Mujer plantando en Huacarpay. © Accionatura

Todas las personas necesitamos para vivir un aire de calidad, agua, alimentos y, en menor medida, un cobijo. Si miramos nuestro entorno, casi todo lo que nos rodea proviene de la biodiversidad. Nuestros alimentos provienen de animales, plantas y hongos salvajes, obtenemos materias primas sobre las cuales se basan nuestras industrias, e incluso los plásticos o los combustibles fósiles que todavía utilizamos en el planeta, provienen de restos vegetales y animales en descomposición. Pero la diversidad de la vida sobre la Tierra, a pesar de ser la base de nuestra vida, está en peligro.

Las extinciones son para siempre 

Las extinciones son parte de un proceso natural que hace que regularmente desaparezcan especies y poco a poco vayan apareciendo otras nuevas. Normalmente este proceso tiene lugar a lo largo de miles de años, pero actualmente el ritmo de extinción es de entre 10 y 100 veces más rápido que el que tendríamos de forma natural. Más de un tercio de las especies de flora y fauna a escala mundial están amenazadas. Cada día podríamos estar perdiendo entre 50 y 200 especies, y, con ellas, la oportunidad de descubrir usos que podrían ser útiles para la humanidad. Y la especie humana es la principal y casi única causa de ello.

Cuando hablamos de los problemas ambientales que nos rodean, como el cambio climático, la contaminación del aire, del agua o de los suelos, la erosión o la desertificación, pocas veces somos conscientes de que tienen solución. Cambiar la situación es casi siempre una cuestión de voluntad, tecnología, dinero y tiempo. Con todas estas situaciones podríamos recuperar la calidad del aire, antes de que tengan que pasar centenares de años. Recuperar los suelos, aunque tarden mil años en rehacerse, es posible. También podemos recuperar la calidad del agua de ríos, lagos, océanos e incluso de los acuíferos subterráneos. Pero la pérdida de biodiversidad provocada por las extinciones es para siempre jamás, es un proceso totalmente irreversible.

A veces se ha utilizado el desarrollo a cualquier coste con el fin de justificar la destrucción de la biodiversidad. En muchas zonas se cambió el uso de la tierra, se crearon monocultivos, se introdujeron especies exóticas invasoras, se fragmentaron hábitats debido al crecimiento urbanístico o se desplazaron poblaciones para extraer recursos mineros. Todo en aras del crecimiento económico. 

Sin embargo, la realidad es que la pérdida de la biodiversidad sólo acentúa las situaciones de pobreza. Ambos problemas comparten algunas presiones: al crecimiento de la población, el consumo desmesurado y la sobreexplotación de los recursos se añaden los efectos del cambio climático y la contaminación. La solución, pues, debe llegar desde una perspectiva conjunta.  

La biodiversidad puede ayudar a luchar contra la pobreza  

Frenar la pérdida de biodiversidad es esencial para el bienestar humano. Una mayor diversidad permite que los cultivos y los rebaños puedan adaptarse mejor a los cambios y resistir ante las enfermedades y pestes. En esta misma línea, el desarrollo de nuevas variedades de alimentos y la mejora de las existentes serán la base de la seguridad alimenticia para el futuro. 

La diversidad de especies genera un abanico más amplio de bienes que pueden ser utilizados para la alimentación, la salud, la construcción, el comercio y la artesanía. Por poner un ejemplo, el café que crece bajo la sombra de árboles permite crear hábitats para la fauna y diversificar los productos que obtiene el agricultor. Para cultivarlo se usan menos agroquímicos y, cuando se certifica, puede convertirse en un ingreso considerable. Con la creación de reservas marinas dónde la extracción la lleven a cabo pescadores artesanales se puede combinar conservación y bienestar.  

Acceso a los Estándares Sociales y Ambientals REDD+

Pero con la erradicación del hambre y las mejoras de las actividades primarias no tenemos suficiente para acabar con la pobreza. El funcionamiento correcto de los ecosistemas garantiza que la naturaleza pueda proporcionar un flujo continuado de bienes y servicios. Aun así, este es un aspecto que no se considera, porque hoy en día no tiene valor de mercado. Recientemente, se valora la mitigación del cambio climático. Bosques y zonas húmedas almacenan millones de toneladas de carbono, las cuales tienen un precio de compraventa. Mecanismos como REDD+ contribuirán a mejorar la calidad de vida de las poblaciones locales.  

La biodiversidad también es clave para ayudar a la gente a adaptarse al cambio climático, diluir la contaminación y tener una protección ante los desastres naturales. Para conseguirlo hace falta mejorar la productividad y aumentar la resiliencia, y las consecuencias de no hacerlo son graves. En Indonesia el tsunami golpeó especialmente a aquellas poblaciones que habían eliminado los bosques de manglares que protegían la costa. En América del sur y central los derrumbamientos se llevan poblaciones enteras dónde los bosques de las cabeceras han sido eliminados.

Los estudios de la biodiversidad nos permiten adelantar en el conocimiento del origen y funcionamiento de la vida, y nos aportan múltiples aplicaciones que pueden ser valiosas. Un ejemplo de ello es el desarrollo del biomimetismo. Un ecosistema diverso también es fuente de materiales para tratar y curar las enfermedades. Numerosas drogas sintéticas tienen un origen natural; sobre todo en los trópicos podemos encontrar principios activos con gran potencial para la industria farmacéutica. Si bien actualmente la población local no recibe los beneficios de esta bioprospección, se está trabajando para reconocer el derecho soberano de los estados sobre sus recursos genéticos y regular también el derecho a recibir parte de las ganancias que se deriven de ellos

Oportunidades espirituales y económicas

Hay también un montón de alternativas por descubrir. Es sorprendente que en el siglo XXI todavía se encuentren especies nuevas de mamíferos, pájaros o anfibios, tal y como ha pasado a Papúa Nueva Guinea o Camboya recientemente. Si todavía no conocemos todos estos animales grandes, no podemos ni imaginar lo que hay en el mundo de los invertebrados, particularmente de los insectos.

Son destacables los aspectos culturales para luchar contra la pobreza. Apreciamos la belleza de la biodiversidad que nos sirve como fuente de inspiración y como espacio para el recreo. Las poblaciones más pobres, que dependen estrechamente de la naturaleza, establecen enlaces espirituales y de autoestima con ella, y por ello es muy importante que participen en el planeamiento y la toma de decisiones, y que se incluyan siempre los conocimientos y visiones locales.

Una opción de aprovechamiento cada vez más reconocida es el turismo. Cada año millones de personas de todo el mundo visitan áreas naturales con el fin de conocer, observar y fotografiar su biodiversidad. El turismo contribuye significativamente a las economías locales, mejora la calidad de vida y genera ocupación, y el ecoturismo es una de las tipologías de turismo que más ha crecido en las dos últimas décadas.

En conclusión, la protección y restauración de la biodiversidad es una oportunidad para que las poblaciones más desfavorecidas puedan salir de situaciones de pobreza. La conservación de los espacios naturales garantiza el desarrollo socioeconómico sostenible.

¿Podemos hacer algo?

La respuesta es contundente: Sí. Un primer paso es conocer la biodiversidad que nos rodea. Interesémonos por saber qué son las plantas y animales más comunes y qué podemos encontrar a los bosques, campos y humedales más próximos.

Informémonos también del origen de los productos que compramos. Sin saberlo, con algunos de nuestros hábitos de consumo, estamos contribuyendo a la destrucción de la naturaleza y a la pérdida de biodiversidad muy lejos de nuestra casa. Por poner ejemplos, el aceite de palma que se encuentra en la composición de muchos alimentos y cosméticos, si proviene de Indonesia, podemos estar casi seguros que ha contribuido a la destrucción de algunas de las selvas pantanosas más ricas de Borneo y Sumatra, poniendo en peligro especies emblemáticas, como el orangután. Si consumimos soja y no sabemos de dónde viene, podríamos estar provocando la pérdida de selvas y bosques de gran interés en Brasil o Paraguay. Actualmente, la mayor parte del ganado, del que se obtiene una gran proporción de la carne no etiquetada como ecológica, se alimenta de piensos preparados con cantidades importantes de soja. Reduciendo el consumo de carne, contribuiremos indirectamente a la conservación de selvas y bosques de Sudamérica. También es importante que, al comprar un mueble de madera, pidamos que lleve el certificado FSC, y así sabremos que proviene de plantaciones o bosques gestionados de manera sostenible. 

En este cambio de paradigmas, la educación juega un papel importantísimo, puesto que ayuda a individuos y comunidades a adquirir conciencia de su medio y aprender los conocimientos que los capacite para actuar. Una manera de educar en la conservación de la biodiversidad es dar a conocer su valor en directo; visitando espacios naturales protegidos, y apoyando a organizaciones de conservación de la naturaleza.  

Lo que es más importante es no quedarnos parados ante las amenazas y las malas noticias. En todo el mundo cada vez son más las personas dispuestas a aportar un grano de arena para preservar este patrimonio de todos y transmitirlo en buenas condiciones a las generaciones futuras. Es necesario implicarse. 

Francesc Giró y Ana Alcázar, Acciónatura.org



Mujer plantando en Huacarpay. © Accionatura

Todas las personas necesitamos para vivir un aire de calidad, agua, alimentos y, en menor medida, un cobijo. Si miramos nuestro entorno, casi todo lo que nos rodea proviene de la biodiversidad. Nuestros alimentos provienen de animales, plantas y hongos salvajes, obtenemos materias primas sobre las cuales se basan nuestras industrias, e incluso los plásticos o los combustibles fósiles que todavía utilizamos en el planeta, provienen de restos vegetales y animales en descomposición. Pero la diversidad de la vida sobre la Tierra, a pesar de ser la base de nuestra vida, está en peligro.

Las extinciones son para siempre 

Las extinciones son parte de un proceso natural que hace que regularmente desaparezcan especies y poco a poco vayan apareciendo otras nuevas. Normalmente este proceso tiene lugar a lo largo de miles de años, pero actualmente el ritmo de extinción es de entre 10 y 100 veces más rápido que el que tendríamos de forma natural. Más de un tercio de las especies de flora y fauna a escala mundial están amenazadas. Cada día podríamos estar perdiendo entre 50 y 200 especies, y, con ellas, la oportunidad de descubrir usos que podrían ser útiles para la humanidad. Y la especie humana es la principal y casi única causa de ello.

Cuando hablamos de los problemas ambientales que nos rodean, como el cambio climático, la contaminación del aire, del agua o de los suelos, la erosión o la desertificación, pocas veces somos conscientes de que tienen solución. Cambiar la situación es casi siempre una cuestión de voluntad, tecnología, dinero y tiempo. Con todas estas situaciones podríamos recuperar la calidad del aire, antes de que tengan que pasar centenares de años. Recuperar los suelos, aunque tarden mil años en rehacerse, es posible. También podemos recuperar la calidad del agua de ríos, lagos, océanos e incluso de los acuíferos subterráneos. Pero la pérdida de biodiversidad provocada por las extinciones es para siempre jamás, es un proceso totalmente irreversible.

A veces se ha utilizado el desarrollo a cualquier coste con el fin de justificar la destrucción de la biodiversidad. En muchas zonas se cambió el uso de la tierra, se crearon monocultivos, se introdujeron especies exóticas invasoras, se fragmentaron hábitats debido al crecimiento urbanístico o se desplazaron poblaciones para extraer recursos mineros. Todo en aras del crecimiento económico. 

Sin embargo, la realidad es que la pérdida de la biodiversidad sólo acentúa las situaciones de pobreza. Ambos problemas comparten algunas presiones: al crecimiento de la población, el consumo desmesurado y la sobreexplotación de los recursos se añaden los efectos del cambio climático y la contaminación. La solución, pues, debe llegar desde una perspectiva conjunta.

La biodiversidad puede ayudar a luchar contra la pobreza  

Frenar la pérdida de biodiversidad es esencial para el bienestar humano. Una mayor diversidad permite que los cultivos y los rebaños puedan adaptarse mejor a los cambios y resistir ante las enfermedades y pestes. En esta misma línea, el desarrollo de nuevas variedades de alimentos y la mejora de las existentes serán la base de la seguridad alimenticia para el futuro. 

La diversidad de especies genera un abanico más amplio de bienes que pueden ser utilizados para la alimentación, la salud, la construcción, el comercio y la artesanía. Por poner un ejemplo, el café que crece bajo la sombra de árboles permite crear hábitats para la fauna y diversificar los productos que obtiene el agricultor. Para cultivarlo se usan menos agroquímicos y, cuando se certifica, puede convertirse en un ingreso considerable. Con la creación de reservas marinas dónde la extracción la lleven a cabo pescadores artesanales se puede combinar conservación y bienestar.

Acceso a los Estándares Sociales y Ambientals REDD+

Pero con la erradicación del hambre y las mejoras de las actividades primarias no tenemos suficiente para acabar con la pobreza. El funcionamiento correcto de los ecosistemas garantiza que la naturaleza pueda proporcionar un flujo continuado de bienes y servicios. Aun así, este es un aspecto que no se considera, porque hoy en día no tiene valor de mercado. Recientemente, se valora la mitigación del cambio climático. Bosques y zonas húmedas almacenan millones de toneladas de carbono, las cuales tienen un precio de compraventa. Mecanismos como REDD+ contribuirán a mejorar la calidad de vida de las poblaciones locales.  

La biodiversidad también es clave para ayudar a la gente a adaptarse al cambio climático, diluir la contaminación y tener una protección ante los desastres naturales. Para conseguirlo hace falta mejorar la productividad y aumentar la resiliencia, y las consecuencias de no hacerlo son graves. En Indonesia el tsunami golpeó especialmente a aquellas poblaciones que habían eliminado los bosques de manglares que protegían la costa. En América del sur y central los derrumbamientos se llevan poblaciones enteras dónde los bosques de las cabeceras han sido eliminados.

Los estudios de la biodiversidad nos permiten adelantar en el conocimiento del origen y funcionamiento de la vida, y nos aportan múltiples aplicaciones que pueden ser valiosas. Un ejemplo de ello es el desarrollo del biomimetismo. Un ecosistema diverso también es fuente de materiales para tratar y curar las enfermedades. Numerosas drogas sintéticas tienen un origen natural; sobre todo en los trópicos podemos encontrar principios activos con gran potencial para la industria farmacéutica. Si bien actualmente la población local no recibe los beneficios de esta bioprospección, se está trabajando para reconocer el derecho soberano de los estados sobre sus recursos genéticos y regular también el derecho a recibir parte de las ganancias que se deriven de ellos

Oportunidades espirituales y económicas

Hay también un montón de alternativas por descubrir. Es sorprendente que en el siglo XXI todavía se encuentren especies nuevas de mamíferos, pájaros o anfibios, tal y como ha pasado a Papúa Nueva Guinea o Camboya recientemente. Si todavía no conocemos todos estos animales grandes, no podemos ni imaginar lo que hay en el mundo de los invertebrados, particularmente de los insectos.

Son destacables los aspectos culturales para luchar contra la pobreza. Apreciamos la belleza de la biodiversidad que nos sirve como fuente de inspiración y como espacio para el recreo. Las poblaciones más pobres, que dependen estrechamente de la naturaleza, establecen enlaces espirituales y de autoestima con ella, y por ello es muy importante que participen en el planeamiento y la toma de decisiones, y que se incluyan siempre los conocimientos y visiones locales.

Una opción de aprovechamiento cada vez más reconocida es el turismo. Cada año millones de personas de todo el mundo visitan áreas naturales con el fin de conocer, observar y fotografiar su biodiversidad. El turismo contribuye significativamente a las economías locales, mejora la calidad de vida y genera ocupación, y el ecoturismo es una de las tipologías de turismo que más ha crecido en las dos últimas décadas.

En conclusión, la protección y restauración de la biodiversidad es una oportunidad para que las poblaciones más desfavorecidas puedan salir de situaciones de pobreza. La conservación de los espacios naturales garantiza el desarrollo socioeconómico sostenible.

¿Podemos hacer algo?

La respuesta es contundente: Sí. Un primer paso es conocer la biodiversidad que nos rodea. Interesémonos por saber qué son las plantas y animales más comunes y qué podemos encontrar a los bosques, campos y humedales más próximos.

Informémonos también del origen de los productos que compramos. Sin saberlo, con algunos de nuestros hábitos de consumo, estamos contribuyendo a la destrucción de la naturaleza y a la pérdida de biodiversidad muy lejos de nuestra casa. Por poner ejemplos, el aceite de palma que se encuentra en la composición de muchos alimentos y cosméticos, si proviene de Indonesia, podemos estar casi seguros que ha contribuido a la destrucción de algunas de las selvas pantanosas más ricas de Borneo y Sumatra, poniendo en peligro especies emblemáticas, como el orangután. Si consumimos soja y no sabemos de dónde viene, podríamos estar provocando la pérdida de selvas y bosques de gran interés en Brasil o Paraguay. Actualmente, la mayor parte del ganado, del que se obtiene una gran proporción de la carne no etiquetada como ecológica, se alimenta de piensos preparados con cantidades importantes de soja. Reduciendo el consumo de carne, contribuiremos indirectamente a la conservación de selvas y bosques de Sudamérica. También es importante que, al comprar un mueble de madera, pidamos que lleve el certificado FSC, y así sabremos que proviene de plantaciones o bosques gestionados de manera sostenible. 

En este cambio de paradigmas, la educación juega un papel importantísimo, puesto que ayuda a individuos y comunidades a adquirir conciencia de su medio y aprender los conocimientos que los capacite para actuar. Una manera de educar en la conservación de la biodiversidad es dar a conocer su valor en directo; visitando espacios naturales protegidos, y apoyando a organizaciones de conservación de la naturaleza.  

Lo que es más importante es no quedarnos parados ante las amenazas y las malas noticias. En todo el mundo cada vez son más las personas dispuestas a aportar un grano de arena para preservar este patrimonio de todos y transmitirlo en buenas condiciones a las generaciones futuras. Es necesario implicarse.

Francesc Giró y Ana Alcázar, Acciónatura.org