El acelerado proceso de militarización de Europa en las últimas décadas encamina al continente hacia un callejón sin salida. La guerra Rusia-Ucrania potencializa aún más esta tendencia, multiplica la espiral bélica ascendente y esboza riesgos de consecuencias inimaginables, como el recurso a medios nucleares.
Desmitificando su retórica de continente de paz, el Viejo Mundo es hoy la segunda región más militarizada del planeta. Juega con fuego, como si dos guerras en apenas 110 años no le alcanzaran para entender el drama belicista.
La clase política europea en su conjunto está en un estado de negación. La polarización entre partidos políticos ideológicamente diferentes tiende a ocurrir en un círculo cada vez más estrecho de puntos de vista y soluciones políticas.
Europa vive un invierno caliente. En febrero, las protestas sindicales se multiplicaron, en particular en Gran Bretaña, Francia, España y Portugal. Y en otros países crece el malestar por problemáticas irresueltas, como la inmigración extra europea, cada vez más restrictiva.
Europa, nuevamente epicentro mundial de la pandemia, no disimula su creciente preocupación. El aumento en flecha de contagios y de la protesta social, marca ya la cotidianeidad de un continente que podría pagar, en los próximos cuatro meses, el pesado costo de 700 mil muertes adicionales según la Organización Mundial de la Salud. La presencia confirmada en suelo europeo, a partir del viernes 26 de noviembre, de la variante Ómicron agrava aún más la ya preocupante prognosis.
Parte de las declaraciones de Attilio Fontana, Presidente de la región italiana del norte de Lombardía, a propósito de la respuesta de la Unión Europea a la crisis del coronavirus.
«El norte no ha notado tanto los efectos y no está por la labor de tomar medidas.» (Fuentes diplomáticas)
Cuando falta poco tiempo para que se cumpla el primer centenario del surgimiento del fascismo y de las dictaduras totalitarias en más de media Europa, parece que a los europeos de hoy (tal vez por no saber demasiada historia) se nos ha olvidado lo que supusieron esos regímenes tan nefastos causantes, nada menos, que de provocar la II Guerra Mundial.
Se había advertido por numerosos “vigías” y desde múltiples ángulos de observación que una unión sólo basada en el dinero y en el poder excesivo del “mercado”, sin balizas éticas, desembocaría en el fracaso más estruendoso.