El Expreso transportaba en el vagón-correo, los envíos y pagas de varias compañías coloniales a sus empleados, además de valores y joyas por un valor indeterminado, lo que llevó a José María Sánchez Navarrete, oficial o exoficial de correos (según la versión que se tome), a pensar que podía dar un golpe rápido y perfecto.

Pero conozcamos a los cerebros del golpe. El genio del plan era, como hemos dicho, José María Sánchez Navarrete, hijo de un teniente coronel de la Guardia Civil, de carácter simpático y con don de gentes, pero con una afición desmedida al juego que le causaba inmensos quebraderos de cabeza a causa de sus deudas, contraídas sobre todo con Honorio Sánchez Molina, hombre de negocios dueño de la pensión “La Internacional” y aspirante perpetuo a la concejalía de Madrid, pero también adicto al juego. Él fue el que insufló la idea del robo fácil a Navarrete. Este último tenía una relación sentimental con José Donday, natural de Fray Benito, Holguín, Cuba, periodista de trato culto y amable, al que llamaban “Pildorita” por su afición a las drogas, por lo tanto, también necesitado de dinero fácil y rápido.

En su planificación se percataron de que para poder realizar su plan debían de reclutar a alguien más, por lo que recurrieron a Antonio Teruel, conocido como el “albañil”, hombre reservado y solitario que vivía en condiciones precarias. Por último incorporaron al grupo a Francisco de Dios Piqueras, alias “Paco el Fonda”, que tenía antecedentes penales y necesitaba dinero para huir del país.

El plan era simple: subirían al coche-correo, narcotizarían a los oficiales encargados de su custodia y robarían el dinero y las joyas (suponían que el tren transportaba al menos un millón de pesetas, cantidad muy considerable en la época). Fácil, rápido y sencillo, para cuando el tren llegara a Córdoba, ellos ya estarían muy lejos.

La primera señal de que algo no iba bien la noche de los hechos fue en la estación de Marmolejo, Jaén, al no abrir la portezuela del coche-correo para hacer entrega de la correspondencia. El agente de correos encargado de la estación intentó romper la ventanilla, pero el tren partió antes de que pudiera hacerlo. Inmediatamente telegrafió a Villa del Río, Córdoba, donde la situación fue similar a lo ocurrido en Marmolejo, por lo que dedujeron que los oficiales se habían dormido y así el expreso llegó a Córdoba. Alertados como estaban los funcionarios, y al no responder nadie desde dentro, forzaron la puerta, encontrando a los dos agentes sin vida, con signos de lucha y en medio de un gran charco de sangre y el vagón-correo envuelto en un caos de sacas y papeles.

¿Pero qué es lo que había ocurrido?

Pues que todo empezó a ir mal cuando José Donday se gastó en el juego el dinero que le habían entregado para comprar un narcótico que, mezclado con el vino, dormiría a los oficiales, presentando a sus compinches una simple botella de coñac o de vino, según las versiones.

Los encargados del coche correo de aquel día eran el oficial primero Santos Lozano León, de 45 años, que tenía a su cargo el servicio Madrid-Cádiz, y el oficial Ángel Ors Pérez, 30 años, encargado del servicio Madrid-Málaga, a quien no le tocaba trabajar esa noche, pero accedió a cambiarle el turno a un compañero. Juntos viajarían hasta Córdoba, donde se separarían para continuar cada uno con su ruta.

El tren Expreso de Andalucía sale de la estación de Atocha a las 20:20 horas; previamente, Navarrete, Teruel y Piqueras tomaron otro tren que les llevó hasta Aranjuez, donde esperarían al expreso. Molina se excusó de ir por asuntos laborales que debía de atender, quedando a la espera en Madrid, y Donday viajó en taxi hasta Alcázar de San Juan en Ciudad Real, donde esperaría al resto de la banda para regresar juntos a Madrid.

Una vez llegó el expreso a Aranjuez, los tres compinches llamaron a la puerta del coche-correo por detrás de los andenes para no ser vistos. Al no poder abrirse esta y reconociendo Ors a Navarrete, les abrió una ventana para que entrasen. Más tarde se especuló con la posibilidad de que Ors también estuviera en la trama, quedando esta opción finalmente descartada. Lo cierto es que ambos oficiales iban prevenidos y sabiendo lo que custodiaban, por lo que al reconocer a Navarrete no tuvieron inconveniente en que subieran al coche para reforzar la seguridad, error que les costaría la vida.

Navarrete les ofreció el coñac y esperó a que el narcótico disuelto en él hiciera efecto, algo que, lógicamente, no pasó, de manera que Lozano continúo trabajando sentado de espaldas al retrete del vagón. Impaciente, Teruel sale del retrete empuñando unas tenazas de marchamar con las que golpea salvajemente en la cabeza a Lozano cayendo este al suelo mortalmente herido. Con el jaleo, Ors, que descansaba en el camastro, se revuelve, enzarzándose en una pelea con Teruel. Este le golpea con la herramienta, pero Ors es corpulento y fuerte y se defiende bien poniendo en apuros a su atacante. Entonces Navarrete y El Fonda se lanzan contra él, sujetándolo; Teruel, que se veía perdido, se rehace y, sacando su pistola, le dispara a quemarropa en el pecho y en la cara, matándolo. Todo ha ido mal, nada ha salido según lo planeado. Nerviosos y atolondrados una vez cometido el doble crimen, los tres compinches saquean el coche-correo, pero en su precipitación no hallan el botín deseado, toman el dinero que tienen a mano y todo lo de valor que pudieron encontrar bajándose del tren en Alcázar de San Juan, donde les esperaba Donday.

Y aquí viene el segundo error cometido por esté. Según el plan Donday debía de robar un taxi con el que regresarían a Madrid, sin embargo en vez de robarlo, lo alquila, con chofer incluido, presentándose en Alcázar de San Juan para recoger a sus compinches, a quienes no les hizo ninguna gracia ver a un desconocido al volante. Afortunadamente y aunque nerviosos y tensos, nada le hicieron al taxista al que, una vez en Madrid, pagaron y dejaron marchar. Tras repartirse el escaso botín robado, apenas unas 18.000 pesetas y algunas joyas, se dispersaron por la ciudad.

Una vez descubierto el crimen, un gran revuelo se formó en la estación de Córdoba; el coche-correo es separado del resto del convoy para ser examinado y, finalmente, los cuerpos de los fallecidos son trasladados para la realización de la autopsia. Los médicos dictaminaron que Lozano presentaba rotura de cráneo debido al fuerte golpe en la cabeza, habiendo sido también estrangulado. Ors presentaba heridas defensivas por arma blanca y dos mortales por arma de fuego. Ambos fueron enterrados en Córdoba, acompañados de una gran multitud que acudió a rendirles homenaje.

Se organizaron redadas en todos los hoteles, pensiones, posadas y bares de los pueblos alrededor del recorrido del expreso. Pronto la investigación comenzó a dar sus frutos, deduciendo que el autor tuvo que ser alguien sabedor de lo que se transportaba en el tren, además de conocido de los fallecidos, deduciendo del informe forense de estos, que el crimen debió de cometerse entre Aranjuez y Alcázar de San Juan. Finalmente, la policía difundió que los billetes robados debían de llevar las clásicas perforaciones que hacía entonces el servicio de Correos. Miguel Pedrero, conductor del taxi se presenta ante la policía diciendo que tiene en su poder tres billetes perforados, declara que un hombre joven alquiló su servicio ese mismo día, para ir hasta Alcázar de San Juan a recoger a unos amigos. Y así fue, subiendo al taxi en dicha localidad tres personas más; al llegar a Madrid, le pagaron dejándole una suculenta propina y él se marchó.  

Las pesquisas de la policía les llevan hasta un piso de la calle Toledo, en donde vive Antonio Teruel López junto con su esposa. Para colmo, ese fue el lugar elegido por la banda para repartirse el botín tras lo cual no se les ocurre otra cosa que bajar a la calle y desayunarse unos churros dejándose ver por la vecindad, de verdad que no dan una.

Teruel no está en su casa y su mujer dice no saber nada, por lo que se la llevan detenida para interrogarla. Esa noche se establece una vigilancia alrededor del edificio. La portera, intrigada al ver luz en piso de Teruel (supuestamente vacío), se aproxima a la puerta, cuando una detonación sacude el silencio. Alarmada, corre a avisar a los serenos (encargado nocturno de vigilar las calles y velar por la seguridad del vecindario), que suben corriendo y, tras echar la puerta abajo, se encuentran una escena sobrecogedora: Teruel yace muerto, con un disparo en la sien. Se ha quitado la vida. Durante el minucioso registro de la habitación, la policía encuentra cuidadosamente ocultos entre los barrotes huecos de la cama dinero y valores de lo sustraído en el tren expreso. Ante esta situación, Carmen Atienza, la viuda, viéndose acorralada y desolada, revela que su marido estaba escondido en un guardillón (buhardilla pequeña y no habitable) de la finca. Además, da los nombres de los amigos de su marido, destacando entre ellos uno, el de Honorio Sánchez Molina.

El cerco se estrecha. La investigación ha pasado a ser una cacería al hombre al publicarse la noticia del crimen a los tres días del suceso, tres días en los que la dictadura de Primo de Rivera mantuvo la censura sobre la prensa para que nada de lo ocurrido viera la luz. La gente de la calle, al enterarse, se indigna y pide justicia para los dos trabajadores asesinados. El interrogatorio de los familiares de Molina revela que ha huido de Madrid y que se encuentra oculto en una finca aislada en Ciudad Real. Pero eso no es todo; bajo la presión, los parientes mencionan otros nombres, entre ellos el de Navarrete, y todo empieza a encajar al comprobar que es trabajador de correos.

La operación se divide en dos frentes. Mientras la Guardia Civil se desplaza hasta la finca en Ciudad Real, donde sorprenden y arrestan a Molina sin darle oportunidad de reaccionar, en Madrid, la Policía, localiza y detiene a Navarrete. Ambos aceptan su destino sabiendo que ya no hay marcha atrás.

Pero la historia no termina ahí.

Pocas horas después, se produce una nueva detención: en el tren correo de Badajoz, a la altura de la estación de Almorchón, agentes de la Guardia Civil interceptan a Francisco de Dios Piqueras. Viajaba solo, con la intención de huir a Portugal. Lo había apostado todo a una última carta, pero la jugada le salió mala. Lo bajan del tren e inmediatamente lo trasladan a Madrid. Las pesquisas han dado sus frutos: todos los miembros de la banda han caído rápidamente, ¿todos? No, todos no; José Donday sigue desaparecido.

Comienzan los preparativos para el juicio en medio de una gran conmoción popular impulsados por la notoriedad de los acusados: tres señoritos de clase acomodada, endeudados y vinculados con los bajos fondos de donde procedían los otros dos autores materiales del hecho. Pero este no se celebrará por la justicia ordinaria. El 7 de mayo de 1924, un decreto determinó que el robo a mano armada se considerara delito sometido a fuero militar; será, pues, un Consejo de Guerra.

Junto con los autores materiales del delito, también se juzga a Antonia, hermana de Molina acusada de guardar parte del botín, su lavandera Encarnación Muñoz y Carmen Atienza, la esposa de Teruel, acusadas de encubrimiento.

En sus declaraciones todos echan la culpa al muerto, y se acusan mutuamente unos a otros cambiando sus declaraciones hasta cuatro veces pero de nada les sirvió las pruebas recopiladas eran claras. Una vez concluido el juicio y mientras se esperaba la sentencia, una noticia relacionada con los hechos salta desde el otro lado de los Pirineos sacudiendo el caso: un hombre joven, bien vestido y de modales refinados se ha presentado en la Embajada de España en París para declararse partícipe del robo. Es José Donday Hernández. Asegura haber sido él quien contrató el taxi que trajo de vuelta desde Alcázar a Madrid a los autores del asalto. También declara que fue el encargado de comprar el vino y el narcótico, accediendo a participar en el robo del tren porque en ningún momento habrían de matar a los oficiales, solo drogarlos. Al mostrarse colaborador en todo y decidido a entregarse, la embajada resuelve prescindir de los largos trámites de extradición y un policía se desplaza hasta París para acompañar a Donday hasta la frontera, donde es detenido oficialmente y trasladado a Madrid.

Finalmente se dicta sentencia: los tres principales autores del crimen son sentenciados a muerte por garrote vil, Molina como instigador de la idea, Navarrete y Piqueras como autores, mientras que José Donday como cómplice es condenado a veinte años de prisión que cumpliría en el penal de El Dueso, Santoña, Santander. Por otro lado, las encubridoras fueron absueltas.

Las penas fueron ejecutadas en la cárcel Modelo de Madrid en la mañana del nueve de mayo, desplegando en la torre de la cárcel una bandera negra, señal de duelo y luto al haberse cumplido la sentencia.

Llegados a este punto, la pregunta es: ¿por qué se entregó José Donday? Él había conseguido salir del país y teóricamente estaba a salvo. No lo sabemos, solo podemos especular que quizás pensó que se libraría del patíbulo si lo hacía al no haber intervenido directamente en el asalto. Cumplió su condena y no la desaprovechó, pues como hombre culto que era, durante este tiempo tradujo al español la obra “El fantasma de Canterville” de Oscar Wilde.

Este crimen conmocionó a la sociedad española de principios del siglo XX, teniendo importantes repercusiones culturales. La reacción inmediata fue la creación de coplas de ciego que cantaban el asalto al tren, así como la Novela Corta de Ernesto Guzmán “El crimen del Expreso de Andalucía”. En 1986 Francisco Pérez Abellán publica “La Banda Del Expreso De Andalucía: 1924, El Crimen Del Directorio Militar”.

Más tarde se llevó a la gran pantalla a cargo de Francisco Rovira Beleta en 1956, “El expreso de Andalucía”, y en 1991, Imanol Uribe lo hace en la pequeña pantalla, a través de la serie de TVE “Tras la huella del crimen”, el capítulo titulado “El crimen del expreso de Andalucía”. Por otro lado, el Museo de Cera de Madrid reprodujo hasta hace unos años la escena del vagón, así como la ejecución de Molina.

Una de las consecuencias a largo plazo del crimen del Expreso de Andalucía fue la propuesta oficial para crear el Tercio de Ferrocarriles de la Guardia Civil, algo que ocurrió fugazmente entre 1933 y 1934, compuesto por dos Comandancias, una en Zaragoza para las líneas férreas del norte de España y otra en Córdoba para las del sur, con seis Compañías cada una, desapareciendo tras su conversión en Tercios Móviles. Solo se mantuvo una compañía llamada Brigada de Investigación de Ferrocarriles. Estaba financiada por la Compañía de Ferrocarriles de Madrid-Zaragoza-Alicante, encargada de investigar los robos de las mercancías producidos tanto en las estaciones como en los vagones. Conocida como “Brigadilla de Servicios Especiales”, desapareciendo al inicio de la Guerra Civil española.

Para finalizar, solo queda decir que lo que en teoría debía ser un robo de guante blanco, con una ejecución fácil y rápida y un suculento botín, terminó como un terrible crimen chapucero. Todo lo que podía salir mal salió mal desde el principio, teniendo como resultado la muerte de dos inocentes, el suicidio del asesino y la detención y posterior ejecución de tres de sus cómplices.

No sé si recordáis la serie de los años 80 “El Equipo A”; al final de cada capítulo, el coronel John «Hannibal» Smith (interpretado por George Peppard) decía: «Love it when a plan comes together» («Me encanta que los planes salgan bien»), pues este caso fue todo lo contrario: nada salió como estaba planeado.

Postal del Museo de Cera con el crimen del Expreso de Andalucía