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Estudiando sociología en el campus Oriente de la UC –poco después del golpe chileno de la última parte del «siglo XX»–, por ahí por el quinto semestre de la carrera, sufriendo ya el doble trauma de una ocasión histórica nacional donde para muchos todo se había frustrado y donde, para otros muchos, todo se había rescatado (y en esta disyuntiva, con ciertas preferencias personales que nunca pudieron alcanzar la flema ideológica), y el trauma de una teoría sociológica que, para mí, «hacía aguas» (o «vacíos») por varios flancos, mientras insistía en ella, intentando integrarme a un «seminario privado» que dirigía (por 1975) Pedro Morandé con el asunto: «el estructuralismo» (es decir, el pensamiento del antropólogo C. Levy-Strauss), recuerdo haber tenido la intuición de asistir a unos cursos del Instituto de Historia.
Wena intuición (como siempre), pero ellas, en esa época, aportándome nuevas angustias-de-existencia. Harto puedo decir de los cursos de historia universitaria a los que asistí, así que ahora mi limitaré a una experiencia.
Durante una clase una mañana, surgió esta lucidez: los historiadores saben más que los sociólogos de «lo-que-pasa», pues dicen hechos, mientras la teoría dice idealidades. Y, con un par de hechos, vi que podía aceptar o descartar varios libros de tormentosas (para mi) especulaciones-argumentales. Pero, entonces, noté qu’ello no impedía que m’enfrascara, apenas podía, en otro capítulo de «Antropología estructural» de Levy-Strauss, y, comprendiéndolo apenas, me descubría paradojalmente repitiendo: pero los teóricos-saben-más.
Y es que, en clases de historia, las dudas y generalidades abusivo-confusas de lo social, recibían respuestas simples y, ante todo, creíbles. Aunque después, la teoría me mostraba con meridiana (de la misma) lucidez, que esas respuestas debían tomarse como relativas. Al final se trataba, al parecer, de la existencia-personal y esta dualidad: confusiones o simplicidades –aunque nada sabía de un Occam y su «navaja»…
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¿Quiénes sabían más, los historiadores que aportaban «hechos» que resolvían tomos enteros de teoría sociológico-generalista, o los teóricos (los excepcionales) que señalaban en media página a veces, los límites «evidentes» en la constitución de cualquier «hecho-histórico» –pues los «hechos-sociales» nunca meramente «ocurren», sino se dan «constituidos», o en el modo interpretativo, del «añadido» del «sentido»)? Los «hechos» pues, <son> nombres (de «entidades»), números (referidos a «cosas»), lenguaje; y la «buena-teoría» <es> «nombre-de-nombres, de-números, lenguaje-de-los-lenguajes». Esta complejidad y esta simplicidad[i].
«¿Qué fue el golpe?». «¿Cuáles fueron las causas del «golpe»[ii]?», las ecuaciones evolucionaban en mí tendiendo a suprimir, no esta o esa respuesta, sino a consultar experiencias primarias como: (1) ¿cómo es esto de «preguntar»?; (2) ¿hay «causas» en lo humano? (el «principio-de-causalidad»); y (3) (rotundamente como el terremoto de 2010, año histórico-epocal en Chile: justo un tremendo terremoto el año del «Bicentenario-de-Chile«), ¿cómo es eso con la palabra «es», que hace que el golpe «haya-sido», que deba «ser», algo. Y en el sentido de algo que debemos esforzadamente definir, delimitar, caracterizar, clarificar, fundamentar como «esto-y-no-otras-cosas»?[iii]
El apartado anterior, el rodeo por los años ’70, para llegar al «hoy-mayo-2025» mirando una entrevista reciente (en youtube) al historiador chileno Alfredo Jocelyn-Holt, y su nuevo-último libro de ensayos y conferencias de 30 años.
Sí, el historiador sabe cosas. Como que, en la disputa epocal entre determinismo (causalidad), y azar-del-suceso (ironía, sorpresa), en las experiencias de la «historia-humana» –el «golpe», por ejemplo–, parece que vale más lo segundo que lo primero. Aunque este profesor admite una maravilla a veces vuelta «evidente»: que la poesía llega a «saber + que todos». Como cuando recuerda el poema épico «La Araucana«, escrito por Alonso de Ercilla en plena guerra-de-conquista europeo sobre el pueblo-mapuche («siglo XVI» europeo). Y el poeta, por encima y por debajo, «ve» un sorprendente «paralelo» entre las virtudes guerreras españolas (cultivadas en Flandes, a miles y miles de distancias de todos-los-tipos), y las virtudes mapuche (quien nada sabía ni de «historia», ni de «escritura-fonética», ni de «caballos», ni de…). Ve lo humano-equivalente de estos «enemigos-a-muerte».
Y bueno. Por eso lo de la experiencia de «habitar el entre/medio» (ver nota 3), de Hólderlin-Heidegger… Prosigamos:
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Entrado el «siglo XXI» ya nada parecen ocuparme, como prioridad, estos asuntos de «hechos & teorías», de «causalidad & azar», de «sociología & historia» (y, en este esquema, de «ambos & filosofía»).
M’encuentro cada día «saludando-sol». Es decir, todo eso humano, que a algun@s les resulta tanto como: «todo lo humano me concierne» (como un «todo eso me rodea», y no como logro de saberlo todo, sino de impulso y motivo), y «nada de lo humano me es ajeno«, me resulta breve.
Hay mañanas –como es ese film «Todas las mañanas del mundo«–, en que solamente pertenezco a alguien-algo como instalado en l’estrella y meditando los alrededores. Como otro «Principito«, talvez.
¡Qué interesante escuchar a Alfredo esta mañana! Y, al final, para reconducirme al nicho tibio[iv] donde el sol me encuentra…
[i] Como en aquella frase: «El habla habla» –M. Heidegger en «De camino al habla». O, en el mismo texto: «Cuando hablamos del habla, ya hablamos». Ya lo tenemos y ya lo perdimos en origen, arjé. Por tanto, no podríamos saber del hablar-de lenguajes, ya comprometidos en uno. Habríamos de «separarnos» del habla mientras hablamos para comprenderla –para saber del saber–, no en sus «contenidos» sino en su «esencia» –su modo de realidad-antes-de-los-lenguajes.
[ii] Escribir «golpe» ya interpreta. Nunca hubo «golpe» como mera cosa ocurrida, sino «golpe-de-Estado» presuponiendo el «Estado-de-Chile», la «democracia», la «institucionalidad»,…
[iii] Mentira. O ilusiones justificadas (no justificatorias): eso ocurrió años post esta escena en el campus Oriente-sociológico. Ella, en efecto, no culminó con Jocelyn-Holt, sino en alguna clase de la filosofía de M. Heidegger, cuando parece que comencé a comprender que «Entre la tierra y el cielo habita el hombre», y que la traducción de Breno Onetto a ese texto oscuro del mismo Heidegger, los «Beitrage zur phylosophie», era muy buena. Al punto que m’ocurría descubrir ciertas correspondencias «secretas» entre las angustias del Gran filósofo post «Ser y tiempo», y este pequeño chileno del fin austral del mundo (justo en 1998-99: fines de la «época-siglo XX»).
[iv] Recordando los «Sonetos de la muerte» de nuestra Gabriela Mistral. Pero revisitados.
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