Como cada verano, España se pone en alerta extrema, especialmente ahora que atraviesa una ola de calor, por incendios forestales. Y, como cada verano, en varios puntos del país se desatan, con mayor o menor intensidad, incendios forestales que ponen en jaque nuestro patrimonio natural, cultural e, incluso, vidas humanas y bienes materiales. Decenas de miles de hectáreas arden todos los años en nuestro país y, casi con la proporcional velocidad de propagación de las llamas, corren por las redes sociales visiones apocalípticas, teorías conspiranoicas, y hasta mensajes que piden poco más que la extinción de la raza humana por ser una supuesta lacra para el mundo.

Como es lógico, cada vez que leo una noticia sobre un incendio forestal y veo imágenes del suceso, no puedo sentir sino una profunda pena, y hasta preocupación por si el siguiente incendio del verano pueda suceder cerca de mi casa o en alguno de los lugares que recorro con frecuencia, o en los que guardo un especial recuerdo. No obstante, toda esta pena, rabia e, incluso, impotencia por no poder hacer nada, se intensifican cuando, tratando de buscar información sobre el avance y la evolución del fuego en los medios de comunicación o en las redes sociales, me topo con los comentarios de los internautas. No es poco frecuente encontrar mensajes del tipo: “ya está otro pirómano que quedará impune quemando el monte”, “los seres humanos somos lo peor, destruimos todo a nuestro paso”, “qué barato sale quemar el monte para después urbanizarlo entero”, “con la de parados que hay, ya podrían darles trabajo para limpiar el monte”, “los incendios se apagan en invierno” y toda una retahíla de soflamas similares.

Que las redes sociales son un hervidero de expertos sin titulación en cualquier materia, es ya de sobra sabido. No obstante, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que, hoy en día, la gente, además, suele tener, en general, una visión bastante simplista, reduccionista y tremendista, no solo sobre el tema que hoy nos ocupa, sino sobre cualquier problemática. Si hay algo que he aprendido de mis años de estudio, es que nunca nada suele ser exactamente igual a como parece. Y, aunque es cierto que, en muchas ocasiones, hay parte de verdad en las afirmaciones que se suelen verter, en la inmensa mayoría de los casos, hay que matizarlas mucho y no caer en burdas generalizaciones.

Aunque yo tampoco soy un experto titulado en la materia, movido por la curiosidad que desde hace tiempo me han despertado los asuntos medioambientales y, por el especial interés que siempre me ha suscitado conocer las causas que hay detrás de un incendio forestal, tratando de entender un poco más acerca de estos fenómenos, he investigado y leído sobre el tema durante años. Igualmente, tengo la férrea convicción de que, ni el ser humano es el origen de todo mal, ni el mundo en el que vivimos es blanco o negro; por ello,  cuando leo o escucho ciertos comentarios, he de confesar que me comienza  hervir la sangre, sobre todo, cuando los propios políticos, medios, instituciones y organizaciones de todo tipo caen este juego del simplismo y del “cuñadismo” (si me permitís usar el término), contribuyendo así a difundir mentiras o medias verdades que, más que ayudar, lo único que hacen es generar más desinformación, confusión y manipulación.

Estas son las razones por las que, en este artículo, quiero exponer mis puntos de vista y mis conclusiones, basadas en las investigaciones, teorías y opiniones de aquellos que sí son ductos en la materia: agentes forestales, científicos, investigadores… con el fin de aportar mi grano de arena y tratar de ofrecer una visión más ajustada a la realidad y, quizás, menos apocalíptica y dramática, para que, así, podamos realmente entender en qué punto estamos y, a partir de ahí, tratar de aplicar las soluciones pertinentes.

En primer lugar, aunque no creo que nadie desconozca este dato,  hay que tener en mente que el fuego es un elemento más de la naturaleza, como lo son el agua, un árbol, o una piedra. Si recalco esta obviedad es porque, en ocasiones, tengo la sensación de que muchos se deben pensar que el fuego y los incendios son un invento moderno del hombre, como si, antes del proceso de industrialización, los montes no se quemasen y los incendios forestales no existiesen.

Es cierto que, debido a ciertos eventos que se van a explicar más adelante, la intensidad o la frecuencia de estos incendios ha variado, pero eso no quita que lleven produciéndose desde tiempos inmemoriales o, lo que es más importante, que no se vayan a seguir produciendo en un futuro (la cuestión principal, y parte del objetivo de este artículo, es determinar de qué manera y con qué efectos). Existe esa idea de que “el fuego es malo” y, obviamente, un incendio forestal descontrolado que amenaza vidas y bienes, desde un punto de vista estrictamente antrópico, lo es. No obstante, desde un punto de vista ecológico, hay muchos matices que dependen de muchos factores. Teniendo en cuenta que el fuego siempre ha estado ahí, que no es un invento del malvado ser humano para destruir el Planeta, luego, quizás sería importante dilucidar cuál es la relación entre éste y el ser humano, para entender, entre otras cosas, qué estamos haciendo mal.

Está ya documentado que, incluso antes  de que nuestra especie, el homo sapiens, pisase la faz de la Tierra, nuestros antepasados ya conocían el fuego. Investigadores de la Universidad de Toronto y de la Universidad Hebrea, identificaron la primera evidencia conocida del uso del fuego por los homínidos en trazas microscópicas de cenizas de madera, junto con huesos de animales y utensilios de piedra, que fueron encontrados en un estrato de la Cueva de Wonderwerk, en Sudáfrica, que datan, nada más y nada menos, ¡de hace un millón de años!, cuando el homo erectus todavía poblaba nuestro Planeta. Es también ampliamente aceptada por la comunidad científica, la teoría de que, tras la domesticación del fuego por parte de los primeros homínidos, llegaron procesos evolutivos de increíble envergadura, cambios biológicos y sociales sin los que, hoy por hoy, no seríamos lo que somos.

Controlar el fuego significó, en primer lugar, poder comenzar a cocinar los alimentos. A través de la cocción de los alimentos, se alteran sus propiedades químicas, haciendo que aumenten su valor energético, mejorando la absorción de proteínas e hidratos de carbono, y reduciendo el consumo de energía necesaria para la digestión. Estos cambios alimenticios propiciaron un desarrollo del cerebro y, por tanto, de las habilidades cognitivas. La domesticación del fuego trajo consigo también una revolución social, pues la hoguera se convirtió en un centro de reunión para los miembros de la tribu, y, como es lógico, un mayor grado de socialización tiene que derivar en nuevas formas de comunicación. Fue así cómo los homínidos primitivos comenzaron a desarrollar el lenguaje. Según un artículo publicado en la revista Science en 2011 por Quentin Atkinson, profesor de la Universidad de Auckland, el origen del lenguaje se sitúa en algún lugar de África Sudoccidental (vaya, ¡qué casualidad!, ¡justo en la misma zona geográfica donde se han encontrado las primeras evidencias del uso del fuego!). Esta misma línea es la que defiende el investigador español Eudald Carbonell, arqueólogo y director del Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES) y codirector del Proyecto Atapuerca, quien considera que el control del fuego contribuyó al mayor desarrollo del cerebro a través del origen del lenguaje.

Así pues, el fuego se convirtió en un vector de evolución y humanización fundamental. La domesticación del fuego, posteriormente, también contribuyó a un avance que tiene mucho que ver con la problemática que se analiza en este artículo, esto es,  la agricultura. Aunque parece indiscutible que el origen de la agricultura se produjo a lo largo de las cuencas del Tigris y el Éufrates, en el Creciente Fértil o Mesopotamia, durante el Neolítico, hace unos 10.000 años, numerosos hallazgos arqueológicos confirman que, mucho antes y, en otros lugares del mundo, el manejo de ecosistemas y de especies de plantas y animales ya se practicaban por los seres humanos. Entre las estrategias empleadas para favorecer esta primitiva gestión agrícola, se han documentado por varios expertos como Clark (1959), Rose-Ines (1972) y Guillon (1983), el uso de quemas de la vegetación natural con el fin de promover la abundancia de algunos recursos vegetales específicos. Se han encontrado evidencias de que, desde hace por lo menos 50.000 años, en las sabanas africanas se practicaron quemas intencionales, con toda probabilidad asociadas a estrategias de caza y para inducir la abundancia de algunas especies vegetales, probablemente, gramíneas, que eran recolectadas como alimento[1].

La agricultura no es sino el resultado del manejo de los ecosistemas y de la diversidad genética, o, lo que es lo mismo, la domesticación del paisaje para que en él se produzcan las condiciones necesarias para poder cultivar un volumen óptimo de ciertas especies que posteriormente se destinen al consumo humano y/o  animal. Similares procesos se producen con prácticas como la ganadería o la piscicultura. El paso de una sociedad cazadora y recolectora a una ganadera y agrícola, no habría sido posible sin el fuego, el cual fue el mayor aliado de los hombres primitivos, pues les permitía despejar terrenos que luego serían roturados y destinados al cultivo, eliminar residuos vegetales tras las cosechas, regenerar pastizales y favorecer el crecimiento de herbáceas apetecidas por los ganados, o para abrir paso al ganado en matorrales o zonas arboladas de gran espesura. Desde un punto de vista evolutivo, el fuego ha jugado un papel esencial en la Historia de la Humanidad, puesto que, sin el fuego, no habríamos podido desarrollarnos ni física ni socialmente hasta convertirnos en la especie que somos en la actualidad.

Por otra parte, si queremos investigar sobre los incendios forestales, a golpe de click en Google, rápidamente, lo primero que nos aparecerá serán  titulares parecidos a: “el ser humano es responsable de más del 80% de los incendios forestales”. Con estos titulares, es fácil entender porqué el ciudadano medio piensa que la especie humana es un arma de destrucción de la naturaleza. Y, de acuerdo, es cierto que actualmente la mano del hombre está detrás de la inmensa mayoría de los incendios forestales, pero eso no quiere decir, aunque a veces quieran dar esa sensación, que el 80% de los incendios forestales estén provocados por pirómanos.

No es menos cierto, tampoco, que el fuego ha sido, indiscutiblemente, una de las primeras herramientas que el hombre ha empleado para transformar el medio que le rodea, por lo que su uso, en mayor o menor medida, es de suponer que haya sido habitual. Así las cosas, ¿realmente podemos asegurar que, desde un punto de vista histórico, haya sido una práctica tan frecuente y de tanta intensidad como para haber provocado un impacto en el medio natural a tan largo plazo? y, en caso afirmativo, ¿ha sido dicho impacto realmente tan negativo?

Tratar de analizar la recurrencia y periodicidad de los incendios forestales provocados por la mano del hombre no es tarea fácil, no obstante, existen registros y estudios que nos pueden ayudar a establecer ciertos patrones a lo largo del tiempo. Uno de los estudios más completos y mejor documentados de esta relación entre el hombre y el fuego en nuestro país, es el que condujo el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, junto con la Universidad Complutense de Madrid, en el año 2013, bajo el título: “Presencia histórica del fuego en el territorio”, estudio en el que se detalla, con mucha precisión y rigor, la histórica relación entre la actividad humana y los incendios forestales en nuestro país, especialmente, en el área central de la Península.

Pese a que el fenómeno de los incendios forestales en España puede parecer, para algunos, algo propio de las eras más recientes, lo cierto es que, tal y como se analiza en este documento, en nuestro país, fuego y hombre han convivido desde el origen de los tiempos. Hay vestigios en numerosos de los más importantes yacimientos arqueológicos de la Península, como Atapuerca, que evidencian la presencia de incendios intencionados en el territorio.

Pero no solo podemos atestiguar incendios intencionados durante la Prehistoria, así, el poeta romano Virgilio, en su obra por antonomasia, La Eneida, ya escribió sobre “los fuegos que los pastores prenden en el bosque cuando el viento es apropiado”. Igualmente, de la época visigoda datan varios códigos legales en los que se establecían mecanismos para perseguir a quienes incendiaban los montes, normas que heredaron posteriormente fueros y ordenanzas de las villas castellanas durante toda la Edad Media. Y, de allí en adelante, las referencias se pueden encontrar en códices y normas de cualquier época histórica y de cualesquiera de las numerosas civilizaciones que han pasado a lo largo de los siglos por nuestro territorio.

Es de suponer que, hasta cierto punto, estas prácticas incendiarias tuvieran un impacto severo en el medio en ocasiones, de ahí que en nuestro país encontremos también interesantes muestras de normas de diferentes siglos, en las que se establecía un régimen sancionador en relación al uso indebido del fuego. De hecho, la primera referencia escrita en España data, nada más y nada menos, del año 1211, relativa a la Sierra de Gredos, en la que se puede leer   “que cualquier pastor que desde primero de mayo hasta fin del mes de octubre, que truxere yesca o pedernal, e fuese hallado con ello, que pague la pena por cada vez de 100 maravedíes para dicho Concejo. E cualquiera que en todo el año quemase Escobar o monte cualquiere de los de la Tierra, aya pena de 2.000 maravedíes para el Concejo, de más del daño que ficiese”[2]. Otro ejemplo lo encontramos siglos después, en 1.558, cuando el rey Felipe II, con intención de remediar los males que los incendios causaban en Andalucía, Extremadura y Toledo, ordenó que los montes quemados no se pastasen por los ganados sin orden del Consejo.

No es tan difícil, pues, encontrar referencias históricas que nos confirmen la existencia de incendios forestales provocados por el hombre a lo largo de los siglos, aunque solo se hayan referenciado unos pocos ejemplos. En 1994, el Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza suscribió un contrato con varias universidades del país para conducir un estudio sobre la presencia histórica de los incendios forestales en España y sus causas. Se consiguieron identificar un total de 7.555 incendios ocurridos durante el período 1843-1965 en el ámbito geográfico de las comunidades autónomas de Aragón, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Cataluña, Comunidad Valenciana, La Rioja, Madrid y Murcia. Posteriormente, el proyecto nacido del anteriormente citado estudio, consiguió, solo en los dos primeros años de trabajo (2011-2012), documentar e incorporar 1.499 incendios, ocurridos durante el período 1497-1995, en el ámbito del Sistema Central.

España cuenta, por otro lado, con la Estadística General de Incendios Forestales de España (EGIF), la base de datos más antigua del mundo en lo que a Incendios Forestales se refiere, con registros desde 1961. Con todo este material de que disponemos, las conclusiones que se pueden extraer tras décadas de estudios por parte de los expertos, es que, en nuestro país, se puede afirmar con total rotundidad que los incendios forestales de origen natural han representado, históricamente, un porcentaje ínfimo y casi anecdótico, tenido estos incendios una causa humana en la inmensa mayoría de los casos.

Vale, entonces, la principal conclusión es que el hombre provoca incendios desde que pisó el mundo por primera vez y el medio natural se quema sin descanso desde entonces, ¿y ya está?, ¿tema zanjado?, ¿no sería eso un análisis demasiado simple? Lo sería, sin duda, por eso, aclarado ya el papel activo del ser humano en el origen de los incendios forestales, deberíamos ahora dilucidar cuál ha sido su efecto en el medio, en qué medida estos incendios han afectado a nuestro entorno y hasta qué punto han sido perjudiciales. Nuevamente, esta cuestión es algo más compleja de responder de lo que parece.

Utilizar el fuego para modelar el paisaje tiene obvias consecuencias en el corto plazo, está claro, pero utilizar el fuego para modelar el paisaje durante cientos de miles de años, no puede sino producir cambios ecológicos de grandísima envergadura. Y es que, si la relación entre el hombre y el fuego no puede entenderse por separado, tampoco puede entenderse de manera independiente la relación entre el medio natural y el fuego. Caer en el reduccionismo de “bosque bueno, incendio malo”, sería similar a afirmar que el león es el malo, y la gacela es la buena, solo porque el primero se come a la segunda. Los incendios forestales han tenido (y siguen teniendo), una función ecológica clave. Es cierto que los patrones de los incendios están cambiando, y buena parte de ello se debe a cambios en los hábitos de conducta humanos, de ahí que se estén convirtiendo en un problema, pero si queremos encontrar soluciones, lo primero que hay que hacer es entender bien el verdadero papel del fuego  en la naturaleza.

Lo primero que debe quedar claro es que los  incendios forestales se producen en todos los ecosistemas del mundo. Factores como el clima, la latitud, el tipo de vegetación o el clima influyen mucho, pero, a excepción de la Antártida, no hay región del mundo a la que el fuego no alcance. Los bosques boreales, por ejemplo, arden con mucha menos frecuencia, pero con mucha mayor intensidad; la sabana africana, por otro lado, es el lugar más incendiado del Planeta, quemándose cada año casi por completo; y otros lugares, como la Cuenca Mediterránea, se sitúan en un punto intermedio, pero en todos se producen incendios y es algo completamente normal.

Desde el propio origen de las plantas terrestres, hace más de 400 millones de años, el fuego ha sido un claro agente ambiental en todos los lugares del mundo. Como explica Juli G. Pausas, investigador del CSIC en el Centro de Investigaciones sobre la Desertización (CIDE), y autor del Decálogo de Incendios Forestales, “se puede afirmar que parte de la biodiversidad de las plantas se debe a los incendios. Además, los incendios generan paisajes heterogéneos, y esa heterogeneidad de ambientes permite también una diversidad de fauna”[3]. Esto tiene una traducción muy sencilla: las plantas y los ecosistemas, especialmente en aquellos lugares más expuestos a los incendios forestales, se han ido adaptando y evolucionando. Así, por ejemplo, este autor explica que especies como la jirafa jamás podrían haberse desarrollado si no hubiera existido un régimen frecuente de incendios forestales en la sabana, y algo similar ocurre con muchas especies de animales amantes de espacios abiertos.

Un ejemplo muy claro de esta adaptación y evolución de especies de fauna lo tenemos en nuestro país. Probablemente todos hayamos oído más de una vez la archiconocida leyenda urbana de la ardilla que, en la antigüedad, podía cruzar la Península entera, saltando de árbol en árbol, sin posar jamás sus patas sobre el suelo. Ay, ¡qué tiempos aquellos en los que un ser vivo podía disfrutar de los extensos bosques de España!, ¡qué maravilloso vergel debía ser nuestro país antes de que el ser humano se encargase de talar y quemar todos cuantos árboles  se encontraba a su paso! Bueno… Lo malo que tienen las leyendas, es que suelen ser una tremenda mentira. No es cierto que Estrabón, a quien se le atribuye el origen de esta leyenda, afirmara tal cosa, es más, en su obra Geografía, en la que se puede encontrar una de las primeras descripciones físicas de la Península Ibérica, describe un territorio en su mayoría agreste, abrupto y de topografía áspera y difícil, bastante lejos del frondoso bosque interminable que ya forma parte del imaginario colectivo.

Así que, pese a que la historia de la ardilla sea una bonita fábula que se haya convertido en vox populi, en realidad no es el animal que mejor nos ayudaría a entender la realidad de nuestro paisaje. Hay otro animal que, sin embargo, si nos puede ayudar a entender cómo debía ser nuesto país hace milenios: el conejo.

Se sabe que los romanos le habrían dado a Hispania el significado de ‘tierra abundante en conejos‘, una descripción de la que hicieron uso autores como Cicerón, César, Plinio el Viejo, Catón, Tito Livio y, en especial, Catulo, quien se refiere a Hispania como península cuniculosa. De hecho, en algunas monedas acuñadas en la época de Adriano, figuraban personificaciones de Hispania como una dama sentada y con un conejo a sus pies. También se sabe que el término Hispania, deriva del idioma fenicio, y,  aunque ya no es la teoría más extendida, un posible origen etimológico de Hispania, nombre que adoptaron los romanos, sería i-špʰanim, que se traduciría como “isla de los damanes”, un animal similar al conejo, que era el que era conocido por esta civilización del otro lado del Mediterráneo.

Hoy en día se cree que es probable que el origen de Hispania, en realidad provenga de I-span-ya, que significa, “tierra de metales” (los fenicios eran conocedores de la legendaria riqueza mineral de la Península), pero, aún con todo, lo incuestionable es que, con las referencias escritas que nos dejaron los romanos y estando constatado por la ciencia que el orígen del conejo, como especie, se produjo en la Península Ibérica (de hecho, es la única especie de mamíferos domésticos de origen europeo), sí podemos afirmar que, más que una tierra de ardillas, España ya era de muy antiguo, una tierra donde abundaban los conejos.

Y, os estaréis preguntando, ¿esto que tiene que ver con el tema que nos ocupa? Bueno, pues todo esto tiene sentido porque el conejo vive en un hábitat que nada tiene que ver con extensísimos bosques ibéricos legendarios, pues esta especie necesita del monte abierto, donde hay abundancia de matorrales y de espacios desarbolados, siendo otra de esas especies de animales amantes de espacios abiertos, que se han mencionado antes.

Es evidente, por tanto, que España ya era, desde bien antiguo, un territorio que, pese a poseer grandes masas forestales, se caracterizaba por sus espacios abiertos, agrestes y desarbolados, muy moldeados por la acción del hombre y del fuego. Prueba de ello no solo es que haya sido el lugar que vio nacer al conejo, sino también el hecho de que buena parte de nuestras especies de flora hayan desarrollado ciertos mecanismos contra el fuego. Los alcornoque, por ejemplo, tienen una gran corteza de corcho que protegen y aíslan al árbol en caso de incendio; el pino blanco, por otro lado, genera muchas piñas que se acumulan cerradas en un banco de piñas y, cuando llega un incendio, el calor de las llamas las abre y se dispersan entonces los piñones, que germinan y dan lugar a nuevos pinos; la encina, el árbol más común de nuestra geografía, el madroño o el lentisco, son capaces de rebrotar mediante vástagos que se generan a partir del cuerpo del individuo quemado; las jaras, las plantas aromáticas como el romero o el tomillo, germinan gracias  a los nuevos recursos minerales que proceden de las cenizas y a la eliminación de otra competencia vegetal.

La mayoría de las plantas que podemos encontrar en buena parte de nuestro país son, por tanto, especies pirófitas, lo que viene a significar que, sin el fuego, no podrían existir. Y estas plantas no se transformaron en pirófitas de la noche a la mañana, necesitaron millones de años de evolución y, por lógica, si evolucionaron de esta manera, es porque estuvieron expuestas al fuego y tuvieron que evolucionar para adaptarse a vivir en un entorno en el que los incendios eran frecuentes.

Otro dato que aún no se ha proporcionado y que puede resultar interesante es que, muchos de los ecosistemas que han convivido con el fuego a lo largo de milenios, son aquellos que, precisamente, están considerados hoy en día como “biodiversity hotspots”, como los puntos de mayor biodiversidad del Planeta, por organismos internacionales como la Conservation International. Entre ellos, se encuentran California, Sudáfrica, las Costas Australianas o la Cuenca Mediterránea y la Macaronesia, siendo a esta última región a la que pertenece la mayor parte de nuestro país (de hecho, es el país que más territorio aporta a esta región biogeográfica), y entre las razones que han llevado a que sea catalogada como tal, es por estar “considerada como una de las áreas más importantes de la Tierra en cuanto a plantas endémicas[4]. Vaya, ¡qué casualidad!, resulta que nuestro ecosistema es uno de los más ricos del mundo… ¿pese a ser uno de los más afectados históricamente por el fuego?, más que a pesar del fuego, los expertos coinciden en que ha sido, justamente, gracias a él.

Esa idea de que la naturaleza sin la intervención del ser humano es un lugar armonioso, de un verde puro, de frondosa vegetación, de abundante y rumorosa agua cristalina y de bosques infinitos, es completa y radicalmente falsa. El objetivo de un ecosistema no es “ser bonito”, sino albergar biodiversidad, y no solo es que el ser humano forme parte de esa biodiversidad, sino que, aun en los lugares donde hay escasa presencia humana, poco o nada tiene que ver la realidad de la naturaleza con esa idílica visión. Buena parte de la culpa de la que la evocadora imagen de la “España de la ardilla”, en la que los árboles se extendían por doquier antes de ser talados y quemados por el hombre, sea para muchos una representación real de la España de antaño, se debe, simplemente, a la tendencia humana de aceptar que aquello que nos parece más evocador o más “bonito”, tiene que ser, necesariamente, lo mejor.  Pero, ¿qué es “lo mejor” desde un punto de vista ecológico?

Para muchos, zonas de España como La Alcarria o Los Monegros (os invito a buscar imágenes de estas regiones, si no las conocéis), son solo tierra yerma, e, incluso, se ponen de ejemplo como el resultado de lo que ocurrió después de esa supuesta deforestación masiva que emprendieron nuestros ancestros hace siglos (de Los Monegros se dice que fue la Armada Invencible quien se encargó de su “destrucción” para construir los barcos de su inmensa flota… os podéis imaginar la veracidad de la leyenda). Porque “no tienen ni un árbol ni medio”, porque son un “secarral sin vida”, o porque, a ojos de muchos, “no valen nada”, sea cual fuere la causa, lo cierto es que como parecen ser una cosa, automáticamente se asume que lo son. No obstante, muchos se asombrarán cuando sepan que ese “secarral” de Los Monegros, ese rincón de Aragón, esa estepa semiárida prácticamente desprovista de árboles, es uno de los ecosistemas más diversos de Europa. Aquí, investigadores del CSIC descubrieron que el 35% de las secuencias genéticas que obtuvieron tras un estudio en el terreno, no se correspondían con nada conocido, es decir, eran nuevas especies para la ciencia.

Los Monegros, según los científicos, albergan más de 5.400 especies de flora y fauna, donde destacan más de 3.000 insectos, 164 aves y 1.200 plantas. Estos investigadores también calcularon que en una cucharita de café llena de agua de las salinas, se podrían encontrar más de 10 millones de microorganismos[5]. El ecosistema monegrino es infinitamente más diverso que el ecosistema de un frondoso bosque sueco, sin embargo, si preguntas al público en general cuál es más valioso de los dos, cual “es mejor”, me juego el cuello a que la inmensa mayoría optaría sin dudarlo por el segundo, cuando, en realidad, ambos albergan distintos tipos de ecosistemas y biodiversidad que no pueden ser comparados.

El problema de juzgar lo natural desde un punto de vista estético y de asumir que aquello que es estéticamente más armonioso y “bonito” es siempre lo mejor, además de ser subjetivo, es que nos lleva a creer en falsas afirmaciones y nos aleja de la realidad. Este problema se acentúa, además, cuando los medios de comunicación, el mundo del espectáculo o las producciones cinematográficas y literarias plasman estas mismas reflexiones en sus obras. Cuando, desde edad temprana, te bombardean con imágenes y literatura, inculcándote una serie de ideas, y, posteriormente, llegada la edad adulta, esas mismas imágenes y discursos se repiten una y otra vez en las televisiones, las redes sociales, los periódicos, los cines o las novelas, es fácil entender porqué la sociedad, en su conjunto, tiene una percepción del mundo natural que, en muchas ocasiones, nada tiene que ver con la realidad. El ser humano se ha creado una imagen del mundo en el que existen únicamente “el mal” y “el bien”, lo “blanco” o lo “negro”, lo “bonito”, o lo “feo”, lo “constructivo” o lo “destructivo”. Con esta falsa concepción del entorno que nos rodea, todo aquello que sea malo, feo o destructivo, en parámetros sociales, lo rechazamos y nos negamos a aceptar que pueda llegar a ser positivo o, incluso, necesario. Con el fuego, pasa exactamente lo mismo.

Este fenómeno de rechazo a todo aquello que nos resulte contrario a nuestras percepciones, y, especialmente, este rechazo al fuego, se relaciona con lo que el científico y profesor italiano, Giuseppe Mariano Delogu, ha denominado “la paradoja de Bambi”. Bambi es un perfecto ejemplo de lo que explicaba antes. Probablemente, aunque hayan pasado décadas desde que hayamos visto la película por última vez, las imágenes que mantenemos en nuestra memoria con mayor nitidez sean las del “asesinato” de la madre de Bambi a manos de los terribles y despiadados cazadores humanos y, a continuación, el bosque en llamas, provocado intencionadamente por estos últimos, que hace que el equilibrado e ídilico mundo natural de Bambi se desmorone y provoca que todos los animales del bosque tengan que correr despavoridos del fuego y de los malvados hombres que quieren acabar con ellos. Esto, sin duda, deja grabado en la mente de millones de niños de todo el mundo el silogismo de: “fuego=destrucción”, “fuego=hombre” y, por tanto “hombre=destrucción”. En palabras de Delogu: “el caso de Bambi, es una paradoja de nuestro tiempo: las visiones poéticas de un mundo ideal, influidas demasiado por las tecnologías de la comunicación, alejan a nuestra cultura de la correcta comprensión de los mecanismos que gobiernan la dinámica de nuestros ecosistemas[6].

Leer acerca de la paradoja de Bambi, despertó en mí otros recuerdos sobre películas de mi infancia, y me llevé una sorpresa cuando me di cuenta de la cantidad de ejemplos similares que era capaz de rememorar. En El Rey León, la lucha final entre Simba y Scar (la lucha entre el bien y el mal), tiene lugar en un escenario está envuelto por el fuego y las llamas, un fuego que termina súbitamente cuando Simba (el bien), vence a Scar (el mal). Algo parecido sucede en Aladín, cuando en el enfrentamiento con el malo de Jafar, este se transforma en una gran serpiente que envuelve en fuego al protagonista.  En Hércules, Hades, el malo de la película, dios del inframundo, está representado con una melena de fuego, que aumenta de tamaño cuanto más irascible y malévolo se vuelve; en El Jorobado de Notre Dame, la canción que canta Frollo, el malvado juez, se titula “Fuego Infernal”, y relaciona el pecado, el mal, el infierno, con  el fuego, posteriormente, la Catedral se incendia y Quasimodo y Esmeralda logran escapar, no sin antes enfrentarse a Frollo, quién muere en ese mismo incendio; en Dumbo, la escena de mayor angustia y sufrimiento, es cuando el pequeño elefante está atrapado en un edificio en llamas en el circo, en el que los payasos, disfrazados de bomberos, en lugar de apagarlo, se distraen con otras tareas, prolongando el sufrimiento del animal, mientras se mofan de él y lo ridiculizan.

Puede parecer una estupidez, pero todas estas imágenes van creando, sutilmente, una serie de ideas en la mente de los niños y eso acaba provocando, tal y como afirma Delogu, que el fuego, en nuestra sociedad, sea concebido como “una fuerza demoníaca (y humana) ajena al ciclo natural[7]. Pero no solo son estas representaciones del fuego en las películas infantiles en las que han ido moldeando esta percepción. En los diarios de mayor tirada de nuestro país, por ejemplo, los titulares que podemos leer, son los siguientes: “El 80% de los incendios forestales están provocados por el hombre” (Diario ABC, 26 de junio de 2016), “El 96% de los incendios en España se deben a la acción del ser humano” (Diario El Mundo, 26 de junio de 2013), y el Diario El País tiene una sección entera dedicada a los “Incendios Forestales Intencionados”. Los medios de comunicación audiovisuales, no se quedan atrás. ¿Cuáles son las primeras imágenes que se muestran cuando ocurre un incendio forestal?, los desalojos, los animales abrasados, las casas derruidas, el manto verde del monte transformado en un mar de ceniza negra… pero, ¿dónde están las cámaras en el proceso post-incendio?

El ciudadano ha sido convencido de que el fuego es un enemigo a batir a toda costa, y quien diga lo contrario, es que debe ser un necio o un pirómano. Delogu pone otro ejemplo que, curiosamente, aunque ocurre en su Italia natal, es extrapolable al nuestro y, posiblemente, a cualquier otro país occidental. Todos los años, campañas publicitarias e institucionales, se acogen a eslóganes similares a  “todos contra el fuego” (hasta Serrat llegó a participar en un publireportaje de ese tipo hace unos años). En frases como esa va implícita la idea de que el fuego no tiene cabida ni sentido en nuestra sociedad, que debemos apartarlo porque constituye un serio peligro para nuestras vidas. Ahora bien, aunque puede tener cierto sentido, también en la naturaleza se producen inundaciones, desprendimientos de rocas, tornados, o avalanchas y aludes de nieve, y nunca oiremos ni leeremos eslóganes como “todos contra el agua”, “todos contra la nieve”, o “todos contra el viento”. En mi opinión, esto no se debe a que la gente no sea consciente de los peligros que entrañan las inundaciones o los aludes, sino porque, mientras que en esos casos se consideran simples accidentes propios de la naturaleza, en el caso del fuego, todas las veces se relaciona con la idea de que éste es un agente extraño a la naturaleza y siempre provocado por el ser humano con el fin de destruir.

Incluso desde un punto de vista religioso, en la mayoría de las religiones, el paraíso se representa como un lugar en el cielo, entre las nubes portadoras del agua salvadora, o como un armonioso jardín de abundancia y plenitud vegetal, mientras que el infierno se simboliza siempre con el fuego. En el cristianismo es el “fuego eterno”; en el judaísmo, el Gehinom, toma nombre del valle donde los cananeos sacrificaban a niños al dios Moloch, quemándolos vivos; en el Islam es el Yahannam, un lago de fuego; y en el hinduísmo de los varios inframundos que se describen, en varios de ellos, como en el Naraka, se contemplan varios castigos que tienen que ver con el fuego como elemento purificador del karma. El fuego representa al mal, al castigo, no importa en qué cultura ni en qué lugar del mundo, está siempre rodeado de fortísimas connotaciones negativas.

Sin embargo, si el lector ha llegado hasta aquí, ya habrá podido intuir que el fuego es también es capaz de contribuir a la creación de vida. El fuego es un elemento más de la naturaleza y, como tal, tiene su razón de ser y cumple una importantísima función. Por sí solo, el fuego no se puede catalogar como bueno o malo, su impacto no se puede medir ni juzgar en base a las percepciones que cultural, social o teológicamente se le hayan atribuido, como tampoco podría hacerse con el agua. La única diferencia entre el agua y el fuego es que a la primera le atribuímos la vida, y al segundo la muerte, pero eso no es un argumento ecológicamente ni científicamente fundado, es puramente una percepción cultural y humana. Las preguntas a responder ahora son, entonces: ¿qué está pasando?, ¿por qué el fuego ha empezado a ser un problema?, ¿cuál es el verdadero papel del fuego en la naturaleza? y, ¿cómo afecta el rol del hombre en todo este proceso?

En primer lugar, y por intentar ser breve, se podría decir que todas las preguntas del párrafo se pueden responder por medio de lo que los investigadores y científicos han denominado como “ecología del fuego”. La ecología del fuego es, según el ya citado Juli G. Pausas: “la ciencia que estudia el papel del fuego en la naturaleza” la cual “nos sirve para aprender sobre la naturaleza y para enmarcar correctamente los incendios dentro del contexto biológico. Desde el punto de vista aplicado, la ecología del fuego nos proporciona una base científica para gestionar la naturaleza en zonas donde los incendios tienen un papel preponderante, como es el caso de los ecosistemas mediterráneos[8]”. La ecología del fuego es la constatación científica de que el fuego es un fenómeno esencial para el desarrollo de los ecosistemas. Tal es así que científicos como el español Guillermo Rein, catedrático del Imperial College de Londres, afirman que “sin incendios, no habría vida en la Tierra.[9]

Hay que entender, por tanto, a los incendios forestales como parte integrante de los ecosistemas, como un factor que ha afectado a la evolución de las comunidades vegetales y que las mantiene en un estado determinado[10]. La Pau Costa Foundation (nombrada así en honor al técnico de la GRAF que murió en acto de servicio en el incendio de Horta de Sant Joan el 24 de Julio de 2009), en nuestro país, es una institución de referencia en lo que se refiere a las teorías de la ecología del fuego, su misión, según lo que describen en su propia web es la de “impulsar un cambio profundo para que la ciudadanía perciba el fuego como un elemento más de la naturaleza”. Pausas, en su libro Incendios Forestales, de la colección divulgativa que el CSIC promovió bajo la serie ¿Qué sabemos de?, aduce igualmente que “hay un régimen de fuego que es sostenible para el medioambiente y al que se ha adaptado la vegetación, pero fuera de ese régimen el fuego puede alterar o destruir las comunidades vegetales”, y en varios capítulos explica el papel evolutivo del fuego y cómo las plantas se han adaptado a los incendios, originando biodiversidad y paisajes específicos que no existirían sin la acción natural del fuego, un aspecto que, según el experto, es frecuentemente olvidado cuando se gestionan los espacios naturales. Numerosos autores siguen esta misma línea, Delogu… considera que “el fuego es una perturbación natural ‘positiva’. Y lo es mientras permanece en un régimen referido típicamente a un territorio, a un conjunto de paisajes, a unas formaciones vegetales específicas. Y también lo es cuando este régimen de fuego se desarrolla según ritmos naturales o bien guiado por el hombre con modalidades, frecuencias e intensidades con la dinámica de esos paisajes y esas formaciones vegetales

En resumidas cuentas, la ecología del fuego, defiende las siguientes ideas:

  • El fuego es un elemento más de la naturaleza, por lo tanto, en ningún caso, debe considerarse la idea de eliminarlo, puesto que es imposible y contraproducente, y porque contribuye a la generación de biodiversidad.
  • La sociedad debe entender que los incendios forestales son parte de nuestros ecosistemas, por lo tanto debe comprender que no siempre son negativos y aprender a convivir con ellos.
  • El propio fuego es un elemento de gestión del medio que debe ser incluído como método de prevención y, como tal, debería incluirse en las estrategias de prevención de incendios en los espacios naturales.
  • Fuera del régimen sostenible de incendios, los incendios forestales son un riesgo para los ecosistemas y para las vidas y bienes humanos, por tanto, pasan de ser un fenómeno positivo y necesario a una gran problemática y, por ello, cualquier alteración en el régimen sostenible de incendios debe ser solucionada.

Ahora bien, en ningún caso, ni yo, ni ninguno de los autores defendemos que el fuego pueda usarse a voluntad y que deban eliminarse los delitos relacionados con la propagación de incendios intencionados. En absoluto, pues la ecología del fuego, insisto, reconoce que existe un régimen sostenible de incendios forestales, y, aunque defiende que el fuego es un buen mecanismo de gestión, esto no implica que siempre lo sea ni que se pueda utilizar en cualquier momento, ni en cualquier lugar, ni bajo cualquier circunstancia. Que quede claro: prender el monte de manera intencionada y sin conocimiento de lo que se hace, es peligroso, es un delito y no debe, bajo ningún concepto, justificarse.

Quema controlada de rastrojos

La única pregunta que queda por resolver es: si los incendios forestales son un elemento ‘positivo’ para los ecosistemas en su justa medida y, el factor humano nunca ha supuesto un problema significativo, ¿por qué se han convertido ahora en una grave perturbación? Muchos, seguramente, responderán que esto se debe, fundamentalmente, al cambio climático y a que, ahora, hay más incendiarios o pirómanos en nuestra sociedad y, por tanto, más incendios.

Nuevamente, los matices son muchos y, aunque el cambio climático es sin duda un factor que agrava la situación, por sí solo no es tan determinante sino se tienen en cuenta los otros factores y, en cuanto al número e intencionalidad de los incendios, lo cierto es que los datos muestran que se producen ahora menos incendios forestales y, pese a que más del 80% de los incendios forestales son provocados por el hombre, los datos también indican que, aquellos intencionados solo son entre un 10-15%, y un 2% del total, son provocados por pirómanos. Entonces, si hay menos incendios forestales (“en España, entre 2010 y 2019 el número de siniestros se redujo en un 36% respecto a la década anterior”, según WWF), ¿dónde está el problema? y, si el cambio climático no es el principal responsable, ¿cuál es la causa? Y, bueno, por complicar un poco más el tema, teniendo en cuenta que la superficie forestal en España y en Occidente no para de crecer (según datos del Banco Mundial, España ha ganado un 33,6% por ciento de superficie forestal desde 1990), ¿por qué estamos alarmándonos por la pérdida de bosques cuando, de hecho, está ocurriendo lo contrario? ¡No tiene sentido!, tenemos menos incendios y más bosques, ¿dónde existe entonces un problema?

La realidad es, simple y llanamente que los principales responsables de que los incendios forestales sean un mayor problema en la actualidad, son, en general, el abandono del mundo rural y, con él, el abandono de los usos agrícolas, ganaderos, cinegéticos y forestales tradicionales. Estos acontecimientos son también los principales responsables de que ahora tengamos más bosques que hace 40 años.

Hoy en día, el 80% de la población española vive en zonas urbanas, lo cual ha llevado a un abandono progresivo del monte, y este abandono ha tenido dos consecuencias fundamentales. En primer lugar, ha provocado que la masa vegetal crezca sin control, pues los campos abandonados ahora han sido absorbidos por árboles, matorrales y otras plantas. Antiguamente, los agricultores y ganaderos rozaban y quemaban (sí, ¡qué sorpresa!) terrenos forestales para abrir las tierras de cultivo y los pastos; el ganado, de igual modo, pastaba en los montes eliminando maleza, y los lugareños de los pueblos y las aldeas, talaban árboles y recogían plantas como las aliagas y las escobas para calentar sus hogares, recogían los frutos, eliminaban la madera seca, etc. Todo esto mantenía “limpio” el monte.

Al abandonar el mundo rural, se abandonaron los montes y todas estas prácticas. Este problema, además, se agravó en nuestro país cuando se llevaron a cabo reforestaciones masivas en los años 60 y 70 y posteriores, llenando las laderas de nuestros montes de inmensos bosques artificiales de pinos o eucaliptos (curioso es que en España haya más eucaliptos que en toda Australia, cuando esta especie arbórea procede de allí), que son unos grandes vectores de propagación. La idea de “dejar trabajar sola a la naturaleza”, está muy bien, pero nos hemos olvidado de un pequeño y nimio detalle: nosotros también formamos (o al menos formábamos) parte de ella. Antes vivíamos en armonía con la naturaleza, y, por ello, con el mantenimiento de esos montes y nuestra interacción con ellos, estábamos eliminando, sin saberlo, todo ese combustible vegetal que ahora se acumula esperando a arder.

El cambio climático contribuye a que las temperaturas aumenten y, por ello, crea condiciones desfavorables para los incendios forestales, pero estos no se extienden tanto porque haga más calor, sino porque ahora tienen más elementos que quemar y no hay ninguna barrera que los frene, como los pastos o los terrenos adehesados que abundaban antaño.

La segunda consecuencia de que vivamos ahora en las ciudades, es que nuestra percepción del mundo natural ha cambiado radicalmente. Ahora que no vivimos en el campo ni del campo, la naturaleza se ha vuelto para nosotros una especie de paraíso perdido, un lugar del que ya no formamos parte, al que hemos dejado de comprender, y al que consideramos tan vulnerable y tan evocador que debemos proteger de nosotros mismos, pero, al que a la vez, sentimos el irrefrenable deseo de volver. Aunque vivamos de espaldas a la naturaleza, nos sigue fascinando, por ello, hemos edificado más casas en el medio natural como segundas residencias, hemos abierto nuevos caminos y carreteras que atraviesan el corazón de estos espacios, para poder pasar con nuestros vehículos, y todos vamos en manada a disfrutar de los mismos parajes naturales en las mismas fechas (casualmente, en la época de verano, la más crítica para los incendios forestales). 10 meses al año ignoramos a la naturaleza y dejamos que crezca y se desarrolle sin nosotros, 2 meses al año acudimos en masa a contemplarla, aumentando la presión a un territorio en el que ya se dan unas condiciones críticas para el fuego.

A todo ese combustible natural le añadimos más colillas de cigarrillo, más residuos, más barbacoas, más aceite de motor, más viviendas pegadas al bosque… La combinación entre mayor combustible vegetal que arder, que ha estado creciendo durante los meses y años previos, y mayor presión humana, especialmente en los meses estivales, es el cóctel perfecto para que se desate una tragedia que se lleve por delante miles de hectáreas de bosque, pero también bienes materiales y vidas humanas. Por eso los incendios forestales se han vuelto un problema, y por eso, actualmente, nuestra sociedad, concibe que el fuego es igual a destrucción.

Tenemos menos incendios forestales porque hemos aumentado el presupuesto en medios de extinción y porque hemos eliminado todos esos pequeños incendios y fuegos que, antaño, eliminaban el exceso de cubierta vegetal, pero esos incendios queman ahora muchas más hectáreas porque tienen más cubierta vegetal, viviendas y enseres que quemar. Al vivir en la ciudad nos hemos  vuelto “ecologistas de sofá”, que nos culpamos y maldecimos por el “daño” que le hacemos a la naturaleza, y pensamos que la mejor manera de protegerla, es ignorarla, cuando, en realidad, siempre hemos formado parte de ella. Y es que, esa es la paradoja de Bambi de Delogu, porque, pensando que estamos haciendo el bien, en realidad, no estamos sino agravando el problema.

La paradoja de Bambi resume esa idea de que, pese a que creemos que el hombre y el fuego son los mayores enemigos del medio natural, en realidad, somos sus mejores aliados. Y es que, en definitiva, la ecología del fuego, una ecología de verdad, no como la nuestra de sofá, tele y asfalto, entiende que, con todos esos pequeños incendios, conseguimos evitar que otros más grandes vengan detrás, con todos esos pequeños incendios que el ser humano puede gestionar y aprender a manejar, como lo ha hecho siempre, el equilibrio natural y ecosistémico puede mantenerse, como se ha mantenido durante milenios. Antes, muchos pequeños incendios quemaban pocas hectáreas, contribuyendo a los procesos biológicos de regeneración y evolución; ahora, pocos grandes incendios, arrasan con muchas hectáreas, dificultando los procesos naturales (aunque, al final, la naturaleza siempre se abre paso).

Quizás debamos estar abiertos a nuevas maneras de entender el mundo que nos rodea si verdaderamente deseamos encontrar soluciones a los problemas que nos amenazan. Quizás debemos desprendernos de nuestro concepto urbano de temporalidad, donde la inmediatez es la norma, para entender que la naturaleza sigue sus propios y lentos procesos y que, pese a que es probable que no podamos volver a disfrutar del mismo paisaje que había antes de un incendio, eso no significa que se haya perdido para siempre. Quizás debamos comprender que, con las nuevas realidades climáticas, cada vez se hará más difícil desplegar medios de extinción a varios puntos del país simultáneamente para extinguir incendios y que, por ello, necesitamos mecanismos más efectivos.

Quizás deberíamos desechar la idea de la utópica España de la ardilla, y comprender que siempre hemos vivido en una España del conejo, de paisajes más agrestes y duros, y no por ello menos valiosos. Quizás deberíamos pensar en volver a retomar ciertos usos tradicionales, a recolectar con la naturaleza y entender que formamos parte de ella. Quizás debamos buscar la manera de construir edificios más resilientes y resistentes al fuego si queremos seguir viviendo a las puertas de los bosques, a las puertas de los incendios. Quizás, en definitiva, todo se resuma a entender que la naturaleza no debe ir por un lado y nosotros por el otro porque, al fin y al cabo, somos un eslabón más de nuestros ecosistemas y, mientras nos consideremos como el mayor enemigo de nuestro medio natural, mientras pensemos que no debemos intervenir ni formar parte de él, tal vez estemos infringiendo mayor daño del que queremos evitar.

 

Bibliografía

[1] Domesticación en el continente americano. Volumen 1. Manejo de biodiversidad y evolución dirigida por las culturas del Nuevo Mundo, Capítulo 7, (pp.189-224), 1ªEdición.  UNAM-UNALM

[2] Fuentes Arrimadas, N.: Fisiografía e Historia del Barco de Ávila, 1925, cit in. Martínez Ruíz, E.: “Comportamiento del fuego en un gran incendio”, II Curso Superior sobre defensa contra incendios forestales, abril 1987.

[3] Arjona, D., 2012. La ecología del fuego.  El Cultural. Dispoible en: <https://elcultural.com/La-ecologia-del-fuego>

[4] https://www.cepf.net/our-work/biodiversity-hotspots/mediterranean-basin/species

[5] Casamayor, E., Triadó-Margarit, X. and Castañeda, C., 2013. Microbial biodiversity in saline shallow lakes of the Monegros Desert, Spain. FEMS Microbiology Ecology, 85(3), pp.503-518.

[6] Delogu, G., 2013. Del lado del fuego: la paradoja de Bambi: Viaje en la historia del fuego en Cerdeña e Italia. Il maestrale, p.40.

[7] Ibidem

[8] Arjona, D., 2012. La ecología del fuego.  El Cultural. Dispoible en: <https://elcultural.com/La-ecologia-del-fuego>

[9] Sáez Barcelona, C., 2017. Cuando el fuego regenera la naturaleza. La Vanguardia. Dispoible en: <https://www.lavanguardia.com/vida/20170804/43311570894/cuando-el-fuego-regenera-la-naturaleza.html>

[10] Blanco, J.A. (2012). “Incendios Forestales” de Juli G. Pausas. 2012. ISBN: 978-84-8319-714-1/978-84-00-09492-8, Catarata y CSIC, Madrid, España. Ecosistemas 21(3):121. Doi.: 10.7818/ECOS.210.21-3.20