Según el Diccionario de la lengua española de la RAE, «gilipollas» se define como un adjetivo malsonante —muy nuestro, especialmente en España— que significa necio o estúpido. Vamos, que no es precisamente un piropo. Además, puede usarse tanto como adjetivo («eres un gilipollas») como sustantivo («ese gilipollas»), lo que le da una versatilidad lingüística envidiable.
En cuanto a su origen, la palabra nace de la combinación de «gilí» —procedente del caló jil, con el sentido de «fresco, tonto o lerdo»— y «pollas», que aporta el toque castizo y contundente que todos conocemos. El caló, por cierto, es la lengua tradicional de los gitanos hispanos: una mezcla entre el romaní y el castellano que ha dejado más huella en nuestro vocabulario de lo que parece. Fruto de ese mestizaje lingüístico han salido términos tan cotidianos como «chaval», «currar», «fetén» o, para nuestro asunto, «gilí».
El insulto ha generado, con el tiempo, toda una familia léxica:
- «Gilí» / «gil»: versiones abreviadas para llamar tonto a alguien sin rodeos.
- «Gilipuertas»: variante más suave, casi cariñosa, para cuando quieres insultar sin pasarte.
- «Agilipollado»: perfecto para describir a quien se ha quedado atontado, embobado o fuera de juego.
Desde el punto de vista gramatical, «gilipollas» es invariable en número cuando funciona como adjetivo: unos tíos gilipollas, unas ideas gilipollas. El Diccionario panhispánico de dudas matiza sus usos en el registro coloquial, pero en la práctica cotidiana todos sabemos manejarlo con soltura.
Pero volvamos al origen. La primera aparición documentada de «gilipollas» se encuentra en «Cantos populares españoles», de Francisco Rodríguez Marín, allá por 1882. Para él no era más que una curiosidad lingüística, una rareza recogida en el habla popular. Sin embargo, quien de verdad la sacó de la trastienda marginal y la paseó por el salón literario fue Benito Pérez Galdós. El maestro del realismo la incluyó en su novela «Misericordia» (1897), y con ese gesto la catapultó al reconocimiento general.
En Misericordia, Galdós retrata los bajos fondos de Madrid y reproduce con fidelidad el habla de sus calles. Al usar «gilipollas», no solo describe a un personaje: está capturando la voz auténtica de la capital, con toda su crudeza, ironía y vitalidad. Lo que para Rodríguez Marín era una nota al pie, Galdós lo convierte en palabra con pedigrí literario. Y así, casi sin querer, el insulto pasó del argot marginal al acervo común del español.
Pero en Madrid circula una leyenda mucho más sabrosa. Cuenta que, en pleno siglo XVII —el Siglo de Oro en todo su esplendor— vivía en la capital un alto funcionario de la Corona, Don Baltasar Gil Imón de la Mota, hombre de despacho fino y cargos rimbombantes: consejero de Felipe III, pues formaba parte del círculo cercano de asesores del monarca. Además, ejerció como fiscal del Consejo Real de Castilla, Contador Mayor de Cuentas, gobernador del Consejo de Hacienda y caballero de la Orden de Santiago. Vamos, que era un pez gordo bajo los reinados de Felipe III y Felipe IV: un hombre serio, respetado y, en teoría, muy por encima de los chascarrillos, las chuflas y las ocurrencias de la plebe. Al menos, supuestamente.
La ciudad, por entonces, era un caldo de cultivo perfecto para la crítica política, la sátira social y la imaginación desbordada. En la Villa y Corte convivían reyes y nobles con un enjambre de funcionarios, soldados, buscavidas, petimetres en busca de favores y un ejército de pillastres de todos los calibres. Y en los mentideros —auténticas redes sociales del siglo XVII— cualquier rumor se inflaba, cualquier chisme se diseccionaba y todo el mundo parecía saberlo todo de todos.
Por supuesto, esta élite no se recluía en sus palacios, casonas o casas, sino que se mezclaba con la plebe en la calle, especialmente cuando acudía a misas, ceremonias religiosas, actos públicos o reuniones sociales. Y todo aquello —sus gestos, sus trajes, sus manías y hasta sus devociones— era observado, comentado y diseccionado por el populacho, que encontraba en ello un filón inagotable de chismes y burlas.
La leyenda cuenta que don Gil tenía dos hijas (otros dicen que tres) que no eran, precisamente, las luces más brillantes de la corte. Como cualquier noble de su tiempo, se empeñaba en llevarlas a todos los bailes, misas solemnes y saraos de la villa para exhibirlas y encontrarles pretendientes de alcurnia. Sin embargo, las Historias de Madrid y varias crónicas costumbristas coinciden en describirlas como jóvenes faltas de ingenio, sosas y poco agraciadas, lo que complicaba la misión paterna de casarlas bien pese a su buena posición e inmensa fortuna.
Ahí vemos al pomposo y circunspecto fiscal, calle arriba, calle abajo, siempre seguido de sus hijas y sin lograr deshacerse de su soltería. El ingenio del vulgo, siempre atento, empezó a carburar: por mucho que don Gil las paseara, seguían sin encontrar marido. Y al verlos pasar muy compuestos, la gente murmuraba con sorna: «Ahí va don Gil con sus pollas».
La burla residía en que, por más esfuerzos que hiciera el buen hombre, nadie quería casarse con sus hijas debido a su supuesta estupidez. Así, la unión de “Gil” (el padre) y “pollas” (las hijas) acabó convirtiéndose en un mote aplicado a quien hace el ridículo o demuestra ser, sencillamente, tonto.
Conviene aclarar que, en el castellano de la época, el término «pollas» se empleaba de forma coloquial para referirse a jóvenes en edad casadera, sin la carga explícita ni el significado anatómico que hoy asociamos a la palabra. Así se entiende que la broma circulara sin escándalo de boca en boca. De hecho, aún hoy en algunos países hispanoamericanos «pollona» se usa de manera informal para describir a una mujer joven, atractiva o de presencia llamativa.
Y así fue como el término pasó al castellano popular convertido en «gilipollas», es decir, un tonto de solemnidad. La versión oficial —la que recoge la RAE— es, por supuesto, la correcta; pero convenid conmigo en que la leyenda madrileña tiene infinitamente más encanto y sustancia. Sobre todo si la situamos en ese Madrid de nobles, frailes, funcionarios, espadachines, pisaverdes y alcahuetas del siglo XVI, que más tarde, en época de Galdós, sería escenario de señoritos, chulos, manolas y majas. Un Madrid vivo, castizo y malicioso donde un mote así podía nacer, crecer y echar raíces.
Cuando vengáis a Madrid, si partís de la Real Basílica de San Francisco el Grande —que por sí sola merece una visita—, sitúaos en la Plaza de San Francisco y alzad la vista hacia su cúpula, la mayor de España. Tras admirarla, rodead el lateral del templo unos metros cuesta abajo por la calle de San Bernabé, girad a la izquierda en la primera bocacalle y entraréis en la vía de nuestro protagonista: la calle de Gil Imón, en el mismo terreno que él paseó y que formó parte de su mayorazgo.
Y al plantaros ante la sencilla placa que da nombre a su calle, recordad que gracias a él hoy disfrutamos de una palabrota con gracejo y humor y procurad no quedaros, como cantaba el maestro de la ironía Javier Krahe: «como un gilipollas, madre, como un gilipollas,».
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