No habrá máquina
que entienda
el peso de una lágrima,
ni el silencio
que precede al primer verso.

No habrá algoritmo
capaz de sostener la herida
que se vuelve luz
cuando el alma decide hablar.

Porque crear
no es ensamblar palabras,
ni mezclar colores,
ni ordenar sonidos.

Crear es recordar.
Crear es arder.
Crear es volver a nacer
cada vez que algo
dentro de nosotros
se atreve a decir:
esto soy.

La máquina calcula,
pero no conoce el vértigo
de quien duda,
de quien ama,
de quien pierde
y aun así escribe.

La máquina imita,
pero no escucha
el pulso que sube desde la tierra
cuando un ser humano
pone su verdad sobre la mesa
como quien entrega un pan recién hecho.

Somos nosotros,
los de carne y memoria,
los que cargamos el fuego.
Somos nosotros
quienes damos nombre al mundo
para que no se deshaga.

Y mientras exista
una mano que tiemble
antes de crear,
una voz que se quiebre
antes de decir,
un corazón que insista
en dejar huella,

ninguna máquina,
por perfecta que parezca,
podrá reemplazar
la belleza indócil
de lo humano.

Porque el arte,
cuando es verdadero,
no se programa:
se respira y se vive.

Autora Julieta Deossa