La Momia
No va este artículo ni de Tutankamón ni de Psusenes I, dos de las momias más famosas del legado egipcio; voy a tratar, con el …
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La cumbre vaticana sobre pederastia terminó con mucho discurso y pocas hostias. Volvieron a escucharse palabra sabias, golpes de contrición y mucha auto contemplación, pero …
El gato le dijo a Alicia: No estoy loco, mi realidad es, simplemente, diferente a la tuya. El viernes el presidente Sánchez convocó elecciones para …
No puedo evitarlo, soy un sentimental. Me emociono frente a ciertos paisajes; cuando veo a una niña o a un niño jugar en un parque; cuando un perro acude a la llamada de su dueño meneando el rabo. Me emociono. Sobre todo, cuando compruebo que la gente es capaz de aprender de sus antiguos errores.
Esta es una misiva que no llegará nunca a su destino porque no conviene. Sin embargo, quiero escribirla. Y quiero redactarla porque es una de tantas perspectivas, casi todas respetables, que tratan de ordenar el actual momento político.
Ante una Convención Nacional de entusiastas y enardecidos militantes del PP, su líder Pablo Casado se ha mostrado exultante y hasta feliz. El hombre se ha tragado aquello del presidente andaluz Juanma Moreno de que: “La ola de cambio del sur no para en Despeñaperros, llegará a La Moncloa.”
Cuentan que cuando Dios creó el mundo, trató de ser lo más justo posible y repartir bondades e inconvenientes para con todos los pueblos y establecer un equilibrio razonable entre ellos. Sin embargo, enamorado de Andalucía, la dotó de tantas prerrogativas: clima, mares, orografía, belleza y salero, que hicieron palidecer a los demás pueblos. Así que se congregaron para reclamar al Señor mayor ponderación al respecto. El Creador escuchó a todos y tratando de encontrar un inconveniente que nivelara la balanza, puso en la Tierra a los señoritos andaluces.
España es un país de sentimentales, de eso no se escapa ninguna de las viejas nacionalidades que la componen.
A primeros de este siglo, allá por el año 2001 o 2002, apareció un juguete que era un peluche robot bajo el nombre de Furby. El bicho mecánico tenía la facultad de decir algunas frases según el momento; incluso era capaz de “aprender” de los propios niños. Su inteligencia artificial básica apoyada en una programación elemental permite una simulación de aprendizaje comunicativo y dar la apariencia de que concibe un carácter y personalidad propia. Los Furbys empiezan hablando únicamente en «Furbish», un idioma propio de pocas palabras, de expresiones simples y sonidos varios, pero está programado para hablar cada vez menos «Furbish» y más en el idioma del país de implantación. Una de las frases y acciones ya incorporadas por el fabricante «Tiger Electronics» era la de aparentar asustarse cuando se apagaba la luz y lanzar un quejoso y asustadizo: ¡Uy, qué miedo!