos. “

 

Juro que conocí, vi, y escuché, aquello que ahora cuento.

ÉL era el hijo más pequeño del Maestro Fallero.

La fiesta de las fallas comenzó el día preciso de aquel mes de marzo, con lluvias y vientos.

La instalación de aquella falla había sido terminada la noche anterior, como corresponde.

ÉL participó activamente en la construcción y el montaje de aquel monumento, que daba mucho miedo, enorme y amenazante, de papel, cartón piedra, y madera, pintado igualmente por el Maestro Fallero.

A nivel de calle, sobre una plataforma negra y circular, estaban colocados otros personajes, muñecos sombríos de tamaño natural, también vacíos por dentro, como algunos humanos.

Como sucesor formado por el Maestro Fallero, ÉL recorrió las calles con tambor y petardos, despertando a todo el pueblo. Todos le conocían y le perdonaban, salvo algunos que no le soportaban.

La pólvora y la pirotecnia llegaron a esos pueblos con los musulmanes; están presentes en las fallas; no podía ser de otra manera.

ÉL conocía a ELLA desde hacía tiempo; ELLA era musulmana y una niña muy bella; eran muy compañeros; siempre estaban con sonrisas y con diabluras.

ÉL estuvo presente con los demonios en el correfuegos, alrededor de aquella falla y de aquellos muñecos de mirada fija y extraviada. ÉL lanzó artefactos explosivos de gran potencia; alguien ensordeció por ello.

En la visión de la fiesta desmesurada.

ÉL trabajó para el fuego y el humo, y el tableteo de las ristras de petardos, como ametralladoras que matan como risas irónicas, sin piedad. Se huele la pólvora, en la contradicción de la vida y de la muerte.

ÉL brincaba, sin descanso, y saludaba gritando a su amiga.

Faltaba el último día del demencial desarrollo de aquella falla. El día del orden y de la limpieza total. El día de la purificación por el fuego; el de la quema de la falla enorme, con sus muñecos a escala humana.

Era el día de la quema, del desamor y de los pecados. ÉL le dijo a ELLA que comerían juntos, muy juntos, los buñuelos, los del amor y de la paz.

ELLA le contestó, con sonrisas, ilusionada, que después de la quema. ÉL sabía cómo estaban construidos los muñecos, especialmente uno de ellos, único entre todos, sonriente y con un corazón en la mano en un gesto de ofrenda inmóvil y de cartón.

Al amparo de unos instantes de silencio y soledad, entró en aquel muñeco vacío, entre sus propias risas, cómplices con su felicidad. ÉL pensó, dicen, que luego comería aquellos buñuelos, después de la quema .

Sonaron fuertemente los petardos, unidos al colosal monumento; el Maestro Fallero prendió fuego al monumento y a los muñecos.

ELLA menos que nadie sabe qué le ocurrió a ÉL.

ÉL no salió nunca del muñeco quemado.

Los que no le soportaban, rieron a carcajadas.

Dicen que encontraron unos buñuelos quemados entre las cenizas.

El Maestro Fallero dejó su oficio.

Yo vi todo, vuelvo a jurarlo.

 

 

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