Ayer, en el Parlamento de Baleares, que preside un impresentable, intransigente y fascista individuo de VOX, cuyo nombre no merece ni mencionarse, un diputado autonómico de su grupo, un tal Sergio Rodríguez, se felicitó por el día de la victoria en alusión a las palabras del enano de Salamanca, otro de los motes que, de sus compañeros, recibía Franco.
El caso tendría poco recorrido si el diputado en cuestión, bendecido y apoyado por el presidente de la cámara balear, no hubiese pretendido demostrar que la memoria de los golpistas traidores sigue viva. Crecidos por sus éxitos europeos y americanos, los intransigentes ultraderechistas del mundo, vuelven a sacar la patita por debajo de la puerta. No hay excusa, son los de siempre, derrotados, ¡ellos sí!, por una democracia larga y duradera, superior en tiempo y sobre todo en valores a la mierda que durante cuatro décadas nos tuvieron sometidos.
No son salvadores de nada, no son representantes de nadie con dos dedos de frente; son la escoria de la política, aunque lo disfracen de mal necesario. El caso de Marine Le Pen demuestra que ni son honrados ni necesarios, tan solo agresivos y dictatoriales.
Me dirán que el tipo quiso hacer una broma, que no todos los militantes de VOX son iguales, y yo les acepto sus argumentos, porque no puedo pretender que todo el mundo tenga la misma sensibilidad ni un mínimo de inteligencia.
Sin embargo, hay que dejarles algo bien claro, no tienen que presumir de ninguna victoria, la democracia fagocitó aquel nefasto primero de abril, que vitorea hoy este insensato; y los aliados -con muchos españoles en sus filas- terminaron con los sueños de los dictadores europeos. Y, todavía hoy, el nombre del Ejército Popular de Vietnam, impone respeto a cientos de miles de estadounidenses. Los dictadores, hoy como entonces, mueren en silencio.
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