Se trata de gentes que sufren algún tipo especial de alexitimia que les impide expresar buenos sentimientos y a los que domina una tendencia maléfica a no recurrir a una gestión sana para evitar o solucionar los conflictos.

Para esas gentes deberían existir establecimientos especiales para sus curas. Lugares paradisíacos tipo resorts donde personal médico, de restauración y rehabilitación, les aliviaran de sus miserias psicosomáticas, para devolverles un poco de ánima  y que, con el tiempo, dejaran de ser oscuros, simples y aprovechados portales orgánicos.

Tal vez, por eso, y porque considera que solo tienen derecho a la vida los que poseen recursos económicos, armamentísticos o geofísicos, el presidente Trump, valedor de esos principios, cree poder convertir en lugares de ensueño los cementerios y las ruinas. Debería saber el presidente de los Estados Unidos –América es un continente no un país– que aquellos lugares tienen dueño, que la gente tiene derecho a vivir en sus hogares, que no hay maldita religión que pueda con las almas y que todos los imperios, a lo largo de la historia, han caído.

Pero para entender lo que digo, es preciso tener compasión, sentimientos y razón. Y de todo esto anda muy escaso el señor Trump.

El conflicto de Gaza no se resuelve con diásporas, hoteles de lujo y fuerza bruta. La solución son dos estados, el Palestino y el Israelí, viviendo en paz en la tierra elegida o prometida. Ya sé que esto es difícil; casi imposible. Pero la culpa no la tienen las gentes de buena voluntad, recen mirando a la Meca, a Jehová, a Cristo, incluso los que no rezan; y tampoco las estrellas.

La culpa, querido Bruto, está en la política y en los brutos de cada día.