Cuando las letras se hacen poesía y el viento las recoge lanzándolas al cielo, el mundo cambia, la palabra se hace eco de los pensamientos más profundos que puedan existir, y el valor humano de la misma se vuelve sentimiento.

La poesía es vida, y con ella caminamos por las estrecheces de los días sin luna, y allí, en donde el sol no nos alumbra como cada día, es el instante en que el verso se hace intangible y todo cambia mudando la estructura.

«Golpe a golpe, verso a verso», como diría el maestro Machado, nos hacemos caminantes entre nubes de algodón y parterres repletos de colores y olores. Pero no hay descanso. Las balas se cruzan a nuestro paso, la Parca pasa sin ser invitada a nuestra casa, y la mirada se tuerce ante el papel impoluto y nacarado, que no deja correr la tinta de la pluma, y que al menor error se difumina, haciéndose indescifrable y confusa.

A veces, tan solo a veces, discuto con algún verso y desatornillo un poema como si fuera una persona o algún maquiavélico invento lleno de tuercas, remaches y tornillos. Lo cambio todo —aunque sepa que no puedo— me gusta reparar lo que está roto, y me enfrasco en arreglar las palabras que no tienen sentido, que no tienen solución, que no están al alcance de mi corto entender. Soy un mal enemigo para la poesía, siempre acabo, rindiéndome ante ella, la dejo que me lleve al Parnaso sin poner resistencia, sin emitir la más mínima queja, sin ser yo, para convertirme en ella.

Me gusta recrearme en ilustres poetas, ilustres, pero humildes, como es el caso de Rafael, cuando se enfrasca en una conversación con un poema, en estos versos que encierran tanta exquisitez, titulados «Las paces»:

«Lleguemos a un acuerdo, poema.

Ya no te forzaré a decir lo que no quieres

ni tú te resistirás tanto a lo que deseo».

Un tiempo casi infinito el que recorre mi pensamiento hasta el verso. Un tiempo en el que me impide meditar. Un tiempo que va corriendo en mi contra. Un tiempo entre la ignorancia y las ganas de crear, en el que no puedo parar de crear y crear.

No recuerdo cuando te escribí,

ni tampoco si era sábado o domingo.

Qué pena me da, poema,

que no recuerde tus versos,

ni en donde dejé la pluma para escribir.

Maldita memoria que embrutece mi ser y me obliga a rendirme ante la desidia de un pobre aprendiz de poeta. Ahora, hablo solo, antes, con un poema. ¿Qué seguirá después? ¿Seguiré siendo el guardián de mis secretos o el poeta que perece en un banco cualquiera?

A ese banco que retoma suspiros,

que nos adormece en las tardes del estío,

que se nos antoja frío algunas veces

y que otras, ni nos podemos sentar.

Así es mi banco. El de hierro forjado,

el que está varado junto al estanque

y el que todos los días a la misma hora,

me acoge en silencio y me escucha sin hablar.

Me siento y recapacito. Me vuelvo y Rafael está a mi lado. Asiente con la cabeza. Me mira fijamente sin decir palabra alguna. Su voz me llega y me reconforta. Me dice que me entiende, que a él le pasa lo mismo. Me toma del brazo y caminamos despacio por el parque de El Retiro, perdiéndonos en el verso que fluye a nuestro paso. Respiro y me dejo llevar. El tiempo se ha detenido y mis poemas se juntan con los suyos, y los cuatro nos enfrascamos en una sugestiva composición.

Me he dejado llevar de tu brazo,

he querido ser poema sin conseguirlo,

he abotonado los silencios

y me he sentado junto a ti en una nube.

 

«Y tienes la extensión de tus deseos

y yo no tengo ninguno,

avanzas hacia donde te diriges

sin mirar la mano que te mueve».

 

Soy sencillamente el aliento que me sacude,

la cortina que tapa mis vergüenzas,

el esclavo de las letras escondidas,

el abogado del miedo que me tengo.

 

«¿Para qué este empeño en hacerte a mi imagen
cuando sabes cosas que no sospecho?
Líbrate ya de mí.
Huye sin mirar atrás».

 

Aspiro a llegar a un acuerdo, poema.

Descansar entre tus versos y mis sueños,

sentir que me llegan tus halagos

y que reflejas tu paz en mis dedos.

 

«Lo que muestra es una reiteración
cansada.
Poema,
apártate de mí».

 

Aunque hoy, amigo,

prefiero llegar a un acuerdo

contigo y con el poema.

Así es la poesía, esa magia que te atrae y que es capaz de viajar por nuestros sentimientos sin barreras que coarten la libertad y la belleza suprema.

Buenas noches, Rafael, buenas noches, maestro, buenas noches de este humilde juntador de letras.

Autor José Luis Labad