Un avance que supone un ataque frontal contra derechos básicos que creíamos consolidados y plenamente reconocidos en las políticas públicas. Las consecuencias económicas, sociales y medioambientales de esta dinámica son dramáticas y, en la actualidad, perfectamente visibles.

Se trata de partidos con un apoyo electoral creciente, como han puesto de relieve las recientes elecciones al Parlamento Europeo, pero que ya era manifiesto en las consultas celebradas en los últimos años. Partidos que están entrando con fuerza en las instituciones y que también están ocupando sin complejos -diría que con arrogancia- las calles. Con su actuación están borrando las líneas rojas aparentemente infranqueables que preservaban derechos básicos de la ciudadanía.

Estos partidos no son outsiders de la política que intervienen en la misma en asuntos periféricos o meramente simbólicos. Entran con una agenda de profundas transformaciones estructurales y cuentan con un formidable apoyo mediático, económico y, en el Estado español, de sectores relevantes de la judicatura, que también han entrado en la pelea política comprometidos con las derechas.

Su fuerza social y electoral no sólo, ni principalmente, descansa en los que añoran el pasado y, entre nosotros, reivindican el relato de los que acabaron con la República, implantaron a sangre y fuego la dictadura franquista y los que metieron a este país en un gigantesco agujero negro de atraso y represión. Sus apoyos, actuales y potenciales, son mucho más amplios.

Se encuentran en un magma social heterogéneo y transversal. Entre los que han visto cómo empeoraban sus condiciones de vida o han experimentado mejoras claramente insuficientes; entre los perdedores de la globalización y las crisis económicas; entre los indiferentes y los que se manejan con el sambenito de «todos los políticos son iguales, todos meten la mano en lo público en su propio provecho»; entre los hastiados de la política oficial, los que se sienten huérfanos de referencias y no se reconocen en las políticas y los políticos convencionales; entre los que buscan identidades y seguridades fuertes fuera de lo conocido, de lo que habitualmente se considera como establishment ; entre los que contemplan con desconfianza y sienten amenazadas por las reivindicaciones de los movimientos feministas sus posiciones de privilegio, enquistadas en estructuras y patrones de comportamiento profundamente patriarcales; entre la mucha gente cuya única fuente de información son las redes sociales y los programas basura; y entre los que asociación migración con violencia, delincuencia, pérdida de puestos de trabajo y deterioro de las condiciones laborales.

Haríamos bien, por lo tanto, en añadir más complejidad a los análisis que pretenden poner sobre la mesa las causas de fondo del ascenso de la extrema derecha.

En paralelo a todo lo anterior, no deberíamos perder de vista una cuestión fundamental. El deterioro social y laboral que, como acabo de señalar, se intensifica con el auge de la extrema derecha, con su irrupción en las instituciones y con la aceptación, de una manera u otra, de su discurso: ese deterioro tiene raíces mucho más profundas. La responsabilidad del mismo está en el capitalismo realmente existente, que poco o nada tiene que ver con la ensoñación de capitalismo que se estudia en las facultades de Economía.

El enorme peso de un reducido número de corporaciones gigantes, la desorbitada concentración de la renta y la riqueza en pocas manos, la entrega de sectores vitales de lo público a los mercados, la captura de las regulaciones por los grandes grupos empresariales y la aceptación por parte de gobiernos e instituciones de las políticas salariales, presupuestarias y estructurales que imponen los mercados y que benefician a sus actores principales.

La degradación económica y social de la que, no lo olvidemos, se alimenta el ascenso de las derechas -las extremas y las supuestamente más moderadas-, tiene mucho que ver con esta oligopolización de la economía. Las élites empresariales, siempre muy pragmáticas, poniendo por encima de cualquier otra consideración sus beneficios y privilegios, también están jugando esta baza política -de hecho, aquí se encuentra una de sus vías de financiación más importantes- y, por supuesto, son ganadoras de este proceso de derechización.

Mirar en esa dirección es, en consecuencia, crucial. Es imposible que mejore de manera sustancial y sostenida la situación de los de abajo si no se reducen los privilegios de los de arriba. Es un principio muy básico. Enfrentar las desigualdades cuyo origen está en ese intenso y creciente proceso de concentración y en la colonización de las políticas económicas. Ese es el camino a seguir, otra manera de hacer política donde podrían empezar a reconocerse sectores de la población que ahora se sienten huérfanos de referencias y que son carne de cañón de las derechas.

Artículo original publicado en lamarea.com por Fernando Luengo