Esta vez, el presidente estadounidense, ha vuelto al ruedo con una frase digna de los libros de historia o, más bien, de un monólogo cómico: «Me llaman para besarme el culo». Y no, no hablaba  solo de presidentes europeos, aunque viendo lo que ha dicho, más de uno se hace el  sueco. Y, alguna –lo digo por la Meloni– ha corrido a los brazos del provocador vaquero del salón, desmarcándose de la política común de la U.E.

Las bolsas bajan, lo mercados se resienten y los expertos avisan, incluso alguno de sus más cercanos colaboradores. Pero Trump se muestra inmutable. ¿Crisis global? ¿Inflación? ¿Cadena de suministro? ¡Bah! Según él, subir los aranceles hará que Estados Unidos sea más fuerte, más rico y, por supuesto, más respetado. Tanto, que según dice, los líderes del mundo hacen cola para rendirle pleitesía. Aunque quizás lo que quieren es asegurarse de que no rompa más vajilla internacional…

La idea no es nueva: proteccionismo. Pero llevado al estilo Trump, parece más una amenaza a la economía internacional que una política coherente. Subir aranceles a China, Europa o México puede sonar muy patriótico, pero los efectos en la práctica son como ponerle un impuesto al café por la mañana: acaba costando cada vez más.

Los sectores más golpeados no serán los que venden, sino los que compran: empresas estadounidenses que dependen de materias primas extranjeras, consumidores que verán sus iPhones a precio de jamón ibérico, y agricultores que no podrán exportar ni una almendra sin pagar peaje. El producto más exportado por los Estados Unidos son los servicios –muy por encima del energético– y esos, con calidades distintas, pueden proporcionarlos otros proveedores; sobre todo, asiáticos.

Y mientras tanto, Trump sonríe  repitiendo su frase del día como si fuera un eslogan de mala educación: «Me llaman para besarme el culo». Lo que está claro es que con cada declaración suya, los economistas se ven obligados a revisar no solo las cifras o los estudios de mercado… sino también su sentido del humor.