A partir de los años 30 del pasado siglo, el aparato circense comenzó su declive, coincidiendo con el auge del fascismo y del nazismo en Europa. Se acabaron las cabalgadas de Búfalo Bill y aunque persistieron grandes trapecistas y famosos payasos, fueron eclipsados por las poses estudiadas, los gestos grandilocuentes y las iras escondidas detrás de miradas profundas y manos alzadas de los grandes, en maldad, dictadores de turno; pero coincidentes en pequeñez física y moral.

Los Hitler, Mussolini, Franco, Hideki Tōjō o Petain fueron, lo podemos ver en los reportajes,  payasetes melómanos de mediocre apariencia que, sin embargo, sojuzgaron a sus naciones y a las razas y pueblos vecinos. Como Chucky, el terrible muñeco asesino, escondían entre sus payasadas y corta estatura, a verdaderos asesinos y opresores. Tuvieron las gentes que tomar cartas en el asunto y dejar millones de muertos en el camino para que el mundo volviera a ser un lugar seguro, más humano y que las democracias fueran globales. Alguno de estos personajes se escapó de la quema cambiando de chaqueta, pero no de intenciones.

Terminado el conflicto, volvieron a tener cierto auge los circos y los payasos incruentos de zapatos grandes y rostros grotescos, que solo se golpeaban entre sí. Sin embargo, el auge de los medios televisivos, el cine, los grandes conciertos y otros eventos, dejaron al circo de las pistas de arena como un espectáculo residual para niños y para los que añoraban su magia, las carpas y los tristes animales enjaulados.

Hoy, solventado el entretenimiento por las plataformas televisivas, por los reality, y por el incombustible fútbol; infravaloradas las democracias por los beneficios y libertades alcanzados con el estado de bienestar; olvidadas las atrocidades de las dictaduras; enterrados los muertos en los camposantos y en las cunetas, la gente exige más payasos. Conscientes de ello los países  y las nuevas generaciones regresan a un pasado que creímos olvidado. Y surgen de nuevo los payasos de pose estereotipada y mente enferma. Payasos ridículos, pero que captan a las mentes más simples, payasos que quieren olvidar el pasado para tapar las brutalidades de sus mayores, payasos que hablan de libertad cuando son sus enemigos más acérrimos.

Están por todas las latitudes y vuelven a ser la sombra que hundió a Europa en la oscuridad. Desde Jerusalén, hasta Moscú, pasando por Italia, Francia, Alemania, España o Argentina y los Estados Unidos, los Chucky han vuelto a la vida. Se esconden bajo pelucas pajizas, cruces gamadas, togas y puñetas, bajo estandartes, siglas de miedo y obras piadosas; provienen de la propia Internet, anunciando que se acabará la fiesta de la democracia; rompen, con  mirada de ira y de rencor, las fotos de los represaliados, anulan leyes de Memoria Histórica porque no quieren que nadie viva ni repose en paz; se invitan a sí mismos para condecorarse y regocijarse en la ignominia. Y aunque les parezcan graciosos y risorios por sus gestos y acciones, esconden el regreso a un tiempo que ya creímos olvidado.

No se equivoquen, aunque lo disimulen, no son la Moños invitando al enanito cabezón a un bolo por su circo, tampoco dirigentes inteligentes, ni candidatos a fagocitar a la derecha, ni demócratas.

Son lo que ven, payasetes con muy malas intenciones.