Naciones Unidas o el caos
Ojalá el tiempo del silencio ciudadano haya terminado.
Ojalá el tiempo del silencio ciudadano haya terminado.
Han pasado 33 años desde que lo escribí, el 25 de febrero de 1984.
El 26 de febrero se congregaron en Los Ángeles las estrellas más brillantes de Hollywood para la ceremonia de los Oscar. El mayor evento del calendario cinematográfico ofreció una distracción muy de agradecer frente a la realidad de un año en que se han cometido atentados contra los derechos humanos en casi todos los países. Tiempos como éste pueden sacar lo mejor de las personas y movilizar a gente de todo el mundo para luchar por lo que es justo.
Amnistía Internacional ha presentado su informe anual 2016/17 en el que se denuncia el riesgo de un efecto dominó a medida que algunos Estados poderosos dan marcha atrás en sus compromisos con los derechos humanos. Es una “Política de demonización” que engendra división y miedo.
El presidente Donald Trump ha dictado varias órdenes ejecutivas relativas a la inmigración, que incluyen levantar un muro en la frontera con México, construir más centros de detención y privar de fondos federales a las ciudades santuario.
Es una evidencia que la discriminación entre géneros sigue imperando hoy en día.
Con motivo del 10 de diciembre, día internacional de los derechos humanos, miles de activistas participan en la campaña #PersonasXPersonas, de Amnistía Internacional, en apoyo a personas en riesgo inminente de violación de sus derechos humanos.
Nestlé, Procter & Gamble y Colgate-Palmolive entre las nueve empresas que siguen usando productos obtenidos mediante explotación infantil.
La victoria de Donald Trump asombró a propios y extraños. Los grandes núcleos urbanos han apoyado a la candidata demócrata Hillary Clinton y la América profunda y rural a Trump. Por eso la imagen que nos trae el día es la de un granjero con peto y estiércol en la botas, acosando a las jovencitas de su pueblo, mascullando contra las gentes de color, xenófobo y racista.
Cuenta una médica siria del hospital de Al Salama, en la ciudad de Alepo y a solo tres kilómetros del frente, que la dolencia más frecuente de los niños que atienden no tiene que ver con lesiones o enfermedades por las condiciones inhumanas en las que viven. Es la enuresis o, dicho llanamente, la incontinencia urinaria que sufren por el terror crónico a los bombardeos.