¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

Poema de Gonzalo Rojas, premios Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 1992, Nacional de Literatura de Chile 1992 y Cervantes 2003. (¿tantos?), Chile, 1916-2011

Pues se trata, aquí, solamente, de este “Què se ama cuando se ama,..”. Y vamos a realizar todavía otro gesto voluntario: No nos gusta ese “què” y lo cambiamos por un “còmo”. Pues la pregunta por el “què (es)” la descubrimos demasiado recubierta de los presupuestos de la vieja metafísica descubierta/inventada tanto por un Platòn como por un Aristòteles.. Como ha enseñado Heidegger precisamente, la forma de la pregunta determina màs de la mitad de la respuesta posible (en efecto: toda ella). Por eso este pensador dedicò varios años solamente a cambiar el modo y las palabras de sus preguntas (hasta, de cierta manera, eliminar la “forma pregunta” de su pensar y escribir).
Entonces, de acuerdo o no con Heidegger, cuando G. Rojas pregunta ya usa un modo de poetizar (que presupone, por ejemplo, el modo “respuesta”). Y presupone, también, el que se responda en un “que es”. O sea, requiere que se ofrezca una entidad, una cosa, un objeto que ocupe el lugar “vacío” de este preguntar: que debe haber algo m/m idéntico a sì mismo, propietario de una “esencia”, que venga a ocupar el “lugar” que necesita esta pregunta para satisfacer su “deseo” de respuesta.

Pero, precisamente, podemos contra-preguntar: ¿hay en eso, “amor”, alguna entidad, cosa, objeto, que lo satisfaga en su sentido (no en su “deseo”)? Pues si yo pregunto: ¿cuànto vale el kilo de pan en esta panaderìa? Pues, fácil, hay hasta un letrero que dice: Marraqueta kilo $ 2000…
Pero “què es eso, amor” parece necesitar de nosotros una no-precipitación, y mantenernos, un momento, meditando: ¿es adecuado buscar/desear un “què”, una cosa, que denote (y hasta connote) el sentido de la palabra “amor”?

Si la pregunta fuera suficientemente “radical” talvez comenzarìa por hacerse a sì misma este gesto: ¿puedo preguntar a eso, “amor”, un què, determinarla a presentar una entidad y una respuesta? O, ¿eso “amor” (no-mor; no-muerte; por tanto también no-vida,…), nos propone una “posición” en que la posible entidad/cosa/objeto significado, se hace dudoso u opcional o libre?
¿”Què se ama cuando se ama…?, pues, quizá, precisamente se ama un “algo diferente de un què”.

Desde ya, si no incluye el sentido de “muerte” (por tanto, de “vida”), ¿què puede ser eso? ¿Pues, talvez, no es un algo? Precisamente “no-es” y por ello resiste la dualidad de muerte/vida –-.que podría resultar una versión de la dualidad destrucción/construcción… (o “generación/corrupciòn”, para decirlo en un modo màs aristotélico.).

De manera que el verso de G. Rojas –el fragmento–, puede leerse obedeciendo el deseo de entidad (de un “es eso”), o como puerta de entrada (o ventana) para acceder donde no hay necesidad de que eso, “amor”, tenga una respuesta al modo metafísico. ¿Què se ama cuando se…,? leído, màs bien: ¿còmo ocurre que decimos que hay algo en eso amor? ¿Y si amor abre a una experiencia de un acontecimiento donde aparece una alternativa ausente en el “mero preguntar”?

Es decir, ¿còmo preguntamos algo a eso “amor”? Al poner esa palabra, “amor”, talvez le hacemos algo a las palabras –-que son entidades de significación (dicen varias teorías modernas del lenguaje que hay que creer por ahora). Y ahora, la escritura “amor” puede generarnos algo un poco diferente a una “mera palabra”.

Esto no resulta de mi arbitrio. Resulta de “tomar en serio” el sentido de “algo que no-muere/no-vive” (pues, aparentemente, la significación de una palabra descansa bastante en aquello que “también no-es”: entendemos algo alto porque no es bajo, por ejemplo…).

Según cierta metafísica de las cosas, algo es algo (por ejemplo, X), en la medida que no-es todo lo demás. Algo es rojo también porque no-es otros colores, y colores es luz, que no-es todo lo que es no-luz, etcètera…

De manera que queremos arribar allì donde el verso del poeta chileno abre a aquello que el poeta no adivinó (al parecer). ¿Què se ama cuando…? Pues, se ama algo asaz enigmático. Algo que., de entrada (por definición casi), no es ni vida ni muerte (sino algo otro).

Por supuesto, ¿cómo se ama? Pues, amando. No hay otro modo. No respondiendo a una fòrmula. Por ejemplo: amar es “sentir un afecto muy muy profundo”. Eso, precisamente, en el poema, no alcanza para “amor”.

Y todo esto podría denominarse en la filosofía contemporànea (quizás) un pasaje de la metafìsica tradicional (esencialista), a una fenomenología (o, mejor, “actitud fenomenológica”). Importa el “fenómeno del amor” que pareciera eso que acontece “cuando se està amando”.

Finalmente, los enamiorad@s del mundo y del Uni/Multiverso pueden seguir leyéndose poemas que intentan, de in/finitas maneras, satisfacer ese deseo de respuesta, de compañìa, de “lo otro no-mìo que es mìo”.

Gracias a un poeta como Gonzalo Rojas (y a la mitad de su verso)…
Qaruru kama, hasta mañana