Con el tiempo se han llegado a reconocer y difundir más los roles que cumplen en el planeta, aunque como es de esperar, resaltan más aquellas funciones que contribuyen a la supervivencia de la especie humana. Estos bosques son secuestradores de carbono, y por lo tanto es más común que se los conozcan como “aliados” en la búsqueda de reducción de contaminación por CO2.
El potencial de estos bosques tiene un alcance mucho más grande de lo que aparenta, y queda claro cuando revisamos los factores que influyen en su desarrollo, como: el uso previo de la tierra, las características de los diferentes suelos, la proximidad de las fuentes de semillas, e incluso los tipos de dispersores de las semillas determinan la variabilidad de cada bosque secundario en general. Estos aspectos del ambiente determinarán que el bosque se recupere en poco/mucho tiempo, que tenga altos/ bajos porcentajes de riqueza de especies, o que proporcione muchos/pocos recursos y productos a las personas. Por lo tanto la importancia de un marco conceptual ecológico cobra importancia cuando las comunidades más cercanas a estos ecosistemas, que viven de lo que les proporcionan, elaboran estrategias de gestión.
El aprovechamiento de estos bosques requiere de una integración entre una parte humana, y una parte ambiental, animal, vegetal y hasta de microorganismos del suelo. La parte biótica y abiótica que no es humana esencialmente contribuye al mantenimiento de la diversidad, necesaria para: que el ambiente resista a futuras perturbaciones, el nivel de nutrientes del suelo soporte diversas plantaciones, los cursos y pureza del agua pueda sustentar a los actuales y futuros organismos cercanos. Y es a partir del reconocimiento especifico, de cada bosque, cada especie vegetal, cada especie polinizadora, cada tipo de interacciones, cada tipo de estructuras, que le den ventajas para la recuperación más rápida y optima, que se suma el lado humano. De este último, debe de haber un nivel de interés en estos ecosistemas, que considere los límites y condiciones que cada lugar puede aguantar, para poder producir plantas leñosas, no leñosas, frutos, materiales, etc. Lo cual se puede alcanzar con políticas específicas para bosques secundarios (que pueden manejarse institucionalmente como a niveles gubernamentales, según donde se encuentre el bosque y que importancia tenga) como relacionados a la regularización de la comercialización de sus productos, y la captación de retribución económica por aprovechamiento de los “servicios ambientales”.
Con una correcta interacción de estos integrantes, los bosques secundarios pueden ofrecernos una gran lista de “servicios”, como regeneración de suelos fértiles, diversificación de productos vegetales con mejor valor nutritivo-económico, o conservación de especies animales de interés económico o de atractivo turístico. Aunque esto solo observándolo desde el punto de vista económico a corto plazo, ya que cuando consideramos la función de los bosques en el ciclo de nutrientes o el clima, podríamos entender que la conservación de los mismos por décadas, o siglos significarían incluso mejoras en las estacionalidades de las cuales dependen muchas áreas de producción.
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