Los habitantes de América fueron protegidos desde el principio por las leyes, pues la Reina Católica al recibir a Colón en Barcelona y ver que venía con un grupo de esclavos indígenas preguntó « ¿Qué poder mío tiene el almirante para dar a nadie a mis vasallos? ». Isabel I de Castilla enseguida tomó medidas al respecto y decretó en Sevilla, una Real Provisión el 20 de julio de 1500, por la cual se prohibía la esclavitud… Bartolomé de las Casas “Historia General de las Indias”, sin embargo no se extendieron a los nativos africanos por no ser vasallos del reino.
Desde el comienzo en la historia de la humanidad, la guerra y la esclavitud han acompañado al hombre hasta la actualidad, lacras al parecer imposibles de arrancar de nuestro ser. La península ibérica no fue una excepción, todas las culturas que por aquí pasaron las padecieron, llegando en época medieval a convertirse en moneda de cambio habitual el continuo cautiverio y rescate de esclavos entre cristianos y musulmanes. Esto dio como resultado en siglos posteriores, una sociedad multiétnica donde convivían moriscos, mestizos y negros con cristianos blancos procedentes del norte peninsular, algo poco conocido en la actualidad.
Los afro-hispanos desde el principio se organizaron para luchar por sus derechos fundando cofradías negras como la de Sant Jaume en Barcelona en 1455, la Casa del Negres en Valencia en 1472, o la de San Benedicto de Palermo en Granada en 1501, por no hablar de la más antigua la Hermandad de los negritos de Sevilla, fundada por el arzobispo Gonzalo de Mena y Roelas, hacia 1393, que ha llegado hasta nuestros días y continúa saliendo en procesión en Semana Santa. Estas cofradías ayudaban a su comunidad dando a sus miembros protección frente a las autoridades, sus sedes funcionaban como refugio, hospicio y alojamiento, proporcionando atención médica y legal para negociar los contratos de manumisión a la vez que se recaudaban fondos para liberar al mayor número posible de esclavos, priorizando a aquellos que se encontraban en situaciones de mayor vulnerabilidad. Si algún miembro de las distintas etnias conseguía el suficiente patrimonio o el apoyo de algún noble, su estatus aumentaba considerándolo un igual que la población blanca.
En este punto es esencial reconocer que la mayor parte de la población afro-hispana estaba ligada al sistema de la esclavitud, pero hubo quienes lograron emanciparse, adquirir propiedades, ejercer oficios especializados y desempeñar roles importantes en diversos ámbitos de la vida social y cultural, como Juan de Valladolid, portero de cámara de los Reyes Católicos, conocido como “el Conde Negro”, que en 1475 fue nombrado Mayoral y Juez de los Negros de Sevilla, encargado legal y administrativo de todos los asuntos de la población negra y mulata de la ciudad.
Uno de los personajes más sobresalientes de esta comunidad fue Juan de Sessa, más conocido como “Juan Latino”, esclavo de origen etíope, por haber nacido hijo de una esclava, que había sido comprado de niño a unos negreros portugueses por los duques de Sessa, descendientes del Gran Capitán, en el mercado de esclavos de Sevilla. Como era costumbre en la época toma el apellido de la familia de sus amos “Sessa”, pero le acabaron llamado Juan Latino, “Ionnnes Latinum”, por su conocimiento y dominio del latín, tal y como firmaba sus poemas, apodo del que se enorgullecía y con el que se hacía llamar, describiéndose así mismo de la siguiente manera: «Juan Latino, cristiano, etíope, traído desde Etiopía cuando era niño, esclavo del excelentísimo e invencible Gonzalo Fernández de Córdova, nieto de Gonzalo, el Gran Capitán de las Españas»:.. Epitafios de la traslación de los cuerpos reales – Juan Latino.
Sin embargo su origen sigue siendo un enigma, pues en la época Etiopia era un vasto territorio que iba de un lado al otro al sur del desierto Sahara, lo que hoy conocemos como África Subsahariana, y por etíope se designaba a cualquier persona de piel negra. También se especula que fuese hijo del II duque de Sessa y de Magdalena, esclava africana de la duquesa, que siguió sirviendo a la familia incluso después de ser manumitida (libertada). Pero una tercera teoría lo hace nacer en Baena (Córdoba), sobre 1516, lugar de origen de los Fernández de Córdoba, de padres esclavos procedentes de Guinea.
Fue asignado como paje al primogénito de la familia Gonzalo, hijo de Luis Fernández de Córdoba, cuarto conde de Cabra, y de Elvira Fernández de Córdoba, segunda duquesa de Sessa, única hija del Gran Capitán.
Dos años menor que su paje, se crio junto a él como compañero de juegos, creándose un vínculo de hermanamiento entre ambos que durara toda la vida. Pronto Gonzalo quedó huérfano, ya que doña Elvira falleció en septiembre de 1524 debido a un parto y en agosto de 1526 lo hizo don Luis después de una corta y grave enfermedad. Entonces su abuela María Manrique de Lara Figueroa, duquesa de Terranova y Sessa, viuda del Gran Capitán, dispuso para su nieto una esmerada educación humanista, pero era tal el vínculo entre Gonzalo y Juan, que al parecer el pequeño duque se negó a recibir clases si no estaba presente su íntimo amigo, de esta forma ambos recibieron la misma educación.
Gonzalo entró como alumno en el Colegio Real de Granada; en esta época los pajes no podían acompañar a sus señores en las aulas, solamente cuando no se impartía clase entraban para sentarse en el pupitre de su amo y así evitar que no se le enfriara la silla, lo que nos habla de las condiciones de dichas estancias en invierno y nos da la procedencia de la expresión “vete a calentar la silla”. Pero el interés de Juan por seguir aprendiendo era tal, que de alguna forma se las ingenió junto con Gonzalo, para seguir las clases detrás de la puerta. No sabemos si tomaba notas o consultaba con su amigo las dudas sobre lo dicho en el aula, pero atendía con sumo interés el desarrollo de las mismas, el resultado fue que Juan aprendía con increíble soltura las asignaturas impartidas, causando admiración en los profesores principalmente en Pedro de la Mota, profesor de gramática de la catedral y de la Universidad de Granada. Entonces las obligaciones del cargo obligaron a Gonzalo a separarse de su amigo por largos periodos.
Mientras, el Obispado de Granada pasó a convertir el Colegio Real en Universidad, Pedro de la Mota fue quien se hizo cargo de la Cátedra de Gramática ya que había sido discípulo de Antonio de Lebrija, creador de la primera gramática en castellano. Gonzalo Fernández de Córdoba, había excluido a su esclavo de toda actividad que no fuera el estudio y Juan en principio se decantó por la medicina, pero finalmente optó por las humanidades aprendiendo latín, griego, música, retorica, etc. Dominando con gran soltura no solo el latín sino también el castellano y el griego, fue en este momento cuando le comenzaron a llamar Juan Latino, sobrenombre que como hemos dicho le encanto y adopto.
En 1538 su gran amigo el conde de Sessa, le concedió la libertad y 1546 recibió el grado de Bachiller, lo que implicaba estudiar aparte de la gramática tres años de lógica y filosofía. Todo lo que había aprendido unido a su relación con la nobleza y el clero, pues fue protegido de todos los arzobispos de la época, le sirvieron para relacionarse y dedicarse a la docencia dando clases particulares a los hijos de los nobles y a jóvenes estudiantes al servicio de la Iglesia, en lo que se cree que fue una academia junto al arzobispo Guerrero. Precisamente y gracias a estos contactos conoció a la fue su mujer Ana de Carleval o Carloval, pues lo he encontrado escrito de ambas formas. Ana era hija del licenciado Bernardino de Carleval, caballero Veinticuatro (concejal) y administrador del ducado de Sessa y Terranova. Carleval pidió a Juan que diera clases de música a su hija, y entre clase y clase surgió el romance que culminó en boda; no se sabe si con oposición o aceptación de la familia, el caso es que la pareja fue feliz hasta el final, teniendo como fruto cuatro hijos.
Como vemos la integración de Juan en la sociedad, en la alta sociedad del momento, fue total, se definía continuamente como “cristiano etíope”, lo que no solo fortalecía su identidad, sino que lo distinguía y separaba de los moriscos, identificándose profundamente con los valores de la sociedad española de la época, donde la religión primaba sobre el color de la piel, él mismo repetía que era negro de llamar la atención «como mosca en leche», y según su amo y amigo Gonzalo Fernández de Córdoba, «rara avis in terra» (una rara ave en la tierra). Esto le llevó a implicarse en contra del levantamiento morisco de las Alpujarras, sofocado por el hermanastro del rey D. Juan de Austria, que tenía a Latino en alta estima y al que compuso posteriormente una de sus obras más característica “Austriada Cármine”, como homenaje tras la victoria en Lepanto. Finalmente consiguió el grado de Licenciado en 1556, y un año más tarde la Maestría. Tras la muerte de su maestro y catedrático Pedro de la Mota, recibió la Cátedra de Gramática y de Lengua Latina en la Catedral, lo que le convirtió, rompiendo todos los esquemas del momento, en ser el primer catedrático negro.
Pero el culmen llegaría cuando Felipe II, una vez trasladados los restos de su madre la emperatriz Isabel, al recién construido Monasterio del Escorial, había ordenado trasladar también los cuerpos de sus abuelos y bisabuelos, la reina Juana I de Castilla, su marido Felipe I “el hermoso” y los Reyes Católicos. Tal era la reputación de Latino y la confianza que depositaban en él los regidores de Granada, que el Cabildo le encomendó la misión de convencer al poderoso Felipe, para que no se llevase a sus antepasados. Latino se puso manos a la obra y escribió al rey una obra “De traslatione corporum regalium”. En ella se congratula por el nacimiento del príncipe Fernando, para acto seguido solicitar la merced de que no se lleve a sus bisabuelos, pues ellos son el alma de la ciudad y su deseo fue enterrarse en Granada. Para ello apela a su concepción en Granada, fruto del amor entre sus padres el emperador Carlos y la emperatriz Isabel. A parte de esto y en colaboración con el Cabildo, dispuso la construcción de unas esculturas efímeras para celebrar el nacimiento del príncipe, felicitándose por el nacimiento de un heredero. Su ingenio, maestría e inteligencia tocó la fibra del rey que decidió finalmente dejar a sus abuelos y bisabuelos en Granada, de manera que si hoy podemos admirar la imponente belleza de sus sepulcros en la Capilla Real, es gracias a Juan Latino.
La misma incertidumbre que hay en su nacimiento, existe en su muerte pues se sabe que fue enterrado en la iglesia de Santa Ana y San Gil, pero un incendio destruyó las actas de inhumación, de manera que no sabemos en qué fecha ocurrió, aunque se supone que fue a una avanzada edad.
Juan Latino, aunque históricamente es conocido, su memoria en la actualidad ha sido borrada, cuando está a la altura de los grandes del Siglo de Oro, pues el propio Cervantes le nombra en “El Quijote”: “Pues al cielo no le plugo que salieses tan ladino como al negro Juan Latino”. «Ladino» era el término que habitualmente se asimilaba a los esclavos, judíos, indios etc, y en definitiva extranjeros que hablaban bien el castellano de esta época. Y el gran Lope de Vega, se comparaba con él haciéndose llamar “el Juan Latino blanco” del VI Duque de Sessa.
Desde el siglo XVII existió en Granada una plaza llamada Plaza del Negro en su recuerdo; en el año 2006 pasó a llamarse Plaza del Negro Juan Latino, pero en 2018 se le cambió el nombre que pasó a ser el de Plaza del Centro Artístico. Esta “Damnatio Memoriae”, fue orquestada por un grupito de comerciantes a los que acompañaron personas y asociaciones que imbuidos de ese buenismo que nos rodea hoy, veían que la palabra negro era no solo peyorativa sino xenófoba y racista olvidando quien fue el gran personaje al que se refería, uno de los mejores escritores españoles del Siglo de Oro en lengua Latina. Pero mejor que yo, recomiendo un artículo del Independiente de Granada, escrito por Gabriel Pozo Felguera y que tituló ¿Quién eliminó la Plaza del Negro Juan Latino?
Esto me recuerda una anécdota personal, donde estando en una amena charla con unos amigos en La Habana, Cuba, al comentar yo “ustedes la gente de color”, un gran amigo mío, prieto como el azabache, se volvió hacia mí y me dijo: “tú me has mirado bien chico, yo soy negro ¿y tú de qué color eres?, sonrosao”. No supe responder, era de una lógica aplastante.
Curiosamente esta sociedad de época moderna con todos sus defectos era más tolerante y abierta que la que vino un par de siglos más tarde, por no decir que incluso hoy día, tanto que criticamos tiempos pasados, sin pensar que la sociedad del siglo XVI no se parece en nada ni cultural, ni social, ni en valores a la nuestra.
Latino vivió en un momento crucial donde el humanismo renacentista florecía en una Granada que mezclaba culturas como la islámica, la judía y la cristiana, no exentas de tensiones entre ellas tras la expulsión de los judíos y la posterior conversión forzosa de los moriscos. Su figura trascendió a su tiempo debido a su carácter y talento excepcional que le llevó a romper barreras raciales, sociales y culturales dentro de un contexto renacentista y humanista que permitió excepciones notables, en una época ambivalente, reflejándonos una sociedad que aunque clasista, fue lo suficientemente permeable para permitir que si se daban las circunstancias adecuadas, alguien del estrato más bajo progresara tal y como lo hizo él.
Juan Latino es uno de nuestros mayores representantes de la literatura española, su figura merece ser reconocida y estudiada en los ámbitos académicos junto con los grandes hombres que compusieron aquel siglo que denominamos de Oro, y su memoria debe de ser recuperada, sin vergüenza ni tapujos, no solo en Granada, ciudad en donde vivió y a la que amó, sino en el resto de España, homenaje que le debemos a tan insigne Maestro.
La persona de la imagen no es Juan Latino.